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29/01/2020

Testimonios en primera persona de los incendios del año 1996

Testimonios en primera persona de los incendios del año 1996
Testimonios en primera persona de los incendios del año 1996

Hace pocos días nuestras páginas reflejaban una triste realidad que vivimos los barilochenses en el 96 a causa de los incendios donde, lamentablemente, en Villa Catedral más de media docena de viviendas fueron consumidas por el fuego.

La falta de planes de manejo, estrategias y coordinación por parte del Estado llevó a que se intentara combatir el fuego más con el alma que con la razón. Muchos hombres y mujeres sólo con palas o picos en mano, y alguna que otra motosierra, enfrentaban a un gigante que tenía todas las ventajas sobre ellos, y avanzaba sin tregua por la fuerza del viento.

El Cordillerano quiso ponerle nombre y apellido a cada uno de ellos, algunos bomberos voluntarios, otros pertenecientes a la policía y particulares que aún, al recordar ese momento, reviven la angustia y desazón.

Protagonistas

Roberto Molina entró al mundo de los incendios forestales en el año 1979 en El Bolsón, en 1988 llegó a nuestra ciudad y se desempeñó hasta el 2005; es uno de los responsables directos de que se lograra la creación del SPLIF (Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales). A lo largo de su carrera, ha realizado cursos de capacitación en Canadá, Chile y España.

“En esa época no había sistema provincial ni municipal de combate de incendios, eran solo particulares como Los Zorrinos o Los Lagartos, éste último con Rivas a la cabeza, Franzgrote y gente que se había organizado sin presupuestos y reuniendo herramientas por medio de donaciones de los vecinos”. Molina es retirado del departamento Bomberos de la Policía de Río Negro, todo lo que había organizado en El Bolsón durante cinco años y el ataque de incendios de cada verano, quisieron que lo replicara en Bariloche.

El primer canadiense con el que contó el SPLIF.

“Surgieron varias ONG, grupos de personas que querían defender el medioambiente, se contactaron conmigo, me dieron una mano muy grande y esa fue la base de la creación del SPLIF, se creó de manera muy básica en el 86 pero nunca se había legalizado”. Integrantes de esas ONG comenzaron a reunir firmas y golpear puertas para que se institucionalizara y no fuera solo algo que se desarrollaba cada verano.

“Existía la ley correspondiente pero no estaba reglamentada, por lo tanto no tenía recursos firmes, el único aporte de Nación era por medio de Parques Nacionales, seguíamos con falencias, terminaba la temporada, se guardaban los equipos y hasta el primer incendio de la temporada siguiente, no se reabría, ni se preparaba a la gente.”

Así surgió que el Departamento Bomberos de Río Negro pusiera una cierta cantidad de personal desde octubre a fines de marzo en Bariloche “eso significó que había que buscar un espacio físico donde funcionar, primero fue en el hotel Amapola cerca del Monolito”. Recordó de esa época al ingeniero Rodríguez, quien brindó su asesoramiento de manera gratuita.

“Después en Namuncurá al 400 con la Dirección de Bosques armamos la primera oficina del SPLIF, pero no contábamos con la reglamentación y eso impedía realizar una planificación, llegaba marzo y quedaba yo solo en la oficina”, contó.

Era necesario capacitar al personal tanto en la prevención, la detección y el combate del fuego, “a pesar de todo eso se siguió luchando, tiempo después el SPLIF pudo lograr la base donde hoy es la comisaría 28. Ese lugar tuvimos que reacondicionarlo porque era de una obra social, empezamos a armar algo un poco más permanente, teníamos un camión viejo cisterna y una camioneta Ford modelo 65”, recordó.

Afirmó: “eso fue así a pesar de lo que se dijo, se firmó y se escribió, las horas de imágenes que registraron las cámaras y las hojas de diarios que se escribieron luego del incendio del 96 del Catedral”. Como resultado surgió el Plan Nacional del Manejo del Fuego.

“Yo tengo toda la documentación que se fue presentando, informes, las estadísticas desde el 88 hasta el 2005 de las intervenciones que hubo en Bariloche y algunos fax, que era el sistema más directo que se utilizaba para realizar pedidos”, detalló.

Trece combatientes

Molina recordó “teníamos solo trece combatientes y estábamos trabajando en un incendio en la ladera sur del Otto cuando nos avisaron del fuego en Catedral, tuvimos que levantar todo para irnos hasta ese lugar”. Tres de ellos debían permanecer en las oficinas por lo que en realidad, en territorio fueron mucho menos.

Afirmó “se prendió una tarde a última hora, lo controlamos pero a la noche el personal no se pudo quedar, el viento levantó brasas que reavivó el viento y al otro día temprano cuando llegamos ya no lo podíamos controlar”.

“Se nos escapó y eso fue la angustia y el dolor más grande porque todo eso era algo anunciado, que en algún momento iba a pasar, empezó en la zona del circuito de motocross, el camino que va al puente del Casa de Piedra a unos 300 metros.”

De allí continuó por la ladera “y entró al cañadón del sur hacia Villa Catedral, al tercer día otro foco se fue para el cerro San Martín, pasó la ruta de acceso y a la semana ardió todo y más, llegando el fuego hasta la parte norte de la Villa”.

Continuó relatando “se quemó un hotel que primero tomó el techo porque habían muchos pinos ardiendo, a la semana había venido gente de Santa Cruz, un grupo de El Bolsón y se había pedido una brigada de ayuda a Chile”.

No hubo heridos del grupo a cargo de Molina porque habían recibido una capacitación adecuada y habían sido parte del combate de los incendios grandes en la zona de Lago Puelo, “sí algunos bomberos voluntarios fueron heridos en algunas intervenciones pero el hecho fue más preocupante en líneas generales porque de forma paralela se produce el incendio del otro lado del lago entonces no nos alcanzaba el personal”. “Fueron muchos más los focos y la situación nos desbordó por completo, fue un año muy negro para Bariloche”, aseguró.

“Pero el incendio grande, de haber contado con los recursos necesarios, no habría tomado esas dimensiones, a la gente que venía a colaborar desde otros lugares teníamos que darle de comer y buscarle alojamiento y en muchos casos, no respetaban las normas de seguridad, eso sumaba inconvenientes, en lugar de aportar”, señaló.

En ese momento María Julia Alsogaray era la Secretaría de Medio Ambiente “cuando llegó gente de Nación, enviada por ella, el dolor más grande que sentí fue cuando nos mandaron a todos los de provincia a nuestras casas y se hicieron cargo ellos que nunca habían estado en un incendio de este tipo”.

A nivel institucional hubo una larga serie de errores “lo más grave fue que nadie nos escuchó porque veníamos pidiendo que hagan algo desde el año 79, cuando fueron los incendios grandes en el Currumahuida, en Lago Puelo”.

Luego del incendio en Catedral todo seguía igual, “el técnico sabe lo que tiene que pedir pero el político consigue lo que le conviene por eso luego presenté mi renuncia, me alejé porque me estaba haciendo mucho daño y no lograba nada”.

Para finalizar comentó “en ese momento vino el gobernador y me dijo: ‘Molina, ¿qué le hace falta para apagar el fuego?’, y yo le contesté ‘¡Qué llueva señor, porque todo lo que vengo pidiendo no lo vieron y ahora la única solución es el agua’, se enojó mucho, pero era la verdad”.

“Había una falta total de protección al bosque nativo de parte del Estado Nacional, los técnicos nos daban la razón pero en los hechos no había nada concreto, como se dio hace unos pocos años donde se hizo un proyecto del cual pude participar y que se concretó con la central que hoy tiene el SPLIF en esa misma zona”, dijo.

Participó de la inauguración “fue un momento de enorme emoción porque después de haber sufrido tanto y padecido problemas de salud y de estrés por todo lo vivido, Bariloche y la región se merecía tener algo así”.

“Nuestros mayores nos habían enseñado que el bosque había que cuidarlo pero lo que nadie nos había dicho era que no dependía de nosotros la decisión política o económica para lograrlo”, se lamentó.

Lluvia salvadora

La noche del domingo 21 de enero de 1996 quedará por siempre grabada en el recuerdo de los barilochenses porque luego de días y días viendo arder nuestros bosques, finalmente, cerca de las 21 horas, llegó la lluvia tan esperada.

La redacción de El Cordillerano por ese entonces estaba al fondo de una galería de calle Mitre. Los gritos y aplausos de la gente hicieron que el personal saliera a la vereda y entonces, se sumó a la fiesta. La gente, sin conocerse, se abrazaba y lloraba de emoción, bajo una lluvia copiosa que se mezclaba con las lágrimas.

Se entonaban cánticos hacia María Julia Alsogaray y de esa manera se intentaba canalizar un poco toda la impotencia vivida al ver cómo se fueron quemando nuestros bosques, de día y de noche, sin poder hacer absolutamente nada.

Daniel Lorenzo es un periodista de nuestra ciudad y quiso dejar reflejado su punto de vista de lo sucedido durante los incendios del año 1996.

“Recuerdo a los incendios forestales del valle del Challhuaco y del cerro Catedral sumados a otros muy graves en la Ruta 237 cerca de Bariloche, los que marcaron un claro antes y después en el tema”, recordó.

“Fue la peor temporada que recuerde: inesperada en su magnitud, comenzamos a convivir con la idea de incendios intencionales, devastadores, y descubrimos la incapacidad y falta de recursos del Estado nacional, provincial y local para enfrentar la problemática”, aseguró.

“Los brigadistas, bomberos, los escasos medios y recursos llegaban siempre tarde. Las autoridades discutían sobre las jurisdicciones en las que estaba el fuego y se responsabilizaban mutuamente, sin generar respuestas concretas.”

“Además, a la incapacidad gubernamental se sumaba la disparatada actitud de los principales funcionarios, en especial la secretaria nacional de Medio Ambiente, María Julia Alsogaray, el presidente de Parques Nacionales Felipe Larriviere, y el gobernador de Río Negro, Pablo Verani. Fueron siempre rápidos para altisonantes declaraciones mediáticas pero incapaces de coordinar respuestas”, señaló.

“La solución llegó recién con la lluvia, fue una bendición para los miles de habitantes de la zona que pasábamos noches enteras viendo el rojo resplandor en el humo, hacia el este primero y el oeste después, y oliendo al bosque quemado.”

“Cientos de hectáreas de bosque nativo se perdieron para siempre en el Challhuaco, el cerro Catedral y Villa Los Coihues, y ardieron complejos turísticos y una decena de casas en la Villa Catedral, mostrando la complejidad de un incendio forestal de interfase, que afecta sectores poblados”, rememoró Lorenzo.

Aseguró: “Ahí comenzó a cambiar todo. En los años siguientes nació el Plan Nacional de Manejo del Fuego y del SPLIF, además de una mejor preparación de la Municipalidad y los bomberos voluntarios para enfrentar el drama.

Se incorporaron medios aéreos y se mejoró la coordinación entre jurisdicciones, la planificación preventiva, los sistemas de alerta temprana y hubo más recursos para equipamiento, tecnología y personal especializado”.

Las cifras de intervenciones en cada año.

Estadísticas que mostraban la gravedad del momento.

Susana Alegría