Editorial
25/12/2018

En 2019, habrá menos biodiversidad

A fines de noviembre, terminó, en Egipto, la XIV Cumbre Mundial de Diversidad Biológica (COP14). Al día siguiente de su conclusión, comenzaba, en Buenos Aires, la Cumbre del G20, razón por la cual casi nadie reparó en la primera aunque, además, la biodiversidad no es un tema que esté de moda. No sólo brilla por su ausencia en los grandes medios de comunicación, tampoco merece repercusiones significativas en las redes sociales.

El cambio climático concita atención creciente, tanto mediática como ciudadana. Se sabe que es menester dar respuestas urgentes para evitar mayores pérdidas de suelos fértiles, para moderar la agudización de los fenómenos meteorológicos extremos, la disminución de los recursos hídricos o las migraciones masivas, entre otros flagelos. Sin embargo, pocos tienen en claro la relación entre los dos fenómenos.

La pérdida de biodiversidad es el problema ambiental más grave junto con el cambio climático. El informe “Planeta Vivo” del WWF se convirtió, en los últimos años, en un referente concluyente a la hora de considerar el estado de conservación de la biodiversidad. En su versión más reciente, avisa que la población mundial de peces, aves, mamíferos, anfibios y reptiles disminuyó un 60 por ciento entre 1970 y 2014, a raíz de las actividades humanas.

Si bien el dato goza de alguna difusión aunque nunca suficiente, en general, se pasa por alto la causa: los quehaceres humanos ligados a prácticas económicas… La disminución quiere decir que hay menos individuos y, por lo tanto, menos población de determinadas especies, pero también que muchas pueden extinguirse en un lapso de tiempo relativamente corto, si es que sigue la tendencia.

Hace rato que la ONU advierte que se pierden 150 especies cada día, entre flora y fauna. De todas las clases, órdenes, familias y géneros. Para que se entienda el carácter vertiginoso del proceso, sepamos que, de forma natural, por ejemplo, entre los mamíferos, la extinción de una especie se podría dar cada 700 años, según cálculos que se realizaron en base a la denominada tasa de extinción de fondo. Pero, en los últimos 100 años, se perdieron al menos 25 especies de mamíferos. Además, el 25 por ciento de las 5.488 especies que todavía existen, se encuentra en peligro de extinción, según la UICN. Ribetes masivos…

Para decirlo con más claridad: la desaparición de especies ya no forma parte de los procesos naturales que están presentes en los distintos biomas del planeta, sino que se produce por presiones exógenas, inducidas directa o indirectamente por la actividad humana. Además, el mismo proceso que padecen los mamíferos se registra en todos los reinos de los seres vivos.

La biodiversidad proporciona beneficios que son fundamentales para el ser humano, más allá del suministro de materias primas. Como contrapartida, su pérdida tiene efectos negativos sobre varios aspectos del bienestar humano, como la seguridad alimentaria, la vulnerabilidad ante desastres naturales, la seguridad energética y el acceso al agua limpia. También afecta a la salud humana, a las relaciones sociales y a la libertad de elección.

El asunto no se limita a que se pierda tal o cual especie emblemática, hecho que, de por sí, ya es grave. Cada disminución o extinción incide directamente en su conjunto a la vida de los humanos. La ecuación es fácil: a mayor pérdida de biodiversidad, menor calidad de vida para los seres humanos.

En la Cumbre de Río de 1992, se firmó el Convenio para la Diversidad Biológica (CBD), que se plantea como objetivos “la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos, mediante, entre otras cosas, un acceso adecuado a esos recursos y una transferencia apropiada de las tecnologías pertinentes, teniendo en cuenta todos los derechos sobre esos recursos y a esas tecnologías, así como mediante una financiación apropiada”.

En 2010, la ONU declaró al período 2011-2020 como la Década Global de la Diversidad Biológica. En esa oportunidad, también se acordaron las Metas de Aichi. Son veinte y se encuadran en cinco objetivos que apuntan a conservar la biodiversidad: abordar las causas que subyacen a su pérdida, reducir las presiones directas, mejorar la situación a través de la salvaguardia de los ecosistemas, las especies y la diversidad genética; aumentar los beneficios de la diversidad biológica y los servicios de los ecosistemas para todos; además de mejorar la aplicación a través de la planificación participativa, la gestión de los conocimientos y la creación de capacidad… En Egipto, se supo que, a dos años de expirar el plazo, sólo el 5 por ciento de los 195 países que firmaron el Convenio de Diversidad Biológica podrá cumplir las metas. ¿Feliz año nuevo?

 

 

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