Las cadenas de la esclavitud moderna

Por: (*) Víctor Corcoba Herrero

El oleaje de opresiones actuales no cesa en ninguna parte del planeta, y lo peor de todo, es que cada cual hereda por principio, continuar encadenado a ser cautivo de uno mismo; tanto es así, que actualmente, más de cuarenta millones de personas viven en la esclavitud. Por desgracia, la explotación física, económica, sexual y psicológica de seres humanos, al momento presente, encadena a multitud de personas a la deshumanización y a la humillación; pues, aunque el último índice de esclavitud global, publicado por la Fundación Walk Free, indica que los tres países con mayor prevalencia son Corea del Norte, Eritrea y Burundi, lo cierto es que la falta de libertades cada día es más palpable. Donde quiera que vayamos, y a poco que nos adentremos en las culturas y en las propias vidas de las gentes, veremos lo difícil que resulta emanciparse de ciertas sumisiones, en un mundo en el que proliferan tanto los intereses económicos como los de mercado.

En efecto, todo parece comprarse y venderse. Al respecto, un líder de una nueva herramienta interactiva para luchar contra el vasallaje moderno, el doctor James Cockayne, acaba de decir que erradicar la esclavitud para 2030 requeriría liberar aproximadamente a nueve mil personas cada día, una tasa muy superior a lo que se está logrando. Por ello, la esperanza radica en esos expertos académicos que han diseñado un algoritmo para dar una visión holística a los diversos gobiernos del mundo, sobre dónde se deben invertir los recursos para acabar con este flagelo. Esto sí que puede animar a un cambio de actitudes, que han de comenzar a instruirse en las mismas escuelas y centros educativos. Por otra parte, tampoco olvidemos que gobernar exige firmeza, pero también mucha escucha y capacidad de consensuar, para llevar a buen término políticas encaminadas a reconocer la misma libertad e idéntica dignidad entre todos los moradores.

Quizás sea el momento de hacer piña la humanidad en su conjunto, y junto a esa apuesta por un trabajo decente para todos, sea menester otro estilo de vida más humano, basado en el esfuerzo mancomunado, pero también a través de una visión liberadora de ataduras mundanas que nos encadenan. Y así, frente a ese deseo de notoriedad, de deseos de laurel y palmas, el camino de la humildad, ya que nadie debe ser más que nadie, y tampoco menos que cualquiera de nuestros análogos. Nos lo acaba de indicar el papa Francisco, con motivo de la celebración del domingo de Ramos y de la Pasión del Señor: “El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados... Una forma sutil de triunfalismo es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia (De Lubac). Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión”. Será saludable tomar apuntes de ello, tanto creyentes como no creyentes, puesto que la esencia de todo caminante no debe ser la victoria, sino el avance en comunidad hacia lo armónico.

Sin duda, es la hora de la acción, necesitamos romper cadenas y abrir otros horizontes de mayor trascendencia y humanidad entre semejantes. Desde luego, convendría preguntarse si uno quiere dejar de estar presente entre el número de los esclavos. Si es así, fragmenta con coraje tus ataduras y, al tiempo, rechaza de ti toda inquietud y todo resentimiento. Puede ser un buen propósito de enmienda. Las cosas a veces cambian por uno mismo. Es verdad que el derecho de todo ser humano a no ser sometido a esclavitud ni a servidumbre está ya reconocido en el derecho internacional como norma inderogable, pero su llamada no pasa del papel, lo incuestionable es que las formas salvajes de sometimiento continúan acrecentándose, en un orbe en el que la desigualdad cada vez es más injusta y descarada, lo que nos exige que nos unamos para defender algo tan esencial como los principios de igualdad y dignidad humana. En consecuencia, frente a tanto discurso de palabras vacías, injertadas de odio en ocasiones, considero por mera conciencia humanística, salir de la propia indiferencia y procesar que cualquier persona es lo importante, y no el dios dinero que todo lo trastoca a su dependencia y antojo. ¡Fraternicémonos!, sin ponernos precio. Y, en todo caso, somos lo máximo.

(*) El autor de la columna abierta es escritor
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