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EL SUEÑO DEL ABUELO

21/05/2020

El Hotel Amancay: testigo del trabajo de un pionero barilochense

El Hotel Amancay: testigo del trabajo de un pionero barilochense
Por: Edgardo Lanfré

Carmelo habrá mirado el horizonte desde la cubierta del barco que lo acercaba a aquella América. Corría la década del ´20 cuando llegó a la Argentina. Un joven con dos brazos fuertes y un alma llena de sueños que oyó de la lejana Patagonia y, quizás por un llamado del destino, fue al encuentro de ese, que iba a ser “su” lugar. Se cruzó con Exequiel Bustillo, quien lo acercó al parque nacional y a los jardines del hotel Llao Llao. Allí, sus manos fueron moldeando canteros, plantando árboles y dejando flores a su paso. Hundió tanto sus manos en la tierra que fue parte de ella. Volvió a Italia por su novia, Antonietta, junto a ella, comenzó edificar sueños. Un día pudo comprar un lote, ese que tanto miraba, aquel en lo alto, frente al lago. Pronto comenzó a edificar lo que sería la obra de su vida: un hotel, con parques y jardines, donde no sólo quienes se alojaran descansen, sino que fuera un lugar de reposo, recogimiento y encuentro con la naturaleza. Nació el Hotel Amancay. Como no iba a tener un nombre de flor, si ellas poblaban y aromaban sus sueños. Allí estaba imponente, de madera y piedra sobre un peñón, con la cara mirando al Nahuel Huapi, al Puerto Pañuelo y a los cerros que enmarcan una postal única.

Adriana Pittau, nieta de Carmelo, lo recuerda, hincado sobre un cantero, cuidando sus flores. “Era un lugar de juegos, con la libertad y el tiempo por delante. Ese maravilloso tesoro de crecer jugando, sin horarios para comer, hacer la siesta ni tomar la leche; donde un puñado de guindas o frambuesas silvestres sabían a banquete, al aire libre. Cuando aclaraba, el abuelo ya andaba regando los canteros y los árboles. Cuidando cada rama, cada hoja, dibujando el parque de colores vivos. A veces interrumpía su labor para conversar con huéspedes que se acercaban a consultarlo y él, pacientemente les explicaba detalles y secretos de cada especie. También labrando la huerta, de la que servían los cheff´s para elaborar platos para los pasajeros. La repostería y dulcería eran caseras”, recuerda Adriana, que aun guarda un ejemplar del libro Huellas de un largo quehacer, dedicado a don Carmelo por su autor: “A Carmelo Di Tommaso, compañero de ruta en mis primeros años de trabajo en N. Huapi y siempre fiel amigo. Con todo cariño. Marzo ´72. Exequiel Bustillo”.


Aquel hotel, en los años ´70 fue adquirido por la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza, quienes desde entonces brindan la posibilidad a trabajadores afiliados al sindicato, a acceder a él. “Los trabajadores activos y jubilados, pueden conocer un lugar de excepción, con un servicio de alto nivel, al cual de modo particular, les resultaría prácticamente inaccesible” resalta Jorge Heredia, del Sindicato de Río Negro y Neuquén, actual administrador del establecimiento. “También se brinda servicio a agencias y pasajeros particulares. Almuerzos y salón de té para residentes y turistas en general. Traslados a Catedral en invierno y una amplia piscina en los veranos” concluye.

En los amplios salones del hotel, se realizan congresos, convenciones, casamientos y fiestas empresariales y privadas, lo que lo posicionan como uno de los más elegidos, por su excepcional panorámica.

La vida del “Nono” Di Tommaso y de su compañera Antonietta, mereció que el realizador cinematográfico local Miguel Ángel Rossi, tenga elaborado un guión de lo que sería una película sobre su vida y en ella, un homenaje a la inmigración italiana y su labor emprendedora en la región.


Las mejores semillas sembradas por Carmelo y Antonietta fueron dos hijos, quienes les dieron un racimo de nietos y bisnietos que los recuerdan con orgullo y cariño.

Qué jugada del destino que un edificio fruto del esfuerzo y el trabajo hoy sea para el disfrute y descanso de los trabajadores.Vaya a saber si en alguna madrugada, algún pasajero que recorre los jardines del hotel, vea en algún cantero al duende de don Carmelo, cuidando sus flores y contemplando orgulloso lo crecido de sus árboles, que han quedado como testigos del trabajo denodado de uno de los tantos pioneros de nuestro Bariloche. Al nono un día lo abrazó la tierra, para que descanse. El partió sonriendo, satisfecho.

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