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RESEÑA HISTÓRICA: PRIMERA PARTE

04/01/2020

A treinta años de la relocalización de barrios a las 34 Hectáreas

A treinta años de la relocalización de barrios a las 34 Hectáreas
“Chiche” Costa con dos vecinos. (Foto archivo)

A treinta años de la relocalización de cinco barrios a las 34 Hectáreas, vale recordar el proceso que llevó a las autoridades de entonces, a adquirir los terrenos, durante la gestión de Edgardo Gagliardi como intendente y la tarea práctica de llevar a las familias a dicho espacio, durante la gestión de la entonces intendenta María “Chiche” Severino de Costa.

El profesor de historia Ricardo Daniel Fuentes, nos acercó la historia de la relocalización a partir de la década del 80, con datos interesantes. Dialogamos con dos de los entonces presidentes de juntas vecinales de los barrios relocalizados, Minelba Cabero del barrio Austral y Martín Hunchulao, del barrio Barda Costa del Ñireco. Los otros tres dirigentes están fallecidos: Víctor Ancavil, de origen mapuche, fue presidente de la junta vecinal Tres Ojos de Agua, Eduardo Báez del remanente Quimey Hue, Julia Ojeda dirigió la junta del barrio 3 de Julio.

Minelba Cabero del barrio Austral y Martín Hunchulao del barrio Barda Costa del Ñireco, en diálogo con El Cordillerano, recordaron los momentos vividos y la actualidad de los barrios. Minelba vive en el barrio Dos de Abril y Martín, en el Unión.

El cronista en diálogo con Edgardo Gagliardi. (Foto archivo)

A manera de introducción, vale recordar expresiones del exintendente Edgardo Gagliardi que dijo “sinceramente no puedo recordar bien, pero estoy seguro que tuvimos que conseguir el dinero en efectivo para la compra de las 34 hectáreas, llevamos el dinero al Concejo Municipal en el que se realizó la operación”.

Ya en la gestión de la intendenta “Chiche” Costa, una de las primeras acciones fue crear el “Banco de Tierras”, a cuyo frente estuvo designado el ya fallecido excelente músico y compositor, Roberto Navarro.

Asimismo, no podemos dejar de citar a Enrique Carfagnini, quien jugó un rol importante para la creación de la Interbarrial, que la conformaron los cinco barrios que iban a ser relocalizados en las 34 hectáreas. También hay que destacar la tarea que llevaron adelante las asistentes sociales, Karina Ansolaberre y Janet Lamuniere.

Carfagnini de frente con “Chiche” Costa. (Foto archivo)

EL ESPACIO SOCIAL

Los barrios Unión y 2 de Abril

Por Ricardo Daniel Fuentes

Durante los años 1989-1994 se planificó y concretó la reubicación de seis barrios marginales de San Carlos de Bariloche a un predio posteriormente conocido como “las 34 Hectáreas”. Este proceso fue la culminación de una larga lucha emprendida por cientos de familias de sectores populares en procura del acceso a la tierra y a una vivienda digna. Durante las décadas de 1960 y 1970, al menos unas quinientas familias habían ocupado tierras fiscales y privadas en diferentes espacios urbanos y peri urbanos de la ciudad. Una serie de medidas judiciales a fines de la década de 1980 promovidas por los propietarios o particulares que se arrogaban tal derecho, contribuyeron a la organización y lucha de los diferentes asentamientos- barrios, y a poner en primer lugar de la agenda política local el problema de la tierra, sensibilizar a la opinión pública y a precipitar las respuestas del poder político ante tal situación.

En cuanto a los propósitos que me plantee con esta investigación, han variado a lo largo del tiempo, por lo que corresponde una somera explicación. Comencé a seguir este proceso a fines de 1989, a partir de una serie de entrevistas sobre migrantes en Bariloche. Por entonces intentaba comprender los efectos del desarraigo en las identidades culturales. Posteriormente, en el año 1992 y en plena “movida” que se estaba gestando en los barrios involucrados, retomé el contacto con muchos de aquellos que me habían brindado su testimonio. Me interesé principalmente por analizar el proceso de la relocalización desde sus orígenes, con el propósito de comprender algunas de las decisiones políticas tomadas en la ejecución del mismo.

A mediados de la década del 90, en el contexto de la desarticulación menemista del Estado Nacional, me incliné por observar las condiciones y características de la fragmentación social al interior de las organizaciones barriales.

A la luz de la continuidad alcanzada, considero que esta historia participada del presente es un aporte destinado a comprender políticamente a la ciudad a partir de un caso paradigmático como lo es el espacio compartido por los barrios 2 de Abril y Unión: las 34 hectáreas.

Los asentamientos, la Interbarrial y la compra de la tierra

(1989/1991)

Las ocupaciones de tierras y el origen de los asentamientos estudiados comenzó durante la década del 60. Para esta época la especulación inmobiliaria, al compás de un sostenido auge turístico y la ausencia recurrente de políticas de Estado, hacían cada vez más difícil el acceso a la tierra y posterior construcción de la vivienda para los sectores de bajos recursos. Esta situación superó las políticas paliativas municipales. Por entonces se aseveraba que no había reservas de tierras para destinar a futuros planes sociales. El Estado municipal destinó numerosos predios otorgados por la Administración de Parques Nacionales a un rápido y rentable loteo.

Como asegura una funcionaria “Nunca hubo intentos serios de discutir para que lado desarrollar Bariloche, qué se haría con la gente recién llegada y cómo solucionaríamos concretamente los problemas que el crecimiento demográfico acarrearía, porque una cosa es planificar técnicamente y otra es tener en cuenta a seres humanos”.

Quienes vinieron a fines de los 60 recuerdan los inconvenientes iniciales: “nosotros vivíamos en Conesa, en 1964 nos vinimos. Enseguida conseguí trabajo, en esa época era fácil, en hoteles y construcción principalmente (…) Al principio alquilaba una habitación para mi dos nenas, mi esposa y yo. Era difícil conseguir algo fijo, porque la tierra estaba muy cara, no la podíamos pagar. Un día, un compañero del laburo me comentó que se estaban instalando en los lotes de la Barda, que se podía negociar con un representante para comprarlos después, porque la dueña no vivía aquí (…) De la Barda decían que vivir allí era peligroso pero eso fue al final, cuando comenzó a llegar mucha gente y los camiones que circulaban cerca aflojaban el material. Que me acuerde, mientras estuvimos nosotros allí, no hubo muchos derrumbes, solamente en invierno, cuando llovía mucho.” (Cristina H.)

“Con mi esposo construimos una casillita de cantoneras en lo que se conoció después como 3 ojos de agua, allá por el año 70, que se llamaba así porque existían unos pozones naturales de agua que servían para tomar y criar animales. Alguna gente apenas llegaba hacía su quintita, algo daba, era un barrio de gente pobre, la mayoría recién llegada del campo.” (Beatriz M.)

“En tres ojos de agua me hice una casita en un terreno donde criaba chanchos y gallinas. Yo me quedé en ese terreno y mi señora se quedó en otro lado, por los chicos, que iban a la escuela Ramón Giménez. Para ese entonces, mucha gente andaba como bola sin manija, buscando lugar, y entonces me preguntaban: ¿quién es el dueño acá?, ¡yo!, les decía, en broma. Era gente desalojada de la costa del lago, y de otros lados del campo. Yo les decía que era intruso, nomás, como ellos.” (Víctor A.)

“En el año 1969 me vine a Bariloche a vivir con mi hermana mayor que se había venido de Temuco un año antes. Con su esposo construyeron una casita en tierra de nadie, cerca del lago Nahuel Huapi, a la altura de la estación de trenes (…) conseguí trabajo inmediatamente de changas y me hice también una casa. Allí viví con mis cuatro hijos hasta la época de los militares, cuando Barberis nos mandó a tirar las casas. Después me fui al barrio Ushuaia y ahí estuve hasta que nos mudaron aquí.” (Luisa C.)

La ocupación se dio en la mayoría de los casos en terrenos en litigio por sucesión familiar, en propiedades cuyos dueños no vivían en la localidad y en tierras cuya jurisdicción disputaban el municipio y la provincia.

En un principio, las familias llegan al terreno, lo delimitan, arman una casilla e inmediatamente tratan de procurarse el servicio básico: el agua. Luego, cuando crece el número de familias en el asentamiento, estas comienzan la etapa organizativa y comunitaria.

Muchos testimonios destacan el detalle de la existencia de comedores comunitarios a principios de 1970.

Mientras tanto, las distintas autoridades que asumieron en la década del 70 -dictaduras incluidas- toleraron las diversas organizaciones de los asentamientos, grupos de trabajo o comisiones provisorias, conscientes de su impotencia e incapacidad para resolver el tema de fondo.

“En tiempos del gobernador Mario Franco, yo me instalé en (las calles) 9 de Julio y Brown. No había nadie, no teníamos agua ni nada. Yo trabajaba en Parques y Jardines en la Municipalidad, en esa época el intendente era Ibáñez…una vez le hablé, ‘señor, le dije, tenemos que ir a buscar agua sucia al zanjón de 9 de Julio, ¿por qué no podemos tener una línea de agua?’, ¡no hay plata para eso!, me dijo… Como yo sabía algo de política, porque había sido militante peronista ferroviario en la época de Perón y Evita, empecé a juntar alguna gente, me decían ¿quién va ser el cabecilla?, ‘¡yo!’, dije, ¿y quién te va a llevar el apunte a vos?, me decían algunos, y yo les dije: ‘si los políticos entienden idioma del gringo ¿cómo no van a entender a un argentino?, si no entiende le hablo en indio’, dije… ahí junté veinte personas que estaban dispuestas a agarrar la pala y seguirme.”
-¿qué actitud tenían con ustedes los gobiernos de la época?: “Al principio no jodían, tampoco hacían nada por nosotros. De repente ¡operativos!, y los milicos que entraban a patadas en las casas.” (Víctor A.).

En asentamientos del conurbano bonaerense estudiados por Denis Merklen, la identificación de los habitantes como “barrio” se dio a partir de una estrategia de legitimación de parte de los vecinos frente al Estado: éste propone que los vecinos se organicen y formen una comisión provisoria para discutir la forma de legitimar sus reclamos. Por su parte los vecinos manifestaban deseos de convertirse en tales, al hacer mejoras en sus terrenos y expresar el anhelo de comprar las tierras. Marklen estudia el fenómeno que ocurre en los albores de la democracia iniciada en 1983.

A diferencia de este proceso, la construcción de la identidad barrial en los asentamientos de Bariloche no fue el fruto de una estrategia como tal ya que los vecinos, por lo general en contextos de gobiernos autoritarios, ante la ausencia o desinterés del Estado se autogestionaron el agua, la calefacción y la luz. Por lo tanto, el encuentro con el Estado (nacional, provincial y municipal) comenzó de forma lenta, esporádica y su intervención, cuando finalmente ocurrió durante la primavera democrática, no estuvo dirigida a evitar el desarraigo ni a combatir las causas del mismo. Ante la ausencia de una política sobre el tema, la solución se restringió a intentar frenar las presiones de los voraces intereses inmobiliarios y judiciales y a demorar las órdenes de desalojo.

Para el año 1985 los juzgados locales registraban 87 expedientes iniciados por desalojo. Dos años más tarde la cifra se duplicaría. Los barrios 3 Ojos de Agua, 3 de Julio y una fracción del barrio Quimey Hue, fueron afectados por la ola de intimaciones realizadas por la Sucesión García Lera.

Con la notificación de la sentencia de desalojo, el Concejo Deliberante crea una comisión de estudio y seguimiento del problema en la que participarían activamente las comisiones directivas provisorias de los barrios. El objetivo buscado: negociar con los propietarios la forma de comprar las tierras y retrasar o evitar el desalojo.

“Allí estuvimos como 20 años, hasta que de repente llamado de atención de un ingeniero: ¡este campo es de García!, che, tenemos 25 días para dejar el lote, me decía mi gente. Pasó que justo en esa época andaba haciendo campaña Álvarez Guerrero y fue al barrio a comer un asado, ahí le dije yo de la situación y él me dijo que iba a conseguir una prórroga de 5 años: ‘¿usted me manda una nota?’, me dijo y ahí quedamos tranquilos.”

“Un día ¡otra vez!, aparece en el diario que nos van a desalojar. Yo empecé a resistir. Trabajaba con integrante del centro mapuche que decía: tranquilo, si tenés más de 20 años viviendo acá no te sacan. Yo dudaba. Antes, en

Las Quintas abajo, habían desalojado con topadoras y todo, donde hoy están las casitas del IPPV, nadie creía que los iban a sacar. ¡Igual los sacaron como perros! Entonces mucha gente me dijo: ¡Yo me voy, acá va a pasar lo mismo que aquella vez! Ahí me fui a Tribunales, a hablar con el juez, a decir que vivía más de 20 años en esa tierra. Le dije que éramos familias con ancianos y niños y que nos iban a tirar a la calle; le dije: señor, si se hace cargo la municipalidad nosotros podemos ir pagando de a poco, porque nosotros queríamos pagar. El juez dijo: ¡no! el dueño es el dueño.” (Víctor A.)

“Paralelamente al conocimiento de la situación por parte de la comunidad, se le suman las primeras manifestaciones de apoyo a los barrios en su lucha por la tierra: En nuestra oficina circulaban a diario la cara de los paisanos de la Línea Sur, de los necesitados y marginados por el sistema. Nos conectamos entonces con el Centro Mapuche y empezamos a trabajar en lo que luego se llamó el Grupo de Apoyo a la Interbarrial por la tierra”. (Enrique Carfagnini).

El Grupo de Apoyo (GA) estuvo conformado por la Comisión Diocesana de Migraciones de la Iglesia Católica, el Centro Mapuche y trabajadores sociales que se acercaron voluntariamente. Los concejales Rodolfo Galosi y Héctor Baudino (Frente para la Victoria: Partido Justicialista – Democracia Cristiana) participaron activamente junto con los vecinos y favorecieron la utilización del Consejo Municipal para tratar públicamente la situación.

En este contexto es cuando se suma otro conflicto latente que aceleraría las búsquedas de soluciones: el barrio la Barda –que se reconocería luego como barrio Austral- ubicado sobre un barranco cercano al río Ñireco. Esta zona -de propiedad confusamente mixta, municipal y privada- sufría derrumbes y deslizamientos constantes. Ya en 1977 el municipio había decidió prohibir la construcción y edificación de viviendas en ese lugar. No obstante, ante la inacción de las autoridades, numerosas casillas se siguieron instalando.

Posteriormente el Programa Social Básico de Nación de 1985, incluyó la erradicación de la Barda a través de un crédito del Banco Hipotecario Nacional, se habían hecho reuniones con los vecinos por esta posibilidad. Los funcionarios municipales se habían comprometido a realizar un listado de interesados en buscar otro terreno.

Así el proyecto de erradicación de la Barda tenía existencia en los papeles a lo que se le sumaba distintos informes sobre la grave situación geológica del lugar, elevados al municipio.

El problema de la Barda fue, en síntesis, un disparador del tema estructural: la falta de acceso a la tierra en Bariloche. El intendente de entonces reflexionaba así: el objetivo era comprar pues no había más tierras municipales.

El objetivo era reubicar la Barda y el barrio Diez de Diciembre, centro geográfico de Bariloche, unas 10 manzanas, nosotros queríamos evitar que el día de mañana les cayera la topadora, era para hacer un centro administrativo de Bariloche.

En cuanto al barrio La Barda, queríamos convencerlos de que ese no era un lugar apropiado, habíamos realizado estudios sociológicos. Después cubría la compra otras situaciones ilegales. Nosotros planificamos todo, los que vinieron después continuaron lo que hicimos nosotros. El plan nuestro fue un plan interdisciplinario de traslado. Pensamos en todo. Cómo terminó, yo ya no puedo decirte. Compramos tierra y abrimos calles y luego el tema lo agarró el nuevo gobierno.

Las reuniones en el Concejo Deliberante permitieron intercambiar experiencias, opiniones y tomar conciencia de la dimensión real y estructural del problema. Esto permitió el acercamiento de otros barrios: el Bella Vista II y el

Unión Costa del Ñireco, que tenían notificación de desalojo. Surge entonces la idea de conformar la Interbarrial por la tierra (IB), fomentando la organización en cada barrio para buscar soluciones en común, aunque no sin dificultades:

“Una de las cosas que más costó al principio fue que se sentaran juntos chilenos y argentinos, había una xenofobia antichilena entre pobres que se expresaba con la frase: los argentinos tenemos derecho a nuestra tierra, ellos no. Por otra parte, algunos referentes mapuches se resistían a la idea de tener que pagar por unas tierras que reclamaban como propias.” (Enrique C.).

“Sin embargo, algunos propietarios favorecieron durante un tiempo la ocupación de sus lotes para posteriormente -con la radicación de numerosas familias en los mismos- iniciar el trámite de desalojo: Al principio no entendíamos nada porque llegaba el dueño y un abogado a decirnos que no estaban en contra nuestra, que no nos querían echar, y que buscaban una solución para nuestro problema.” (Minelba C.).

“Los propietarios sugieren a los vecinos formar cooperativas y recurrir al municipio como forma de resolver el conflicto: no podíamos venderle a esa gente porque el código urbano impide la subdivisión de terrenos sin los servicios correspondientes. Nosotros queríamos llegar a un arreglo, para eso era necesario que el Concejo Municipal declarara a las tierras de interés social.” (Jorge L.)

“En esa época las cooperativas se formaban para pagar. Era mucha plata, por eso era un engaño, al final hacíamos caldo gordo al dueño. Claro que a los que venían de otro lugar con plata les convenía hacer cooperativa, fue así que al Nahuel Hue, los de cooperativa terminaron pidiendo desalojo de los que habían vivido allí desde tiempo atrás.” (Víctor A.)

En algunos barrios, las cooperativas formadas tuvieron que hacerse cargo de los gastos por servicios básicos (agua, mensura, luz) y terminaron “tercereando” en una operación comercial que benefició a las inmobiliarias.

“La hiperinflación del año 1989 multiplicó las cuotas: No podíamos pagar, venía gente de otros barrios del centro, de otro nivel, que se asoció a la cooperativa y que compró terrenos y nos terminaron declarando a nosotros intrusos en nuestro propio barrio.” (Ana M.).

La inmobiliaria Nahuel Hue terminó haciendo un gran negocio: vendiendo tierras sin mejoras en lugares apartados del centro de la ciudad. Los “intrusos” serían el barrio remanente del Quimey Hue destinados a la relocalización en las 34 Hectáreas.

La estrategia destinada a postergar el desalojo que promovía la interbarrial consistía en solicitar a los propietarios la evaluación de los precios de las tierras ocupadas demostrando interés en comprarlas.

“Queríamos ganar tiempo, pero sabíamos que la compra era imposible. Fijate que de 150.000 dólares que pedían por las tierras del Bella Vista II, solo podíamos juntar 5.000 en un año. Entonces elaboramos un proyecto de ordenanza que autorizaba al intendente a negociar con los propietarios para ver la forma de lograr su posesión y conseguir dinero del Fondo Nacional de la Vivienda, cosa que -por otra parte- veíamos como muy remota de alcanzar.” (Enrique C.).

“Un hecho decisivo que aceleró las respuestas de las autoridades municipales fue la muerte de una persona como consecuencia de un derrumbe de un sector cercano a La Barda, en mayo de 1990: En realidad la señora que falleció vivía en el límite norte de La Barda, donde hoy están los departamentos “escaleras”, cerca del puente Ñireco. Te digo que ahí empezamos a pedir de una vez por todas, la solución definitiva.” (Minelva C.).

El problema de los barrios se instaló con mayor énfasis en la agenda de los medios de comunicación a nivel local y regional. El municipio convocó entonces a posibles oferentes de tierras en el sector sudeste de la ciudad. La apertura de sobres se realizó el 29 del mismo mes del accidente, todo un récord.

“La oferta seleccionada fue la correspondiente a una fracción de 347.300 m2 cotizada en 69.460 dólares, propiedad de la inmobiliaria Nahuel Hue SRL. Eso fue barato porque era a condición de que nosotros le liberáramos otras fracciones, para que ellos puedan urbanizar, (...) era una contraprestación directa, nosotros comprábamos eso, y ellos pedían que la cantidad de hectáreas restantes las liberáramos y pudieran fraccionar. Era un trueque a menor valor que pudiera tener esas condiciones.” (Edgardo G.)

Al parecer, el elevado precio de las tierras ocupadas fue “inflado” intencionalmente por la inmobiliaria, para ofrecer a bajo precio un predio alejado y escondido tras el cerro Otto y lotear las tierras ocupadas. Así nacen las 34 Hectáreas como destino de relocalización de los barrios estudiados. (Prosigue la historia el martes).

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