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EL PERIPLO INAUGURAL CORRIÓ POR CUENTA DE WERNER SCHAD

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01/03/2020

Cuatro décadas atrás, en bote inflable por el Pichi Leufu

Cuatro décadas atrás, en bote inflable por el Pichi Leufu
Cuatro décadas atrás, en bote inflable por el Pichi Leufu

Fanático de los ríos patagónicos, el por entonces vecino de Bariloche navegó desde el puente de la RN 23 hasta Paso de los Molles. Completó el recorrido entre 1982 y 1983. Dejó un escrito sobre su experiencia.

De acuerdo a una publicación que lleva su firma, Werner Schad fue el primero en navegar el Pichi Leufu desde el puente de la Ruta Nacional 23 hasta Paso de los Molles, a bordo de un bote inflable. Cumplió ese trayecto en octubre de 1982 para completar el recorrido hasta el Limay al año siguiente. El navegante compartió las alternativas de su periplo en julio de 1984 en la “Revista Patagónica”, importante registro de la historia regional.

Oriundo de Alemania, Schad trabajó como corresponsal de un diario alemán en Venezuela y luego, se instaló en la Argentina. Dejó de existir en Bariloche en 2006, cuando ex profeso subió a la montaña para despedirse serenamente de la vida. Su producción bibliográfica indica que fue un apasionado por los ríos. Escribió “Cruzando los Andes en canoa” (1980); “En canoa por ríos patagónicos” (1981); “Los ríos más australes de la Tierra” (1983) y “Por ríos y rápidos de la Patagonia” (1992).

A casi cuatro décadas de su navegación, sus apreciaciones despiertan curiosidad. “El Pichi-Leufú tiene algunas particularidades que lo distinguen de otros ríos: corre del sur al norte, lo que pocos ríos de la Patagonia hacen. Traza su curso muy cerca de Bariloche, uno de los centros más poblados de la Patagonia; sin embargo, atraviesa parajes de soledad impresionante. Escasean los ranchos en sus orillas; no obstante, la gran fábrica de INVAP, cerca de Pilcaniyeu, es otra de sus características distintivas”, anotó el protagonista.

Ya por entonces se generalizaban algunas variantes del que más tarde, se conocería como turismo aventura. “El kayakismo y el canotaje tomaron un gran auge en los últimos años. Hoy el Pichi-Leufú atrae, además de a los arqueólogos, que descubrieron allí moradas milenarias de hombres cavernícolas, a los canoeros y kayakistas. Juan Carlos Botinelli y unos amigos fueron los primeros que recorrieron el Alto Pichi-Leufú, desde la ruta que conduce a la abandonada mina de carbón de Pico Quemado hasta el puente de la Ruta 23, a once kilómetros de Pilcaniyeu. Desde allí hasta Paso Flores, donde el Pichi-Leufú desemboca en el Limay, el cauce de este afluente tendrá entre 130 y 150 kilómetros de largo”. Fue al segundo segmento que Schad reservó para su pequeña hazaña.

Pionero

“Según mis averiguaciones nadie había recorrido este tramo aún, cuando empecé a interesarme por el Pichi-Leufú. Esto se explica por la escasez de accesos aptos para automóviles; y estos últimos son un complemento casi imprescindible para canoas, kayaks y botes inflables. La Ruta 40 corre paralela a este río (se refería a la vieja denominación), pero a una distancia de entre y 10 y 20 kilómetros. Cuando la recorrimos en coche un paisano nos informó cerca de la estancia San Pedro que habría que calcular entre dos y tres horas para alcanzar a pie el Pichi-Leufú desde la ruta. La estepa era árida, pedregosa y accidentada. Además, así nos explicó el hombre, el río atravesaba barrancos turbulentos con saltos y rápidos. En averiguaciones posteriores dos vecinos me describieron ese tramo del río en forma mucho menos dramática. Mediante mapas y otros viajes de reconocimiento hallé entre la Ruta 23 y la desembocadura en el Limay tres accesos al río”, puntualizó el explorador.

Así las cosas, “al primero lo ubiqué cerca de la Cooperativa de Peumayén, donde un puente cruzaba el río; hasta allí se podía llegar sobre un camino paralelo al río, de unos 15 kilómetros; no aparecía en ninguno de mis mapas, y comenzaba cerca del puente de la Ruta 23. El segundo acceso comunica la Ruta 40 con el Paso de los Molles, donde otro puente cruza el río. El tercero era el camino que, cerca de Corralito, pasa por un vado que, con cierto nivel de agua, no parece muy vadeable”, según su detalle.

Después de reunir toda la información que le fue posible, en octubre de 1982 “me largué con mi bote inflable, un Callegari dinghi de 235 centímetros de largo y 130 de ancho, desde el puente de la Ruta 23. Era el último sábado de octubre de 1982. El hermoso caudal, entre diez y veinte metros de ancho, me arrastró con su vigor primaveral. Protegido por un traje de neoprene (sic) contra el frío y con un salvavidas contra el capricho del río y del destino, me deslizaba a través de la estepa sorprendiendo avutardas, bandurrias y patos de diferentes especies, con mi repentina y silenciosa aparición”, consignó Schad.

El navegante dejó constancia sobre la presencia de la educación pública, cuando todavía faltaba poco más de un año para que retornara la democracia a la Argentina. “Menos de una hora después de haber partido pasé la escuela con techo rojo que se encuentra entre el río y el camino paralelo. Continuando el descenso, admiraba los paredones, las torres y formaciones grotescas que la acción milenaria de viento había esculpido. Hasta el puente de Peumayén no tenía mayores preocupaciones. En caso de destrozar el bote en un obstáculo imprevisto, podría alcanzar el camino. Más allá del puente, éste seguía por algo menos de una hora a la izquierda del río”.

“Un rugido sospechoso”

Entre los paisajes únicos, “desde el cauce eché a ver el techo amarillo de la segunda escuela. Luego el camino se alejó entre las montañas. También las orillas del Pichi-Leufú se volvieron más montañosas, acercándose al cauce.

Me hicieron temer un cañadón venidero. Subir el bote con la carpa, la bolsa de dormir y todo el otro equipaje que había traído previendo la necesidad eventual de vivaquear en la orilla, podría convertirse en un esfuerzo fatigoso; particularmente con el traje de neoprene (sic), que es una protección maravillosa en el agua y una pesadilla para esfuerzos en tierra”, admitía el solitario tripulante.

Después de aquel mojón educativo, “ahora la soledad se tornaba impresionante, ya que los vestigios humanos se habían desvanecido. Ninguna choza, ningún sendero, ni siquiera ovejas aparecían en las laderas de las orillas.

Inclusive para ellas estas pendientes eran demasiado yermas. Enormes peñascos marrón-rojizos, desgarrados por los ventarrones esteparios se alzaban en los márgenes fluviales, de una soledad imponente”, según su juicio.

Las cosas se complicaron de ahí en adelante. “Hasta ahora los rápidos habían excedido apenas el primer grado de dificultad y mi bote amarillo los superaba fácilmente. Pero de pronto oí un rugido sospechoso. Vi una veta grisácea de piedra ígnea que cruzaba el río y rápidamente atraqué en el borde derecho para reconocer el cauce desde la tierra. ¡Menos mal! A pocos metros el río se estrechó para volcarse por el salto de una garganta angosta. Imposible pasar por allí con un bote inflable aunque la caída era menor de dos metros”.

Al menos momentáneamente, Schad tuvo que continuar su trayecto de manera terrestre. “Penosamente arrastré el equipaje y el bote a través de unos peñascos dispersos de la veta fracturada. Muy cerca del salto bajé el bote por una roca casi vertical. Cuando la corriente ya quería arrancármelo, me eché adentro y, de bruces, pasé por un pequeño rápido continuando el descenso solitario”.

Pero más allá del obstáculo que había sorteado, no se topó con mayores inconvenientes. “El crepúsculo vespertino ya estaba filtrándose desde el cielo. Por fin aparecieron las primeras chozas a la izquierda y poco después vi el puente y la casa enjalbegada (blanqueada) del Paso de los Molles, donde mi señora me esperaba con el coche. Nueve horas había durado el trayecto desde la Ruta 23 hasta el Paso de los Molles, que recibió su apodo por los arbustos homónimos que allí interrumpen la monotonía esteparia”, consignó el navegante. Completaría su periplo hacia el Limay menos de un año después pero esa, será otra historia a rescatar.

Adrián Moyano

Cuatro décadas atrás, en bote inflable por el Pichi Leufu
Cuatro décadas atrás, en bote inflable por el Pichi Leufu