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HISTORIAS DE VIDA DE GRANDES MUJERES BARILOCHENSES

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04/03/2020

Aide Pacheco, más de 20 años acompañando a los adultos mayores en El Amanecer

Aide Pacheco, más de 20 años acompañando a los adultos mayores en El Amanecer
Aide Pacheco, más de 20 años acompañando a los adultos mayores en El Amanecer

El 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, lejos está de ser una jornada de festejos puesto que fue instituido por una lucha por la igualdad y el reconocimiento. En Bariloche son muchas las mujeres que de manera silenciosa han destinado su vida al trabajo social en pos de mejorar la calidad de vida de sus semejantes.

En esta semana iremos hablando de la vida de algunas de ellas precisamente, como un reconocimiento y valoración de sus tareas diarias, las que quizás sirvan como ejemplo de fortaleza y perseverancia.

Aide Pacheco lleva veinte años manejando el centro de Abuelos El Amanecer, ubicado en Ruta 40 y Quaglia. Es servicial y siempre dispuesta a ayudar pero poco se sabe de su pasado.

Nació en Bariloche, “mis padres tenían un campo en Pichileufu donde ahora está INVAP, José Domingo Pacheco y Elsa Torres se llamaban” comenzó.

Cuando ella tenía tan solo cinco años su madre murió en un accidente en la estancia San Ramón, “tuve seis hermanos pero fallecieron todos, después papá con el tiempo se volvió a casar y tengo dos hermanastros”.

Cuando Aide tenía nueve años, su padre había conocido a otra mujer y se quería casar “yo no quería que lo haga así que le hacía la vida imposible, le mojaba el colchón, le rompía los vidrios de la Estanciera y le complicaba todo, entonces me mandó a Santiago de Chile a estudiar y a vivir con sus hermanas”.

Se quedó allá hasta que cumplió 21 años, “me recibí de perito mercantil, al principio él me mandaba cartas pero después tampoco me visitó más y a los 18 vine a verlo”. Confiesa que cuando su padre se casó le perdió el cariño “para mí fue lo peor que pudo haber hecho y lamentablemente todo lo que le predije se cumplió y así fue que terminó perdiendo todo el capital que tenía”.

Cuando la mandaron a Chile tenían 107 caballos y 389 lanares, “estoy segura de eso porque siempre los contaba, papá no sabía leer ni escribir así que juntaba palitos y piedritas para registrar sus animales”.

Cada vez que esquilaban ella era la encargada de entregarles las moneditas a los trabajadores, “éramos muy unidos hasta que apareció esa mujer, mis otros hermanos iban a buscar animales, siempre fueron sacando en lugar de aportar y así quedó en la ruina”.

Al regresar se reunió con el encargado del campo para informarse del estado económico, ya no quedaba nada. Regresó a Chile pensando en quedarse a vivir allí, pero al tiempo su padre se enfermó gravemente y decidió volverse, tenía 21 años ya.

Nunca sintió resentimientos “las cosas de la vida si no las sabés vivir se te vuelven en contra, lo único que a veces me hace sentir mal es que todo lo que le dije, le pasó como si yo fuera el poder de mi madre, aunque en el fondo sé que nada fue por culpa mía”.

Con algunas hermanas del corazón.

En Bariloche

Apenas llegó comenzó a trabajar en el Bariloche Center vendiendo publicidad, “ganaba muy poco y había que andar muy elegante cosa que acá no se podía, las veredas nunca fueron para caminarlas con taco aguja” comentó.

Por medio de una vecina consiguió trabajo en el hotel Pichi Mahuida, ahí conoció a Oscar, de Prefectura. “Nos casamos y tuvimos cinco hijos, cuando cumplí 30 años quedé viuda, la más grande tenía ocho años y el más chiquitito 45 días”.

Entonces empezó a llevar un ritmo de vida agotador, “me iba a las seis y media de la mañana de casa a trabajar al hotel Presidente, daba el desayuno y me volvía a las nueve y al rato salía para atender una tienda dos horas y de allí a otro hospedaje”. Después los empezó a dejar en la guardería de la Municipalidad, cuando finalizaba la jornada laboral a las cinco de la tarde, los retiraba.

Su madrastra vivía cerca y los miraba cada tanto y su hija más grande fue en realidad la que se hizo cargo de sus hermanitos mientras ella no estaba en su hogar. “Vivíamos en una pieza muy pequeña, entraban tres cuchetas, un calentador, una cocina a leña chica y una televisor blanco y negro colgado del techo y así los crié”.

Al consultarle de dónde sacaba fuerzas para no decaer dijo, “no tenía tiempo libre para sentirme mal, no me podía dar ese lujo, a las seis de la mañana me levantaba, ponía a calentar la plancha de hierro en la cocina y les dejaba los delantales impecables para cuando se levantaran” recordó.

Nuevamente el amor

Tenía un vecino que siempre le daba una mano con sus hijos, los cuidaba un ratito o si hacía falta los acompañaba a la escuela; se llamaba Iván. “Cuando se separó se había ido a vivir con su hermana al lado de casa y así fue naciendo el amor, no lo salí a buscar sino que lo tenía muy cerca”, detalló. Estuvieron 34 años juntos y con él tuvo otro hijo.

Fue en ese mismo tiempo que el más pequeño de su anterior matrimonio se enfermó, “tenía cinco añitos, le agarró Guillain-Barré, el primer caso en Bariloche y a los 15 días falleció” recordó muy conmovida.

Poco a poco se fue involucrando en las tareas comunitarias, colaborando desde la iglesia “cuando cumplí cincuenta años ya mi vida de gastronómica no tenía mucho futuro, una de mis jefas me pidió que le informara lo que hacían mis compañeros, no solo me negué sino que renuncié”, afirmó.

“Después entré a trabajar de promotora social en Provincia, eso era lo mío, nos daban capacitaciones y articulábamos con el municipio el plan Comer en Familia, era el año 2000”. Así llegó al CAAT 5 “la oficina ya estaba al lado del Centro de Abuelos, Thelma era la encargada y se tenía que ir, así que me ofreció quedarme a cargo de El Amanecer”. A los 55 años le hicieron una pensión por discapacidad porque tiene un solo riñón, desde entonces siguió en el Centro, pero sin cobrar nada a cambio.

“Siempre fui medio tonta, nunca quise que me den un puesto por acomodo, me buscaron para hacer política y hasta me ofrecieron para postularme a concejal pero no acepté”, dijo muy convencida de lo que quiere.

Así es que lleva 20 años en el Centro de Abuelos, hasta hace un tiempo era Iván el presidente pero al fallecer, volvió a tomar las riendas. “Él era muy celoso y quería que viniera solo un par de horas, entonces se nos ocurrió nombrarlo presidente, aceptó, veníamos juntos y ya me podía quedar todo el día” explicó sonriendo.

“A mí me gusta tener todo registrado, las compras, las donaciones y lo que se entrega” aseguró.

De lunes a viernes llega a las 9 de la mañana y se queda hasta pasadas las dos de la tarde. Además de los números se ocupa de amasar o de hacer lo que haga falta en la cocina porque ya a media mañana comienzan a llegar las y los adultos mayores para compartir el almuerzo.

Allí no termina la tarea, son varias las familias que pasan a buscar una vianda y como dice Aide, un plato de comida no se le niega a nadie.

Al hablar de sueños y metas por cumplir, todos están relacionados con los adultos con los que comparte sus días “me encantaría que para el Día de la Mujer por ejemplo, les dieran un diploma o hicieran una mención especial a las mujeres voluntarias que llevan adelante este centro”, señaló.

Se trata de un equipo de mujeres que no cobra un centavo por dedicar su vida a sus semejantes, ojalá ese sueño se le cumpla.

Agradecimiento

El centro de Abuelos El Amanecer quiere hacer público su agradecimiento por el gran aporte de alimentos no perecederos que recibieron como resultado del “Pinta Bariloche” que se realizó en el predio de la Rural días pasados.

“Un gracias enorme para la gente de Red Solidaria Bariloche, para los cerveceros que tuvieron la idea y para todos los que aportaron pensando en los que más necesitan” dijo Aide Pacheco.

Ellos reciben ayuda de manera mensual pero nunca es suficiente, “no solo les damos el almuerzo y una vianda para que se lleven los abuelos y abuelas; por el Centro pasan muchas familias necesitadas y siempre tenemos que tener algo para darles”.

“Salud Pública a veces nos manda gente enferma y también les damos, ahora tenemos cuatro casos así, si necesitan comida, ropa o mantas, se lo damos”, detalló.

Aide consideró necesario resaltar que “para nosotros sería más simple armar cajitas con paquetes de alimentos no perecederos y entregárselos a la gente pero no sabemos si todos tienen los medios para cocinarse”. Es por ello que las voluntarias de El Amanecer utilizan esos insumos para cocinar, agregan pan casero y dan las viandas listas para el consumo.

“Esto que nos dieron es de gran ayuda y es necesario agradecer todo lo que se recibe” finalizó. Ella tiene todo lo recibido en un cuaderno donde va marcando prolijamente lo que ya se ha usado y lo que les queda en la alacena.

Felices, posando con la ayuda recibida.

Susana Alegría/ Fotos: Tonny Romano