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02/07/2018

Cuando ves un mundial desde adentro, se valoran miles de cosas además del fútbol

Cuando ves un mundial desde adentro, se valoran miles de cosas además del fútbol
Cuando ves un mundial desde adentro, se valoran miles de cosas además del fútbol

Un periodista de este diario relata las vivencias que tuvo en Rusia con motivo de haber visto la primera fase de la copa mundial de fútbol.

Sin lugar a dudas que cuando planifiqué este viaje, en junio del año pasado, sin que la Selección Argentina hubiese clasificado siquiera, creía que lo más relevante de la experiencia, sería ver a nuestro equipo en la cancha. Pero haber realizado más de 14 mil kilómetros me brindó otra perspectiva.

Por supuesto que presenciar en vivo los partidos de Argentina fue algo excepcional e inolvidable, sobre todo el desarrollado en el estadio de San Petersburgo, cuando Marcos Rojo nos metió en Octavos de Final con un derechazo inesperado.

Pero la idea de estas líneas es resaltar otros aspectos, que no siempre se cuentan por televisión o en la crónica de los medios.

Haber visitado Rusia fue algo increíble. Es un país que no está en la agenda principal de las promociones turísticas y sin dudas, vale la pena conocerlo. Por sus bellezas, su gente, su arquitectura y su historia. Pero en el marco de un mundial de fútbol, el plus lo dio la gente, la fraternidad entre hermanos latinos y también la hospitalidad de los rusos.

Lejos de lo que muchos piensan, Rusia es un país desarrollado, con mucha seguridad y con gente cálida. Claro, a su modo. Tal vez la barrera idiomática y su alfabeto cirílico puedan generarnos dudas, pero siempre encontraremos alguien que pueda ayudarnos.

Dentro de los puntos salientes, me quedo con sus curiosas noches blancas. En Moscú oscurece en verano durante tan solo tres horas y no llega a estar completamente oscuro. Mientras que en San Petersburgo (por plantear dos ciudades principales), el lapso es aún menor. Si a usted le cuesta dormir, más vale que lleve un antifaz para poder pegar un ojo. Ahora, si prefiere disfrutar de “la noche”, ambas ciudades tienen mucho para ofrecer y sin límites horarios.

Las calles moscovitas tienen de todo. Las populares iluminadas, con “techos” de luces son sumamente llamativas y nos enseñan lo sencillo que puede ser darle un toque distintivo y distinguido a la ciudad, en tiempos donde en la Argentina no sobran las buenas ideas.

Las mujeres son muñequitas de pasarela: rubias, morochas, coloradas, pero mayormente con ojos azules profundos y con una marcada simpatía. Los caballeros son más oscos y menos bendecidos por la naturaleza, pero con un poco de confianza, suelen ser amables. Un dato previsible: fanáticos del vodka.

Además de la deslumbrante Plaza Roja y el Kremlin, Moscú tiene su río homónimo, el parque Zaryadye e incluso, la juguetería más grande del mundo (Detsky Mir) que valen la pena conocer y recorrer.

Un párrafo aparte merece el barrio de Izmailovo, con su Kremlin propio y su mercado. Allí se puede comprar de todo y hasta regatear. Pero su fantástica arquitectura, es de lo más atractivo del lugar. Aconsejo googlear cada sitio que aquí cito.

En San Petersburgo, la fisonomía citadina cambia. Para bien. Puentes móviles que dividen la ciudad de madrugada y la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, son postales obligadas. En ambas ciudades, las estaciones del subterráneo suelen ser obras de arte, donde la historia soviética y la cultura están a la orden del día.

Allí, también se encuentran largas escaleras mecánicas, que parecen interminables (tienen hasta 137 metros de largo) y que son un atractivo en sí mismo. La razón de su extensión se debe a que en ambos lugares, el metro pasa por debajo de los cursos de agua.

Para comer hay de todo. Desde las tradicionales cadenas norteamericanas de comida rápida, hasta lugares más típicos, para adentrarse en los sabores rusos. Así que allí cada uno puede elegir a gusto y placer.

No alcanzaría un diario entero para graficar todo lo vivido. Pero se puede enumerar un banderazo fantástico en San Petersburgo con miles de argentinos, los increíbles estadios, un recital de Los Pericos y Ciro Martínez en un teatro de Moscú, la celebración de los rusos tras que su país acceda a Octavos, el modo de reventa de entradas en las afueras de las canchas, los fan fest, fotos con lechuzas en pleno centro y la visita al palacio Peterhof con sus maravillosos jardines y la navegación por el Golfo de Finlandia.

Pero lo más importante, siempre en el marco de un mundial de fútbol: la fraternidad de la gente. Es muy sencillo hacerse amigos de diferentes puntos de nuestro país y del mundo. En mi caso, los mexicanos fueron mis hermanos. Su contagiosa alegría, sus pegadizas canciones y su amabilidad, te convierte en amigo en tan solo días. Un grupo de San Juan de los Lagos (Jalisco) supo acogerme y juntos celebramos la victoria sobre Alemania, entre otras cosas. También una banda de fanáticos de Cipolletti fueron compañeros de aventuras por algunos días.

Argentinos, peruanos, uruguayos, colombianos y hasta brasileros, se convierten en hermanos a tanta distancia de nuestro continente. Se comparte y se disfruta todo. Esto es lo que más valoro de la experiencia.

Por supuesto que el resultado deportivo importa, pero esos 90 minutos de fútbol (para bien o para mal), no opacan todas las experiencias que uno vive en un país como Rusia en este contexto.

Y una anécdota para el final: llevé una docena de camisetas de Argentina para intercambiar, por lo que esa fraternidad, me quedará guardada para siempre con la estampa de cada uno de quienes hoy tienen la 10 de Messi dentro de un armario en sus casas.

 

Diego Llorente

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