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UNA VIDA ITINERANTE

28/05/2020

Dos guardaparques del cerro Tronador contaron su historia

Dos guardaparques del cerro Tronador contaron su historia

Los guardaparques Fernando Morosini y Carina Rivas estuvieron en el programa “Contame algo” que conduce Edgardo Lanfré en El Cordillerano Radio, 93.7. Comparten la vida y el trabajo en la naturaleza.

“Los dos somos guardaparques hace varios años y, desde que empezamos a trabajar, compartimos el mismo trabajo, la misma seccional y la misma vida”, relató Fernando. “Como todo trabajo y como todo lugar donde uno vive, esto tiene sus cosas positivas y, por ahí, cosas que a veces hacen que uno reniegue un poco. Siempre hay algo que reafirma las ganas de seguir trabajando en esto. Es un trabajo de vocación”.

“Tronador es un lugar con mucha afluencia turística. Nosotros vinimos justo el 1° de febrero, bajando la temporada. Pero agarramos bastante movimiento. Entran muchas combis por día, con empresas, en una especie de tour. Y después gente que viene espontáneamente de la ciudad, que está de vacaciones. También está integrado a la red de sendas del Nahuel Huapi, con algunas cabeceras donde se puede ingresar a refugios y todo el circuito de sendas. Hay incluso algunos pasos para salir a Chile. Hay mucho movimiento”.

“Soy nacido en Mar del Plata”, comenzó a contar Fernando sobre sus inicios. “Trabajaba en Mar del Plata y, por ahí, como mucha gente que necesita trabajar, por ahí no te da el tiempo o las vacaciones para poder hacer voluntariado, que en esa época se exigía, hablo de la década del 90. Entonces, en ese momento, averiguaba y trataba de hacer algo, y venía mucho de viaje para acá”.

“Hasta que, en un momento, me ofrecieron un trabajo en Bariloche en el 2001. Cuando muchos se iban a otros países, yo me vine para acá”, relató.

“Hice el curso de combatiente de incendios en el ICE en Bariloche y después en Lanín. Y en el medio de todo eso la conocí a Karina, que ya estaba haciendo algunos voluntariados acá en Nahuel y, a partir de ahí, se juntaron esas dos cosas”.

“Ahí empecé a trabajar en Parques. Primero como brigadista, después como guardaparque de apoyo y después tuvimos la posibilidad los dos de hacer la Escuela de Guardaparques para pasar a ser guardaparques, con otras responsabilidades”.

“Era la segunda vez en toda la historia de la base que iban mujeres”

Carina Rivas, por su parte, pudo cumplir su sueño de ir a la Antártida. “Estuve quince meses más o menos en la Antártida, en la base Orcadas en la Isla Laurie. Salí en diciembre de 2017 y en marzo del 2019 regresé nuevamente al continente”.

“La verdad que es una experiencia increíble. Los guardaparques nacionales hace 30 años más o menos que estamos yendo a esta base, para colaborar con los trabajos de monitoreo que se hacen sobre fauna, sobre todo, y alguna otra colaboración con otras especies también, de flora o el caso de la toma de otras muestras. Nosotras somos un poco la continuación de estos 30 años”.

“Yo estuve con otra guardaparque, Lorena Ojeda, que también es de Bariloche, las dos barilochenses muy orgullosas. En la base, éramos 18 personas”, contó sobre la vida en la Antártida. “La mayoría miembros de la Armada Argentina y también de la Fuerza Aérea y del Servicio Meteorológico Nacional. Y los guardaparques y un técnico van a través de la Dirección Nacional del Antártico por el Instituto Nacional. Vamos siendo guardaparques pero cumplimos funciones bajo la Dirección Nacional”.

“En que en ese caso éramos 18 y convivíamos todos ahí. Con personas que no conocés y lo vas haciendo a medida que van pasando de los meses. Es una experiencia increíble. La convivencia, a veces, resulta un poco complicada. Somos 18 personas con las cuales nunca tuviste ninguna relación y se está mucho tiempo adentro, sobre todo, en invierno que hay poca luz”, explicó.

“Se hacen tareas comunitarias como hacer agua en invierno, que es todo hielo. Hay que derretir nieve para tener agua para consumo y para bañarse. Lo mismo cuando se hacen algunas tareas de mantenimiento y de limpieza de la base. Así que la experiencia fue increíble y dan ganas de repetirla en algún momento”, compartió.

En cuanto a la isla, “tiene su particularidad porque cuando se congela el mar ya no va ningún barco. En el caso de que haya que hacer alguna evacuación son muy complicadas y riesgosas. Así que hay que tener muchísimo cuidado con todo lo que se hace para no lastimarse o sufrir alguna herida”.

“Vos vivís en ese pedacito de tierra. Durante ese año es una vida muy particular. Describirla con alguna palabra es muy difícil porque pasan muchas cosas, desde el clima, desde los ánimos. En invierno, afecta mucho no tener casi luz. Sentís que tu cuerpo toma otro ritmo. La vida dentro de la base es muy particular”.

Con respecto a la naturaleza, “lo que se observa más que nada son elefantes marinos, lobos marinos, focas leopardo, pingüinos. Aunque uno crea que la Antártida es una especie de desierto, tiene muchísima fauna. Es increíble, una vez que estás ahí, ver cómo la fauna puede convivir con ese ambiente tan hostil. Te sorprende”.

“Justamente nosotros como guardaparques vamos a hacer los monitoreos de esa fauna”, señaló Karina. “De las aves marinas, los mamíferos marinos, también se hacen tomas de muestras de plancton, ahí cuando el mar se congela hay que hacer el huequito. Hemos tenido que romper hasta un metro de espesor de hielo para llegar al agua”.

“Ir a la Antártida es un sueño”, compartió. “Siempre quise ir y aprovechando que está firmado el convenio con la Administración de Parques y la Dirección Nacional, me presenté y quedé seleccionada con mi compañera”. También señaló que tiene ganas de volver. “Es una idea que tenemos poder ir los dos”.

“Cuando yo fui en el 2017 era la segunda vez en toda la historia de la base que iban mujeres”, explicó. “La primera mujer fue en 2016 y, cuando fuimos con Lorena, era la primera vez que iban dos mujeres. Siempre fueron dos hombres porque la base no estaba adaptada para que hubiese ambos sexos. Y parejas tampoco han ido”.

Una vida itinerante

“Inicialmente estuvimos en el Parque Perito Moreno, que está en el noroeste de la provincia de Santa Cruz. Está bastante aislado también. Pasamos periodos de tres o cuatro meses aislados, porque está a 220 kilómetros de Gobernador Gregores y la ruta de salida es intransitable. Entonces ya tenemos algo de experiencia en estar un tiempo sin ir al pueblo y sin esas movidas un poco más sociales”.

Allí estuvieron siete años y después fueron a Monte León, en la costa de Santa Cruz, a unos 200 kilómetros al norte de Río Gallegos, cerca de la desembocadura del río Santa Cruz. “Después tuvimos la suerte de entrar juntos y ser compañeros de la Escuela de Guardaparques, eso fue un año. Y después nos fuimos a Condorito a la provincia de Córdoba, y luego vinimos para acá”.

“A medida que uno va cambiando de parque, también va cambiando el trabajo. En Perito Moreno, hacíamos recorridos, monitoreos de la fauna”, explicó Fernando. “Monte León también hacíamos mucho trabajo con monitoreo de fauna y también de piezas arqueológicas de naufragios. Hacíamos mucha tarea de campo. En Condorito, varió un poco más. En mi caso, estuve a cargo de la división de incendios”.

El trabajo en Tronador

“Nosotros tenemos la suerte de autogestionarnos un poco el trabajo”, contó Fernando. “Porque, si bien dentro del cuerpo de guardaparques hay una estructura, donde cada uno tiene un jefe por grupo, que se encarga de diagramar algunas tareas, a medida que vas conociendo el lugar y vas sabiendo cómo es la movida del lugar, vas organizando tu propio trabajo”.

“En general, en la semana pensamos qué vamos a hacer la semana siguiente para planificar con un poco de tiempo”, señaló. “Tenemos acá algo de trabajo con algunos pobladores, y hacemos mantenimiento de sendas y de la seccional. En este momento, estamos retirando la cartelería de madera que hay para hacerle mantenimiento y repintarla. Hacemos recorridas también siempre hay que salir a las sendas y a los sectores de uso púbico para ver qué novedades hay, sobre todo, cuando hay visitantes. Hay que estar controlando y contestar las inquietudes de la gente”. También contó que siempre hay movimiento de gente en el lugar.

Al final hablaron del trabajo “full time” en la seccional y de la vida compartida. “Con esto, uno viene practicando una cuarentena desde hace 17 años”, expresó. “Uno está prácticamente durante las 24 horas compartiendo absolutamente todo. Es una vida muy particular”.

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