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27/10/2013

El árbol del “Gualicho”

- HISTORIAS DE LA PATAGONIA - ¿Qué es el gualicho? Un embrujamiento responderá usted, pero originalmente, era un árbol. Según los tehuelches y araucanos tenía un poder similar al que hoy le asignamos solo a la palabra.
El árbol del “Gualicho”
El árbol del “Gualicho”

Hasta no hace mucho quedaban en el Partido de Patagones, en el sur bonaerense, testimonios de esos extraños vegetales de los que penden pequeños ataditos en los que los indígenas colocaban sus ofrendas para alejar las desgracias y prevenir los males.

La palabra Gualicho ha quedado ya incorporada al léxico popular, como un sinónimo de embrujamiento o maleficio. Tiene sus primeros antecedentes en las tribus indígenas que poblaron y dominaron el centro y sur del país hasta fines del siglo XIX. En esta cuestión se estima que existe una articulación y sincretismo entre elementos mitológicos provenientes de los tehuelches septentrionales y los araucanos; después que estos últimos invadieron el gran espacio de lo que es hoy la pampa húmeda y la norpatagonia.

Fatalmente, pese a ser conquistadores, asimilaron sustanciales elementos del pueblo vencido. Entre ellos, el gualicho secular, en su acepción de demonio maligno, causante de calamidades, enfermedades y muerte; único, y a veces ambivalente, por su procedencia infernal o celestial.

Es así que los términos Eleche o Elengasem, de la lengua tehuelche, fueron retomados por los mapuches como Elel, Wallechu, Gualichu o Gualicho. Posiblemente síntesis de una idea mágico-religiosa muy arraigada, en la caracterización de una figura maléfica y demoniaca, desoladora del universo, provocadora de temor, veneración y superstición. Posteriormente, la desorganización de la vida tribal por el impacto de la llegada del hombre blanco, el mestizaje y el acelerado proceso de transculturización sufridos, posibilitó que esas minorías autóctonas lograran, sin proponérselo, una gran radiación y difusión de su vida en comunidad, costumbres y tradiciones. Lograron así una afirmación de la identidad del gualicho, especialmente en las áreas rurales, proclives, por descendencia étnica, a ese tipo de credulidades. 

Los altares de Algarrobo

Esta primitiva manifestación de religiosidad o mitología, fue adquiriendo distintas formas y consecuentemente variadas maneras propiciatorias y reverenciales. Uno de los más originales estilos de ofrendas y cumplimientos al gualicho para aventar desgracias y asegurar prosperidad, la brinda el teniente coronel José Olascoaga, integrante del Ejército expedicionario del General Roca, en su libro “La Conquista del Desierto”: “...como a dos leguas del punto de partida, hemos pasado al lado de un árbol solitario que se encuentra a la derecha del camino y que al verlo de cerca llama la atención y curiosidad del viajero por una apariencia de frutos y botones de diferentes tamaños y colores que contienen todas sus ramas en cantidades incontables. Más al llegar al lugar se nota con extrañeza que los aparentes frutos son ataditos hechos de trapo de todas las calidades y telas, dentro de los cuales hay una o dos pequeñas piedras del tamaño de un garbanzo y aún más chicas”.

Sobre este testimonio y a modo de explicación el profesor Rodolfo Casamiquela –fallecido a fines del 2008- señaló que Olascoaga hacía referencia a un “echumguelo”, o sea un “lugar de los atados”, deduciendo así que el árbol era un altar propiciatorio del gualicho y que cada atado consistía en ofrendas depositadas para evitar desgracias.

Ese árbol se conserva todavía. Se encuentra en el lote I, fracción F, sección IV, a 30 kilómetros de Río Colorado, cerca del casco de la estancia El Gualicho. Casi sobre la antigua rastrillada india por donde pasaron las tropas expedicionarias, y camino que utilizaron los primeros pobladores para llegar a Fortín Mercedes y Bahía Blanca, antes de la construcción del ferrocarril.

Testimonio de un viajero

Con respecto a otro algarrobo de idénticas características, también el profesor Casamiquela aludió al existente al norte de Patagones, que fue visitado en 1829 por Aleides D´Orbigny y en 1833 por Charles Darwin. Así lo menciona el célebre viajero y explorador inglés. “Horas después de haber pasado junto al primer pozo, vemos un famoso árbol al que los indios reverencian como el altar de Walleechu. Este árbol se yergue en medio de la llanura. Así los indios lo divisan y expresan su adoración hacía él por medio de grandes gritos. Estamos en invierno y el árbol no tienen hojas, pero en su lugar penden innumerables hilos de los que están suspendidas las ofrendas consistentes en cigarros, carne, trozos de tela, etc. Los indios pobres como no tienen nada que ofrecer se contentan con sacar un hilo de su poncho y atarlo al árbol. Los más ricos vierten alcohol de granos y mate en cierto agujero; después se colocan debajo del árbol y se ponen a fumar teniendo cuidado de enviar el humo al aire, creyendo al hacer esto que con ello procuran la más dulce satisfacción al Walleechu”. Y finaliza Darwin afirmando: “se ven alrededor del árbol las blanqueadas osamentas de los caballos sacrificados en honor al Dios”. (Agencia Periodística Patagónica)