Editorial
09/01/2019

El libre mercado es una fatalidad

“Considero la libre concurrencia como una fatalidad para la Nación. Los pocos artículos industriales que produce nuestro país no pueden soportar la competencia de la industria extranjera. Sobreviene la languidez y perecen o son insignificantes. Entonces se aumenta el saldo que hay contra nosotros en la balanza del comercio exterior, se destruyen los capitales invertidos en estos ramos y se sigue la miseria (...)”

El autor de estas reflexiones no tuvo la oportunidad de participar en deliberaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) ni tampoco asiste a la contraofensiva neoliberal que se acentúa sobre Sudamérica. El brigadier general Pedro Ferré exteriorizó esos pensamientos de tanta vigencia hace aproximadamente 180 años, en plena polémica discursiva con los partidarios del libre comercio.

Quizá fuera el único caudillo popular del siglo XIX que fue reconocido como estadista, inclusive por sus adversarios. Nació en Corrientes en 1788 y ejerció la gobernación de su provincia en repetidas oportunidades. Si bien supo empuñar la espada como varios de sus contemporáneos, se caracterizó por reflexionar en forma aguda sobre tres grandes temas: el proteccionismo, el federalismo y las rentas públicas.

Desde 1820 tuvo actuación pública, inmerso en las contiendas políticas del Litoral y de la escena nacional. Como gobernante, fundó varios pueblos e introdujo la imprenta, creó el Registro Oficial, mandó emitir papel moneda, creó el Consejo de Educación y estableció numerosas escuelas. Además, a diferencia de muchos de los “prohombres” de entonces, desarrolló una política de paz y conciliación con los indígenas del Chaco.

Por mucho menos, la “historia oficial” instituyó próceres y levantó monumentos. ¿Qué pasó entonces con Ferré para que transcurra toda la escuela e inclusive la universidad sin que tengamos noticias sobre su existencia? ¿Por qué quienes escribieron las narraciones que todavía prevalecen sobre nuestro pasado lo marginaron hasta el punto de borrarlo de la memoria colectiva? Sucede que tuvo una clarividencia poco común para su época.

“Dos son los partidos que han aparecido en público en Buenos Aires. El primero es el de los unitarios... Quieren que el país se constituya, pero al gusto de ellos, es decir, bajo el sistema de unidad y con una constitución a su paladar para que siendo el gran pueblo de la capital, estén todos los demás sujetos a él (...)” Pero además decía: “El otro partido es el de los federales, su autor es Juan Manuel de Rosas... Rosas no quiere por ahora que los empleados de los pueblos sean porteños, ni se fija en que los gobernadores sean doctores o carniceros, en lo que se empeña es en que sean dependientes suyos, en que no se unan entre sí para que no se vuelvan respondones, en que las provincias se arruinen cada vez más (…)”

Concluía que “ambos partidos se dirigen a un solo objeto aunque por distintos caminos: dominar a las provincias, procurar la ruina de éstas y el engrandecimiento de Buenos Aires para que como a único rico, las demás le sirvan de peones y éste ha sido y es el sentimiento uniforme de todos los porteños (…)” Difícil no acordar con el correntino, no solo a la luz de los acontecimientos que vivió sino también de los posteriores.

Insistía especialmente en “la prohibición absoluta de importar algunos artículos que produce el país” y solicitaba “la habilitación de otro u otros puertos más que el de Buenos Aires”. Proclamaba también que “es un derecho incuestionable el que tienen las provincias al tesoro que se recauda de impuestos al comercio extranjero en proporción al consumo y producto de cada una... Dar este tesoro a una sola provincia (Buenos Aires) es sancionar la ruina de todas las demás”.

Se refería el injustamente desconocido para la inmensa mayoría, a las cuestiones centrales que provocaron las dilatadas guerras entre el centralismo porteño y las provincias del interior: el federalismo, el proteccionismo y la distribución de las rentas aduaneras. No fueron aquellos enfrentamientos producto de pasiones exacerbadas o meros desentendimientos.

Esa claridad que tuvo Ferré para plantear los problemas económicos y políticos de las Provincias Unidas no fue moneda corriente entre el resto de los caudillos, salvo mucho más tarde para Felipe Varela, quien sin embargo, solo puso el acento en la cuestión de las rentas aduaneras. No es casualidad entonces que se hayan silenciado con tanto éxito su actuación y pensamiento. “Los pueblos cuya riqueza y poder admiramos hoy, no se han elevado a este estado adoptando en su origen un comercio libre y sin trabas y ni aún ahora que sus manufacturas y fábricas se ven en un pie floreciente, menosprecian el más pequeño medio de aumentar los modos de ganar sobre el extranjero”, concluía. El 21 de enero se cumplirán 152 años de su fallecimiento.

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