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JUGADORES ANÓNIMOS

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04/06/2020

Una adicción oculta tras bambalinas que no cesa ni siquiera en tiempos de pandemia

Una adicción oculta tras bambalinas que no cesa ni siquiera en tiempos de pandemia
Una adicción oculta tras bambalinas que no cesa ni siquiera en tiempos de pandemia

La rueda gira. Los que pierden son aquellos en que insisten en apostar. Los aqueja una enfermedad, ya que así clasifica la Organización Mundial de la Salud a la ludopatía, que es la alteración progresiva del comportamiento por la que el individuo siente una incontrolable necesidad de recurrir a los juegos de azar, una adicción donde no se consume ninguna sustancia, aunque también puede ir asociada al uso de tabaco, alcohol o drogas. Es una problemática silenciosa, que corroe las entrañas de familias hasta destruirlas.

Los afectados piensan, viven y actúan en función de su próxima jugada; dejan de lado cualquier otro objetivo, surgen trastornos en los hábitos y en el control de los impulsos, es decir que se genera una pérdida del dominio personal. Para un ludópata es muy difícil, primero, reconocer su problema; luego, hablarlo con sus allegados.

Gabriel G. es el impulsor de Jugadores Anónimos en Bariloche. Tras un primer intento fallido, donde no obtuvo una respuesta deseada, retomó el proyecto y el 11 de junio se cumplirán dos años ininterrumpidos de funcionamiento de la agrupación, que hasta antes de la cuarentena mantenía reuniones los lunes y viernes en la biblioteca de la parroquia Inmaculada Concepción, en Elflein 522.

Ahora los encuentros se realizan en forma virtual por medio de la aplicación Zoom, aunque la idea es volverse a reunir cuando esté permitido.

Aquellos que quieran contar su problema, en estos momentos de pandemia, pueden comunicarse al +54 9 11 5056-9580. Cabe resaltar que el teléfono está habilitado las veinticuatro horas.

Sobre la cantidad de gente afectada por el impulso de apostar, y la dificultad que implica reconocer el problema, Gabriel, tras solicitar ser fotografiado de espalda para mantener el anonimato, señaló: “Si en Bariloche hay aproximadamente doscientos mil habitantes, por lo menos estaríamos hablando de un uno por ciento de enfermos, es decir unas dos mil personas, y sin embargo acá vienen siete… Estamos complicados”.

“Es muy difícil asumir que uno tiene una enfermedad como esta. Muchos no la ven. El que la tiene no la reconoce hasta que toca fondo, y recién ahí busca ayuda. Así y todo, es muy difícil mantenerse en el tiempo”, explicó.

Hace diez años que vive en Bariloche. Llegó proveniente de Buenos Aires, donde ya formaba parte de Jugadores Anónimos, ya que sus padres lo habían llevado cuando él se atrevió a contarles lo que le sucedía.

Tras años de terapia, logró comprender que es dueño de una personalidad adictiva hacia todo lo que es apostar. “Me acuerdo de mi viaje de egresados de séptimo grado, a los doce años, cuando fui a Córdoba y jugaba a ver quién tiraba la piedra más lejos en el lago… Luego, a los quince, en un viaje a Las Leñas con un grupo de amigos, en verano, cuando estaba todo cerrado menos el casino, entré en una sala de juego por primera vez. No nos pidieron documento e ingresamos; fue mi perdición. A mi regreso, le debía plata a mis compañeros”, narró.

El inconveniente fue en aumento. Para dejar en claro el grado de dependencia a los juegos de azar, Gabriel recordó: “Cuando iba al colegio, en cuarto año, llevaba en la mochila dos mazos de cartas de póker, para el recreo”. Y agregó. “Cuando abrieron las maquinitas en el hipódromo de Palermo, con diecisiete años salía de la escuela, o a veces directamente me rateaba, para poder ir”. “Para esta adicción no hay edad”, aseveró.

Gabriel iba a terapia, pero nunca había revelado, ni en su casa ni al psicólogo, lo que le sucedía. El padre le daba plata para pagarle al terapeuta, antes de concurrir a la facultad, pero el muchacho daba el presente y salía corriendo a apostar, por lo que al llegar a la sesión ya no tenía un peso, y mentía que no podía pagar porque había tenido que utilizar el dinero en comprar ropa.

A la quinta vez en que el episodio se repitió, el profesional se comunicó con la familia, para ver qué sucedía, por qué el joven se veía obligado a utilizar lo destinado a abonar su terapia en indumentaria, ¿acaso no le daban efectivo para que pudiera comprar lo necesario para vestirse?

El padre discutió con el muchacho y le ordenó que la semana siguiente pagara todo lo que adeudaba de terapia. Así, cuando llegó la jornada en que debía acudir a la sesión, el progenitor le dio el dinero correspondiente al día, con lo que Gabriel, tras dar el presente en la facultad, fue a apostar. A los pocos minutos había recuperado lo que se había gastado. Un rato después, tenía en los bolsillos mucho más. Pero el impulso de continuar lo llevó a perder todo.

Todavía faltaba un par de horas para ir con el terapeuta, así que se acercó al borde de las vías del tren, y ahí se quedó. “Estuve pensando si me tiraba o no”, confió.

Al final, decidió ir al psicólogo y contarle lo que le sucedía. “Creo que aquella fue la primera vez en que fui sincero con él”, señaló. Luego, entre lágrimas, habló con sus padres.

En la vivienda el ambiente ya venía mal desde hacía tiempo. Al padre le había faltado plata y desconfiaron de la señora que realizaba la limpieza; la madre había tenido que retomar terapia porque, por los inconvenientes de comunicación con el hijo, las peleas eran constantes… “Mi casa se había convertido en un quilombo”, afirmó.

El día de la confesión, se fundió en un abrazo con sus padres y a los pocos días asistió a su primera reunión de Jugadores Anónimos.

- Aquel día en que te paraste frente a las vías del tren, ¿en serio pensaste en tirarte?

- Sí -ratificó Gabriel, sin dudar.

Sur, paredón y después

Gabriel solía venir de vacaciones al sur, y había decidido que, cuando dejara su casa, se mudaría a Bariloche.
Así lo hizo, y desde hace diez años reside en la localidad.

Sin embargo, aquí reincidió en el juego, lo que lo llevó a autoexcluirse del casino. “Llevás un par de testigos, completás un formulario, te sacan una foto y en teoría ya no te dejan entrar”, informó. Aunque conoce el caso de una mujer que, en una recaída, llegó a disfrazarse para que no la reconocieran y así burlar la autoexclusión.

A Gabriel le gustaban el blackjack y la ruleta, aunque reconoció: “En la desesperación de apostar, he jugado a cualquier cosa; incluso llegué a estar en tres o cuatro mesas al mismo tiempo… Una locura”.

Pero, tras aquel bache en su recuperación, logró alejarse del casino. “El 23 de este mes van a hacer ocho años que, por llamarlo de alguna manera, estoy limpio de juego”, garantizó.

Azar en época de encierro

En cuanto a cómo se vive la problemática en tiempos de COVID-19, Gabriel manifestó: “Soy de los que piensan que hay que buscarle lo positivo a lo malo y, en este caso, la cuarentena hizo que cerraran las salas de juego. La quiniela volvió hace poco, pero los casinos siguen cerrados, y eso, para mí, es tocar el cielo con las manos. Obviamente, las apuestas no cesaron, porque está internet, y el juego virtual ha crecido. Además, no hay que olvidar las salas clandestinas. Yo no he ido a ninguno, pero me han comentado que en Bariloche hay salones no oficiales, por ejemplo uno que funciona tras un polirrubro. Incluso me han llegado rumores de la existencia de un casino clandestino por Onelli… Acá también hay bastantes quinieleros. También, muchos de los que iban a salas de juego ahora empiezan a apostar en la quiniela, cosa que nunca llamó mi atención, porque me atraía la adrenalina del momento, el ganar o perder ya, no tener que esperar”.

- ¿Temés por lo que pueda suceder cuando se reabran las casas de juego?

- No por mí, porque me siento seguro. Estoy casado, tengo un bebé de un año y tres meses… Pero no voy a mentir, acá en Bariloche estoy tranquilo, pero cuando saco pasaje para ir a Buenos Aires me tiemblan las piernas. La tentación siempre aparece, entonces trato de organizarme para que allá no me queden ratos libre. En cuanto a lo que pueda llegar a pasar en general, con toda la gente, es preocupante, porque cuando la situación es mala, ante una crisis, las personas tratan de salvarse… La desesperación puede llevar a que se jueguen lo poco que tengan.

Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo