Por qué Macri

Por: Sergio Capozzi

Primera Parte

Muchos conocidos me preguntan si en octubre volvería a votar a Macri. Si no tengo en cuenta lo que ha pasado estos años con la economía, con la pobreza que no baja, con el trabajo que no aumenta como sí han aumentado las tarifas de luz, agua y gas, las Pymes que no pueden afrontar la presión tributaria. Podría seguir enunciando promesas de campañas incumplidas, pero al mismo tiempo hay unas cuantas que sí se cumplieron, enuncio algunas: la reinserción en el mundo, la eliminación del cepo, el cambiario y el comunicacional, el pago de deudas contraídas con los mercados, la revolución de los aviones, la progresiva reducción de las retenciones, la obra pública, entre ellas la construcción de más plantas de tratamiento de aguas que las que había en el país, llevar a más argentinos el agua potable, 2.700 kilómetros de rutas, el plan Belgrano, reactivación de los trenes, ampliación de planes sociales, reintegro a las provincias los fondos de coparticipación, ampliación de puertos y aeropuertos, miles de obras en barrios populares con inversiones que superaron el último año 190.000 millones de pesos y así podría seguir.

El tema es que hacer un balance entre lo hecho y lo no hecho, entre lo prometido y lo incumplido, es solo una parte de la verdad y a mi entender, no determinante. Trataré de explicarme.

A principios del siglo XX la tierra estaba gobernada por un puñado de imperios, entre ellos el británico, austrohúngaro, ruso, chino, persa, mongol, otomano, japonés y se sumaban otros que podríamos llamar “con territorios de ultramar”, tales como Países Bajos, Italia, con colonias en África, América y Asia. En el año 1914 el atentando que le costó la vida al heredero del trono del imperio austrohúngaro, Francisco Fernando, en manos de nacionalistas serbios, encendió la mecha y el delicado equilibrio mundial se quebró, iniciándose así la Gran Guerra.

Cuatro años más tarde la guerra terminaba, no solo con los enfrentamientos bélicos sino con muchos de aquellos imperios, dando lugar al advenimiento de nuevas formas de gobierno. Comunismo, fascismo y capitalismo llegaron para ocupar el vacío producido por esas caídas.

Dos de esas formas de gobierno, comunismo y fascismo, no son precisamente regímenes democráticos, por el contrario, son totalitarios, mientras que el capitalismo, tal como lo entendían los fundadores de los Estados Unidos y que también podríamos llamar liberalismo, se acerca mucho más a formas democráticas, aunque esta afirmación tiene más de una excepción que hace a la regla. Tampoco soy un necio que no advierte que en nombre del capitalismo se ha explotado y abusado hasta límites inhumanos a decenas de países débiles e incluso a los propios conciudadanos.

¿Dónde se situaba Argentina por esos años? En el año 1912, durante la presidencia de Roque Sáenz Peña se dispuso que el voto fuera secreto, universal y obligatorio, claro que entre los electores se excluía a las mujeres, a los menores de 18 años y también a los inmigrantes que por esos años representaban el cincuenta por ciento de la población. En otras palabras, al voto accedía aproximadamente el 20% de la población. Aún con esas limitaciones, el avance fue fundacional. Cuarenta y tres años antes, el presidente Sarmiento había dispuesto la realización del primer censo. El resultado del mismo arrojó que el 87% de la población era analfabeta. Por ello ordenó la construcción de miles de escuelas, a un ritmo de dos por día. Aunque estas líneas no son para hablar de Sarmiento, salvo para decir que gracias a él y a Juan Bautista Alberdi, con su obra Bases, la dicotomía “civilización o barbarie” comenzaba a desdibujarse. Aunque caudillos como López, Ramírez y Quiroga se fueron reinventando con otros nombres y bajo otras condiciones.

También por esos años, el crecimiento de la Argentina fue asombroso, a un ritmo superior al 6% anual. Ello determinó que el país se encontrara entre los seis más ricos del planeta, aún por encima de España, Francia, Alemania, Italia, Japón. La consecuencia casi lógica fue que más de un millón de europeos eligieron a la Argentina para iniciar vidas nuevas.

En el período entre guerras, el comunismo-socialismo y el fascismo comenzaron a extenderse rápidamente por Europa. El imperio británico estuvo a un paso de convertirse en socialista, el zar fue destituido, asesinado junto a su familia y su gobierno reemplazado por los bolcheviques, en Italia Mussolini formó los camisas negras a la usanza del viejo imperio romano, reinstalando el fascismo, en Turquía caía el imperio y los nacionalistas se hacían del poder con Mustafa Kemal Atatürk que, luego se acercaría a la Unión Soviética, mientras que Alemania en pocos años pasó del imperio a una república socialista para que, finalmente, el movimiento nacional socialista con Adolf Hitler se hiciese con el poder absoluto.

Esos movimientos se adueñaron de términos tales como Patria, Pueblo, Nacional y afirmaban que habían llegado para terminar con las oligarquías, las tiranías, las monarquías, el liberalismo y cualquier otra forma de gobierno que no defendiera los intereses de esas patrias, de pueblo y de la identidad nacional. Nac & Pop. Afirmaban que las democracias eran en realidad formas de gobierno débiles donde se anteponían los intereses individuales en desmedro de la gloria de la patria y su pueblo.

Para cumplir sus objetivos se necesitaban líderes carismáticos, que encarnaran las frustraciones y estuviesen dispuestos a inmolarse en pos de la liberación. Por ello no es extraño que quienes encabezaran esos movimientos provinieran de hogares humildes, Stalin, Hitler, Mussolini, Kin, Mao, y más cerca Perón, Vargas, Morales, Correa, Chávez.

Latinoamérica fue y es tierra fértil para estos experimentos. Lo vimos en Argentina, Bolivia, Chile, Brasil, México, Nicaragua, Ecuador, Venezuela, Panamá, República Dominicana y en el faro de la región: Cuba. Esta lista es enunciativa, el lector puede agregar el país que quiera.

Incluso parte de la iglesia católica con la Teología de la Liberación, coqueteó con el marxismo y el populismo como forma de resistir al “capitalismo salvaje”, cuando en realidad la peor cara del capitalismo se ve en los barrios más pobres, donde el dueño del almacén explota a su vecino, donde el único prestamista es el usurero.

Así se instala en el siglo XX y principios del XXI el populismo. Dejo a los historiadores y politólogos determinar si este fenómeno ya existía, pero me atrevo a afirmar que ya se veía entre el pueblo hebreo, en Roma con los cónsules, los jacobinos en Francia, Inglaterra y Escocia. Sin embargo su lanzamiento virulento se produce a partir de la década de los años 30 en el siglo XX. Insisto, el populismo no apareció por generación espontánea, los malos gobiernos, los excesos y explotación, impulsaron su desarrollo.

Instalado el líder carismático, éste debía enarbolar tres o cuatro banderas que la sociedad, más concretamente el pueblo, reconociera como propios: identificar un enemigo interno o externo y roturarlo como explotador. La culpa de nuestros males es de los judíos decían los nazis, quienes roba nuestras riquezas son los imperios, se escuchaba en toda Latinoamérica, los comunistas quieren destruir nuestra forma de vida decían los fascistas y así hasta el infinito.

Continuará mañana.

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