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FUE QUIEN LOGRÓ AQUELLA “MODESTA VICTORIA”

29/11/2019

Eduardo O’Connor, el que navegó por el “espejo de plata”

Eduardo O’Connor, el que navegó por el “espejo de plata”
El bote Modesta Victoria.
Por: Adrián Moyano

Al frente del vapor “Río Negro”, la tripulación bajo su mando no logró superar los escollos que presentaba el río Limay hacia 1883. El logro se alcanzó al timón de un pequeño bote que pasó a la historia.

“Presentóse a nuestra vista un grandioso panorama en forma de inmenso anfiteatro que desarrolla un horizonte de miles de metros; desplegándose una dilata superficie líquida en una extensión aproximada de tres leguas, de contornos parabólicos, perdiéndose en lontananza y teniendo por base una extensa cadena de montañas de cimas altísimas, cubiertas de nieve. Nada más imponente y caprichoso que la disposición de las crestas salientes de las montañas”.

No carente de cierta poesía, la descripción precedente se incluyó en un informe militar. Lleva la firma de Eduardo O’Connor y corresponde al 13 de diciembre de 1883, cuando después de ingentes esfuerzos y varios intentos anteriores frustrados, por vez primera una embarcación de la Armada Argentina pudo ingresar al lago Nahuel Huapi, después de sortear la obstinada oposición del Limay. La lancha en la que se desplazaba la reducida tripulación recibió esa misma jornada el nombre de “Modesta Victoria”.

La actuación del futuro vicealmirante durante el avance de las fuerzas armadas sobre el territorio mapuche y tehuelche, fue rescatada por Enrique González Lonzieme, en ocasión del Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, que se celebrara en General Roca en noviembre de 1979, a instancias de la Academia Nacional de la Historia y de la última dictadura cívico militar. Historiador naval y capitán de navío fallecido en 1997, el autor tituló a su contribución “Personajes de la Conquista del Desierto: el vicealmirante Eduardo O’Connor”.

En ausencia de su predecesor, Erasmo Obligado, quien había liderado los anteriores viajes, su hasta ayer subordinado fue designado “jefe de la Comisión Exploradora Argentina que debía realizar un nuevo intento por llegar por vía fluvial al lago Nahuel Huapí”, reconstruyó González Lonzieme en 1979. Volvió a alistarse el vapor ‘Río Negro’ con el que partiera de Patagones el 10 de octubre de 1883.

Gracias a las experiencias previas, “la subida se realizó en esta oportunidad con relativa rapidez, habida cuenta de la fuerza de la corriente, pues el 12 de noviembre ya había alcanzado el famoso Peñón de Río Negro, donde nuevamente debieron detener la marcha del vapor”. Dos viajes atrás, los marinos habían designado de esa manera a una gran formación pétrea que se destacaba donde el Collon Cura se juntaba con el Limay.

Plano que levantaron los navegantes.

Peñón imbatible

En aquellos tiempos, los dos ríos presentaban su estado natural, previo a la transformación que significaron las grandes represas hidroeléctricas y sus consabidos embalses. Nótese la violencia de las aguas: “se trataba de un recodo del Limay que rodea un alto peñón contra el cual golpean las rápidas aguas del río y forman impetuosos remolinos. Obligado trató de vencer el escollo, pero el buque perdió el gobierno a causa de los remolinos, su máquina no alcanzó a vencer el ímpetu de la corriente y estuvieron a punto de naufragar al golpear reciamente contra las paredes del peñón al que llamaron por ese motivo ‘Río Negro’”, narró el historiador naval.

Dos años después de aquella frustración, la nueva expedición se encontró en una circunstancia similar. “O’Connor trató de vencer el escollo, pero fracasó también en su intento, por lo que, al igual que Obligado, debió seguir el viaje a bordo de una lancha y un chinchorro; pero, a diferencia de su jefe y para desvincularse de la bajante de las aguas, dispuso que el vapor volviera al río Negro pues él lo haría con sus botes al finalizar la expedición”.

Así las cosas, “continuaron, pues, a la sirga y finalmente el 13 de diciembre entraban a vela al lago Nahuel Huapí y O’Connor bautizaba a su lancha con el sugestivo nombre de ‘Modesta Victoria’”. Según su biógrafo, “hombre de exquisita sensibilidad, quedó profundamente impresionado por la majestuosa belleza del paisaje que conforma las orillas del famoso lago y así lo manifiesta en su informe oficial”.

Además del párrafo que inaugura esta reseña, añadió el hombre de mar: “Monolitos gigantescos de varias formas elevándose a las nubes, figurando ruinas de castillos fantásticos,… torres truncadas, cimientos de construcciones sin concluir y, en fin, contornos de objetos y seres extraños como la imaginación más rica pueda forjar… La inmensa superficie líquida solo es interrumpida por una gran isla cubierta de vegetación. El silencio es solemne y ningún ruido interrumpe la serena tranquilidad de las aguas en sus raros días de calma. La superficie se presenta entonces como un espejo de plata…” Qué diría hoy, 136 años después, cuando el último tramo del Limay antes de ingresar al Nahuel Huapi, acumula chatarra vehicular del lado de la Policía de Neuquén y construcciones residenciales demasiado cercanas al lecho del río, del lado rionegrino.

El vapor Río Negro, que nunca pudo llegar al Nahuel Huapi.

Chapuzón involuntario

Para escribir su ponencia, Enrique González Lonzieme consultó el “Parte informe de la exploración del Limay y lago Nahuel Huapi”, manuscrito por el propio marino. Después del arribo que tanto trabajo demandó a la Comisión Exploradora, “la tarea de O’Connor y sus hombres en este escenario se prolongó por casi dos meses, durante los cuales realizaron un prolijo levantamiento hidrográfico”, completa el texto.

Hasta que el 7 de febrero de 1884 “dieron por terminadas esas tareas y emprendieron el regreso; riesgosa navegación por los rápidos del Limay que sortearon hábilmente, no sin poner en peligro la embarcación y aún sus propias vidas; como le ocurrió en una oportunidad al mismo O’Connor quien, al dirigir la ‘Modesta Victoria’ desde la popa, cayó al agua en medio de los remolinos del río, salvándose a duras penas de morir ahogado”.

La embarcación amarró en la entonces Villa Roca 10 días después de su partida y el 19, siempre de febrero, encontraron al “Río Negro” a la altura de Chichinales. Tiempo después, el contingente arribó a Patagones a bordo del vapor. En mayo siguiente, O’Connor fue designado segundo comandante de la bombardera “República” y se alejó de la región. Pero seguramente, jamás olvidó ese chapuzón involuntario en las aguas del bravío Limay.

El marino había nacido en Mercedes (provincia de Buenos Aires) el 18 de octubre de 1858. A sus 15 años, había ingresado “como aspirante en la recientemente creada Escuela Naval que, bajo su fundador, el teniente coronel de Marina Clodomiro Urtubey, funcionaba a bordo del vapor de guerra ‘General Brown’”. Corría 1874, un año que no fue muy grato para el funcionamiento de las instituciones argentinas a raíz del levantamiento contra ley de Bartolomé Mitre, pero la superioridad de la Marina se fijó en que los jóvenes cadetes no se vieran envueltos en la lucha fratricida.

Después de concluir sus estudios en la Argentina, O’Connor fue a perfeccionarse en Francia, en el Observatorio de Tolón. A su término, navegó en viaje de estudios en el acorazado francés “Richelieu”. Apenas retornó al país, en 1880, se reincorporó al servicio activo. Superados otros episodios aciagos –la insurrección porteña que lideró Carlos Tejedor– se sumó a la Escuadrilla del Río Negro. Dejó de existir en 1921, aún en actividad, a los 62 años.

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