EMOCIONES ENCONTRADAS: Bar El Lucero

EMOCIONES ENCONTRADAS: Bar El Lucero

Había sido un día tranquilo en el bar El Lucero, ese local que Ramón Arancibia tenía en el frente de su casa, en la esquina, con la entrada en la ochava. Sobre el costado de una de las calles había un palenque, ya sin uso casi.

En la época en que era de su padre sí se utilizaba, pero en los tiempos que corrían casi nadie llegaba de a caballo, salvo cuando había paga en la estancia. Ahí sí, casi todo el personal se venía al pueblo y seguro pasaban por el bar.

Era media tarde, ese horario en que el local estaba vacío, momento en que Ramón aprovechaba para tirarse un rato. La actividad solía arrancar temprano, con aquellos que pasaban por una caña o ginebra antes de iniciar el día, luego la rueda de vermut y picadas cerca del mediodía, para los que hacían una pausa, algún almuerzo. Siempre se servía un plato del día, sencillo y abundante, algún guiso, un pedazo de carne y cosas por el estilo.

El reloj de la pared pisaba las seis de la tarde cuando Arancibia abrió el local, ya empezaba a refrescar. Era un día de esos en que el otoño va dejando pasar al invierno; temprano empiezan a estirarse las sombras hasta que las abraza la noche. Cargó la salamandra con leña, hizo fuego y se puso a ordenar las botellas que habían quedado sobre el mostrador. Las vacías a los cajones del patio y las demás a la estantería, donde esperarían el turno de ser requeridas.

Ramón repasaba la mesa que estaba contra la ventana, no había muchas, se podría decir que era un local chico; una ventana dando hacia cada calle, en la puerta una cortina de finas cadenitas, que hacían las veces de mosquitero en los veranos. El piso de mosaicos de granito y las paredes pintadas hasta un metro del suelo de un verde oscuro, con pintura al aceite y el resto, hasta llegar al techo, verde agua. Por una de las ventanas vio llegar a Cesar Muñoz, venía de a caballo. Le pareció extraña la hora, era demasiado temprano, generalmente los peones llegaban caída la noche, cuando iban al pueblo. Ató el caballo y entró. Lo conocía de hacía años a ese hombre, muy buen gaucho, trabajador, conchabado de muchos años en la estancia. Reservado, de pocos ademanes, de palabras justas y necesarias.

- Buenas, buenas -saludó Ramón desde el mostrador.
- Buenas don -fueron las pocas palabras que dejó salir de su boca el recién llegado.

Se sentó en una mesa cercana al mostrador y pidió un vino. Ramón le acercó la copa y un platito con queso.

- ¿Viniste al pueblo por trámites che? -preguntó el dueño del bar, que había vuelto atrás del mostrador.
- No, me echaron de la estancia -fue la lapidaria respuesta de aquel hombre, que miraba fijo el vaso frente suyo.

Arancibia comprendió que no era momento para hacer preguntas, seguramente aquel hombre, cuando lo estimara necesario contaría algo más.

Fueron llegando un par de clientes más y algunos peones de la estancia. En aquel lugar todos se conocían, por lo que a la pasada iban saludando a quienes estuvieran en el local hasta llegar al mostrador. En una mesa se había armado una partida de truco y los contrincantes elevaban las voces, festejando o lamentando alguna jugada.

Ramón cada tanto se acercaba a Cesar, quien ya iba por su cuarta copa.

- No quiero ladrones acá. Así me dijo el patrón -comentó, sin mirar a Ramón, casi como pensando en voz alta- ¿usté escuchó que yo haiga robao alguna vez? -dijo, sabiendo cual sería la respuesta, se sabía en el pago de la dignidad de ese hombre.

Habitaba una modesta casa en las orillas del pueblo, en la que alojaba cuando no estaba en la estancia, y sus pertenencias cabían en las alforjas que llevaba prendidas a su caballo.

Ramón no emitió juicio, una palmada en el hombro del infortunado cliente fue la respuesta sincera.

Un par de horas más tarde llegó Manuel Cifuentes, otro peón de la estancia. Se hizo un silencio cuando entró. Era poco querido en la zona. De mala bebida y peleador; era de sobrar a la gente y acusado de cuestiones poco dignas, cuatrereadas y trampas en el juego.

En un costado del mostrador, medio en secreto, alguien contó el infortunio de Muñoz. Parece que el patrón encontró un juego de riendas de su propiedad en la pieza del peón y sin dar espacio a alegato alguno, sin más, lo despidió.

Cifuentes, desde el mostrador miró a todos en el local, luego pidió: “sirva una vuelta a todos”. Arancibia obedeció al cliente y comenzó a llenar las copas de lo que estuvieran tomando cada uno. Al llegar a la mesa de Cesar, al intentar servirle, este corrió el vaso y lo tapó con su mano. Ramón comprendió y dimensionó aquel gesto, era un claro desprecio. Se puso en alerta, aquel hombre no era de esa laya, lo habitaría un rencor muy grande para obrar de ese modo. Se retiró en silencio y siguió sirviendo vasos. Claramente el ambiente había cambiado desde la llegada de Manuel Cifuentes, su voz tronaba en el local. Había copado la parada. De pronto miró a Cesar, que allá en su mesa bebía amargura, en silencio. Hacia allí fue. Ramón, disimuladamente se puso a tiro, presintiendo problemas.

- Y vos che, ¿andás con plata que desprecias trago? -dijo, habiendo advertido aquel ademán.

Cesar Muñoz no contestó, miraba fijo su vaso. Ramón lo notó agitado y tembloroso. Todos callaron y el aire se tensó, como una cuerda de la vieja guitarra que colgaba en un rincón.

- ¡Vale poco un par de riendas, eh! -dijo, soltando una risa irónica, ya parado al lado del despedido.

Con un manotazo veloz, Cesar tomó a aquel hombre del pañuelo que llevaba en el cuello, acercándolo, simultáneamente llevó su otra mano a la cintura, donde tenía su cuchillo. Arancibia se abalanzó sobre él no dando tiempo a hacerlo, su estado de alerta no había sido en vano, presentía un desenlace violento. Pronto, algunos de los presentes se acercaron y mediaron entre aquellos dos hombres. Ramón se llevó a Cesar a la cocina y otros sacaron afuera a Cifuentes, quien gritaba, entre carcajadas: “¿así que andas robándole las riendas al patrón? ¡Ni pa’ ladrón servís!”.

Al poco tiempo se supo que habló un cocinero de la estancia, que dijo haber visto a Manuel Cifuentes salir del galpón de la casa del patrón con unas riendas y que luego entró a la cuadra de los peones. También se supo que Muñoz, los días previos, en una recorrida, había visto a Manuel sacando hacienda por el cuadro de atrás hacia un campo vecino, en clara actitud de robo. Ambos tuvieron una discusión en la cocina de la estancia, allí Cesar le recriminó aquella situación y Cifuentes lo amenazó diciéndole que esas eran cosas de él y que no se metiera. El patrón tardó en enterarse pues andaba de viaje.

Los días transcurrieron rutinarios en el bar El Lucero. Tragos para menguar el frío, el cansancio dejado en la cruz de un vino, una ginebra o una grapa e interminables partidas de dados y truco. Ese faro en la vida de muchos, ubicado donde hacen esquina el pueblo y el campo, siguió siendo el eco de los sentires de los pobladores. Ramón Arancibia le pidió a Manuel que no se acercara más por su local.

Una mañana, estacionó frente al bar la camioneta del patrón de la estancia, era la primera vez que lo hacía. Preguntó por Cesar Muñoz.

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