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15/04/2020

Del estúpido que encontró una historia estúpida diciendo estupideces para su minuto de fama

Podría tratarse de una alegoría, el título de algún sainete o bien, cualquiera de los capítulos de Camus, dejando entrever que más allá de los dioses, tanto los de los creyentes como el de los comunistas, en La Peste, aparecen las pobrezas humanas que, frente a la desgracia ajena intentan aprovecharse de ese minuto que por alguna razón creen que los catapultará hacia la fama.

Pero nada más alejado de la realidad, cuando en contraste y por lógica (una lógica que los pelotudos que escriben pelotudeces no logran comprender), la sociedad en general, hoy tiene infinidades de veces más capacidad para discernir entre esas pelotudeces y lo que sucede y por una sencilla razón, acaso obvia: porque todos nos encontramos más sensibles, ergo, podemos ver más allá.

Y “más allá”, es precisamente lo que no pueden ver quienes creen que la tarea de informar, es “contar con un espacio y una máquina de escribir”.

Algo totalmente distante a la hora de pensar en el periodismo, por ejemplo. Y mucho más distante cuando por escribir y publicar, no se contrastan las fuentes; no se certifican esas fuentes y el exceso del potencial que debiera ser un recurso excepcional, pasa a ser el motivo principal o la regla, que rige en notas para las que, por simple deducción, se puede asegurar que si están regidas por el potencial es porque de todo lo que expresan nada es cierto o lo es poco.

Una estupidez que se aprecia por estos días donde algunos que intentan ejercer el periodismo, en realidad lo ensucian, eligiendo denostar a informar y componiendo historias desde sus ombligos, sin conocer de fondo lo que pasa; a las personas; lo que les pasa; lo que padecen; lo que esperan; lo que sienten; lo que son capaces de pensar o elegir…

Esa misma estupidez que siempre ha existido y que ahora parece un buen momento para exacerbar en la pelotudez de escribir sin mirar hacia adelante, apenas mirándose al centro de sus cuerpos y con tanta ignorancia que no llegan a poder describirse.

Una ignorancia que, a fuerza de sostener sus propias debilidades, busca en la composición de historias (alejadas de la realidad), la satisfacción personal por verse como autor de una noticia que será el fiel reflejo del daño causado a una persona o a una comunidad, bajo premisas mentirosas y horrendas como las de ser primeros, para contar con una primicia que no dice nada o pretender construir una situación desde un título, algo parecido a suponer que todos somos estúpidos y pelotudos.

Esa misma premisa que se escuda en el falso derecho de libertad de expresión que asume esa categoría (de falso), justamente cuando en nombre de tal supuesta libertad, se vulneran otros derechos.

En estos días, una serie de pelotudos ha dado como positivo, por ejemplo, un caso que en realidad no lo era; ha dado cuenta de la falta de medicamentos en un hospital cuando en realidad no era cierto y se han valido de “fuentes propias” porque quizás piensan que los gobiernos son tan pelotudos como ellos que dicen pelotudeces. Y a eso, le agregan el sentido impersonal y desconsiderado, aún más, cuando se esmeran en escribir con el supuesto “lenguaje inclusivo”, pero, a la hora de mencionar a las “personas”, las llaman infectados; positivos, curados o muertos. Es decir: inclusivo “las pelotas” es todo pour la galerie.

Por supuesto que ni siquiera se atrevieron a realizar alguna aclaratoria o pedido de disculpas ante los errores cometidos. ¿Por qué?, bueno, porque cuando se escriben historias desde el ombligo, solo se piensa en el ombligo. Cuando una historia es escrita desde las personas, los actores directos; sus tiempos; sus realidades, el periodista advierte que omitir o inventar es dañar, algo que los pelotudos no llegan a comprender.

Y todo por ese minuto de fama, para verse como firmante de una noticia que no lo es y que ha dañado o daña a toda una comunidad. Total, no importa. Y es obvio: qué nos puede importar lo que no conocemos. Ante ello solo se puede decir que si el periodismo no conoce no es periodismo.

Y que las líneas que separan derechos, opiniones, libertad de expresión; el derecho propio y el de los demás, se encuentran muy sutilmente distanciadas y por lo general tienden a confundirse o confundirnos.

Vale aclararle entonces a los pelotudos que, en la construcción de historias, para considerar si esas historias se vinculan con los otros desde los otros y no desde nosotros, se debe estar cerca; ser parte del sector objeto y contrastar las fuentes y despojarse de ideologías condicionantes de la historia, para que esta sea, precisamente “irrefutable”.

Quizás agregar que al periodismo le falta un poco de “blues”, de melancolía, como se dice en Antropología: Anthropological Blues, esa melancolía por desprendernos de lo nuestro para pasar a ser parte de los otros, al momento de construir nuestras historias.

Está claro que, afortunadamente se trata de una porción excepcional y que, en todo caso por sus características, la exposición; la comunicación en definitiva, podría parecer más visible y en consecuencia convertirse en un dato generalizado, aunque engañoso.

Pero no deja de mostrar, incluso de potenciar -lamentablemente- a un ideal centralista que define una realidad; la de personas que todavía creen que en el interior del país viven seres ignorantes; sin educación y sin recursos como para advertir ese pretendido “abordaje cultural”, propio de siglos pasados y que, pese a lo discursivo, sigue siendo el leitmotiv de muchos/as, a la hora de construir historias, para pretender mostrar que el federalismo solo existe en la suposición de los pobres pelotudos que lo creímos.

Entonces, desde un bar de Corrientes y Esmeralda, por decir algo, se escribe una historia sobre los habitantes de El Bolsón, por ejemplo… Pobres pelotudos.

En fin, si el periodista es responsable de que las historias de vulnerabilidad se conozcan, qué mejor que esas historias se escriban desde los otros y no desde el periodista. Pero, si independientemente de ello, se priorizara contar a partir de la condición de noticia “irrefutable”; se estará mucho más cercano a la sociedad, se sostendrán las historias y se reconocerá al periodista bajo el criterio de que su tarea es necesaria para transmitir lo que sucedió, desde lo que sucedió y no desde lo que quiere contar, puede contar; imagina o elige contar.

Y desde luego, sostener estas consideraciones, bajo los criterios irrenunciables de precisión y verdad en la composición de la historia. Esas características que debieran ser partes de los principios y que hacen indefectiblemente a la irrefutabilidad en la noticia.

Es decir, cuando la noticia no es irrefutable, no es noticia, en consecuencia, se podría decir que no es periodismo. Algo que no estoy del todo seguro que los pelotudos que eligen escribir para ganar su segundo de fama pueden discernir, por ese segundo en el que se ven firmando una nota, incluso a veces son tan pelotudos que utilizan seudónimos o perfiles truchos.

Una pelotudez que, como deporte está buenísimo para quien lo quiera practicar, pero en estos tiempos es innecesaria, cruel y totalmente fuera de foco.

Adrián Moreno
Periodista
Radio Nacional