Editorial
03/12/2018

Que la minería se aleje de la venalidad

A

fines de 2014, un legislador de Chubut cobró relevancia nacional cuando en plena sesión para tratar un proyecto de ley de incidencia en la actividad mega-minera, recibió instrucciones de una compañía interesada a través de su celular. Una fotografía captó el momento y todas las desmentidas posteriores quedaron cortas. Una vez más y como estigma que periódicamente queda al descubierto, la minería en la Argentina aparecía asociada al contubernio, la corrupción y la venalidad.

Desde los albores de la patria, el derramamiento de sangre más vergonzoso estuvo asociado al accionar del capital internacional que se interesaba por nuestros subsuelos. Junto a la complicidad de los criollos, claro... Cuando el coronel Dorrego estaba en la oposición y redactaba junto a otros “El Tribuno”, denunció el escándalo que envolvió a la Sociedad de Minas, empresa que había armado Rivadavia junto a capitalistas ingleses. Tan lamentable historia había comenzado en diciembre de 1824, cuando en Londres la Minning Association se formalizó para explotar minas en el Río de la Plata.

Un año antes, el por entonces gobernador Martín Rodríguez junto a su ministro Rivadavia, había autorizado a “promover la formación de una sociedad en Inglaterra para explotar minas de oro y plata que existen en las Provincias Unidas”. El “primer presidente constitucional” de los argentinos no tuvo mayores reparos en ejercer la titularidad de esas compañías, que tuvo a la Banca Hullet como principal socia.

En 1825 llegó un técnico para iniciar la explotación. Atónito, el hombre se encontró con que la jurisdicción sobre las minas correspondía a las administraciones provinciales. Solo en San Juan encontró la buena disposición de Salvador María del Carril, uno de los más fervientes instigadores del fusilamiento con que Lavalle se ensuciaría. Cuando la compañía protestó contra Rivadavia, éste contestó: “El negocio que más me ha ocupado, que me ha afectado y sobre el cual la prudencia no ha permitido llegar a una solución, es el de la Sociedad de Minas... Todas las minas desocupadas de las provincias de Salta, Mendoza y San Juan se encuentran a disposición de la Sociedad. Con respecto a las existentes en La Rioja, cuya importancia es superior a las de las otras provincias, en el transcurso de un corto plazo, con el establecimiento de un gobierno nacional, todo cuando debe desearse se obtendrá...”

Para cumplir ese y otros objetivos anhelaba la presidencia, a la que accedió en febrero de 1826. Ni lerdo ni perezoso, nueve días después de sentarse en el sillón que lleva su apellido, sancionó la Ley de Consolidación de la Deuda, que entre otros aspectos, declaró “propiedades nacionales” a las minas que hasta entonces, eran provinciales. Un mes después, el presidente escribió triunfante al funcionario de la Hullet “que las minas ya son por ley de propiedad nacional y están exclusivamente bajo la administración del presidente de la República”.

No contaba con la resistencia de los defensores de la Confederación y de nuestros patrimonios. Facundo Quiroga venció a Lamadrid en El Tala y el Rincón. Nada de propiedad “nacional”. Las acciones de la minera bajaron estrepitosamente, en el marco de una crisis generalizada. Cerraron 70 bancos y entraron en quiebra numerosas empresas, entre ellas la Minning Association. Para cubrirse, el empleado de la Hullet dio a conocer en Londres las cartas que le había enviado Rivadavia.

Copias de esas misivas llegaron a la redacción del diario que comandaba Dorrego.

El 26 de junio de 1827, el periódico publicó los escritos del mandatario, quien al día siguiente renunció. También estaba jaqueado por la escandalosa negociación que su ministro García había ideado para llegar a la paz con Brasil. Con posterioridad, la Banca Hullet querelló al gobierno de la provincia de Buenos Aires. En agosto de 1827, Dorrego asumió la jefatura del “primer Estado argentino”.

En el asunto de la Minning, su intervención fue decisiva, como periodista y como gobernador. Las denuncias contra Rivadavia, las acusaciones de latrocinio contra Juan Cruz Varela y la complicidad de Salvador María del Carril, explican el odio que le prodigaron los rivadavianos. El 1º de diciembre de 1828 las tropas que regresaron de Brasil se sublevaron al mando de Lavalle, Paz, Alvear y Brown, entre otros. Ocho días después, el “coronel del pueblo” fue derrotado en Navarro. El 13 de diciembre fue fusilado.

Hoy es Santa Bárbara, patrona de los mineros. En su variante extractivista, la actividad en la que se desempeñan los trabajadores está hace más de 15 años en tela de juicio, al reñir con la preservación del medio ambiente gracias a la lixiviación con cianuro y la metodología del cielo abierto. Además, la mega-minería es coto de caza de trasnacionales, cuyas casas matrices están en el norte global. Miles como Dorrego harían falta.

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