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HISTORIAS DE REPATRIADOS

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24/05/2020

La odisea de un padre y su hijo: tardaron 10 días en volver desde Brasil a Bariloche

La odisea de un padre y su hijo: tardaron 10 días en volver desde Brasil a Bariloche
La odisea de un padre y su hijo: tardaron 10 días en volver desde Brasil a Bariloche

Máximo Galván y su hijo Lautaro Bastidas estaban en Salvador de Bahía cuando se declaró la pandemia. Tuvieron que vivir demasiadas situaciones de zozobra para volver a estar con sus seres queridos y lo cuentan en estas líneas.

Unos meses antes de que el mundo cambie y se paralice ante la situación de riesgo sanitario mundial que generó el COVID-19, Máximo Galván (63) y su hijo Lautaro Bastidas (22), se habían ido a la paradisíaca ciudad brasilera de Salvador de Bahía, con la idea de probar suerte y si todo salía bien, comenzar a construir una nueva vida en esa ciudad del noreste de Brasil.

Lautaro se fue primero, tuvo que capacitarse para ingresar a un trabajo y pudo comenzar a desempeñarse en él. Luego llegó su padre y juntos, estaban alojados en la casa de un amigo, hasta que todo mejorara y pudieran alquilar su propio espacio.

Cuando se declaró la pandemia, todo cambió. En todo el país comenzaron a echar gente de sus trabajos y se desató el caos. Pese a la cuarentena, los soteropolitanos (así se llama a los ciudadanos de Salvador) no paraban de hacer fiestas en sus casas y de juntarse a beber en las veredas o afuera de los almacenes.


Los argentinos exigiendo respuestas en el consulado en Uruguayana.

“Cuando vimos cómo estaba la situación, decidimos volvernos. Lo primero que hicimos fue hablar en el consulado, pero los vuelos de repatriación no eran baratos y tampoco nos daban soluciones. Lo único certero que nos dijeron, fue que nos vayamos a la ciudad de Uruguayana, que está en la otra punta de Brasil, a 3.500 kilómetros y que hace frontera con Corrientes, y que ahí íbamos a poder cruzar hacia Argentina”, relató Lautaro a El Cordillerano.

Tras varios días de incertidumbre, pudieron volar desde Salvador de Bahía a San Pablo y desde allí, a Puerto Alegre. Pero se encontraron con dos problemas: se empezaba a agotar el poco dinero que tenían y ya no se permitía volar más, cuestión que los obligaba a conseguir algún transporte terrestre para sortear los casi 700 kilómetros que separan Porto Alegre de Uruguayana. Hasta ahí fueron en auto, con innumerables gestiones y una travesía novedosa y que vivieron con cierto temor.

Sin embargo, una vez arribados a Uruguayana, todo parecía que se iba a despejar y podrían cruzar sin problemas. Un puente sobre el río Uruguay separa a esa ciudad brasilera de Paso de los Libres en Corrientes, siendo el tránsito entre una y otra localidad muy habituales, incluso de a pie. Pero ante este nuevo orden mundial, esa posibilidad estaba vedada.

“La única forma de pasar hacia el otro lado, era que otra persona en Paso de los Libres nos estuviera esperando y antes debíamos brindar en la aduana todos los datos de esa persona. Pero claro, nosotros no teníamos a nadie, por lo que no era una posibilidad para nosotros”, indicó Lautaro.
Ante esa situación, se dirigieron hacia el consulado argentino, donde la primera respuesta fue que no repatriaban a nadie y que no se sabía cuándo iban a poder cruzar. El primer día allí, eran unos 20 argentinos reclamando volver a sus hogares. “Pero a medida que pasaron los días, comenzaron a llegar argentinos que estaban en todo Brasil y que otros consulados mandaba ahí con la mentira de que iban a poder pasar sin problemas”, continuó contando este joven que por ese entonces, tuvo que buscar alojamiento para pasar la noche.

El consulado les consiguió dos noches y dos comidas. Pero nada se sabía de cuándo podrían ingresar a nuestro país. Y ya eran 120 argentinos en la misma situación y el dinero era escaso.

Como si fuera poco, desde el organismo les informaron que no habría más noches de hotel. “Yo salí a buscar desesperado dónde poder alojar a mi papá y yo de última dormiría en una plaza. Pero estaba todo carísimo. Necesitaba pasar dos noches más, ya que nos dijeron que al tercer día saldría un micro”, expresó Lautaro.

De tanto insistir, 42 argentinos lograron pasar otras dos noches en un hotel, donde se formó una pequeña comunidad argentina, ya que todos cocinaban y compartían lo que podían, además de acompañarse, charlar y brindarse apoyo mutuo. Uno de ellos, había caminado durante 31 horas para llegar hasta esa ciudad.

“Había argentinos de todos lados, porque se los habían sacado de encima en otros consulados y estaban varados como nosotros ahí. Lo bueno es que en los momentos de bajón, había personas que te levantaban el ánimo y te alentaban a no bajar los brazos”, contó Lautaro.

Adentro del país

Llegó el día esperado y pudieron subirse a un micro, previo a firmar un pagaré en blanco, para que quede constancia, de que cada uno de ellos había dormido allí y que con esos comprobantes, los dueños del establecimiento reclamarían el pago al Estado argentino.

El trayecto que normalmente demora 9 horas entre Uruguayana y Retiro, demandó 20, por paradas y largas esperas. Ya en Capital, fueron derivados a un hotel, ya que viajarían al día siguiente. “Nos encontramos con distintas experiencias, como la soberbia de las autoridades o incluso de discriminación, porque decidían a quién dejar viajar y a quién no, como le pasó a una pareja que viajaba con sus perritos”, se lamentó el joven barilochense de 22 años.

Tras dormir unas pocas horas, les indicaron que ese día por la tarde, saldría un colectivo con destino final en Bariloche. Iba lleno de gente, repleto. “El depósito estaba lleno, por lo que todo el micro estaba colmado de valijas en los pasillos, por lo que apenas podíamos subir. Pero ya no importaba nada, solo queríamos volver y nos vinimos igual”, continuó el relato.


Ya de regreso, con su familia en casa.

Con innumerables controles de temperatura en cada ciudad y en cada provincia, el ómnibus fue parando en La Plata, Mar del Plata, Bahía Blanca, Neuquén, General Roca, entre otras ciudades. En cada punto bajaba y subía gente, pero nadie podía descender a estirar las piernas o comprar algo.
“A esta altura todo era una locura, porque en el micro venía gente que volvía de diferentes puntos del mundo: México, Italia, Rusia, Cuba, España. Lo cual te generaba el miedo de no saber si alguno de ellos o de nosotros podía estar contagiado de coronavirus. Pero por suerte todos los controles dieron bien y nadie tuvo ningún síntoma”, aseguró Lautaro, quien contaba con dos botellas de agua y un paquete de galletitas para él y su padre para todo el viaje, ya que no les dieron ninguna vianda.

El trayecto hasta Bariloche tardó 32 horas, donde los aguardaba un nuevo control sanitario y la orden de hacer la cuarentena en un hotel del centro. “Nunca hice un viaje tan largo en mi vida. Recién cuando llegué al hotel de acá me pude calmar, pero hubo noches donde no podía dormir. La cabeza la tenés a mil revoluciones en una situación así”, detalló el joven.

Destacó que ya en esta ciudad, estuvieron muy cómodos y bien atendidos, “calentitos y con todas las comidas”. Allí estuvieron una semana respetando el aislamiento, sin siquiera salir de la habitación y la semana siguiente debían cumplirla en su vivienda. La cuarentena obligatoria para Lautaro y Máximo, por llegar desde el exterior, terminó este mismo domingo 24 de mayo.

Lo aprendido

Todas las sensaciones y experiencias vividas le dejaron a Lautaro un sabor muy amargo. “Aprendí que de no ser necesario, no viajo más en avión. Sí en auto o en una combi, más cómodo. Y estaré atento antes de salir a cualquier lado, con las noticias del mundo, de si se viene una enfermedad, una pandemia o algo similar”, dice Lautaro ya más tranquilo, en el calor del hogar y junto a sus seres queridos.

Tanto él como su papá, remarcaron el tratamiento de la cuarentena y el control de la misma que lleva adelante el presidente de la Nación, entendiendo que en Brasil “todo es un caos”. Al tiempo que aprovecharon para agradecer al personal de cada uno de los hoteles y a los transportistas, “porque ponen su vida en riesgo, para ayudar a otras personas”.

Y dedicó un párrafo aparte para Susana Mardones, la doctora que los atendió cuando llegaron al hotel Patagonia Sur y para Claudio Thieck, delegado de la CNRT en Río Negro, quien fue uno de los gestores de su regreso en ómnibus, al estar en contacto permanente con su hermana Guadalupe, quien movió cielo y tierra para tener a su hermano y a su padre de vuelta en casa.

“Nuestro único enojo es con los consulados, porque mentían a la gente y en muchos casos te dejaban a la deriva. Si bien es verdad que estaban desbordados, en muchas ocasiones se deslindaban responsabilidades y dejaban a la gente en la calle. Hoy por suerte nosotros podemos contar que estamos en casa y que todo ya pasó”, concluyó el joven.

Diego Llorente