AQUÍ LLEGABAN “LAS RETOBADAS Y LAS DESPRECIADAS POR SU EDAD O ASPECTO”

| 03/03/2024

La prostitución y su historia en la Patagonia

La prostitución y su historia en la Patagonia
Fragmento de la obra teatral "Las putas de San Julián".
Fragmento de la obra teatral "Las putas de San Julián".

110 años atrás la práctica estaba tan extendida, que hizo falta reglamentarla. Que se legalizara no implicó que disminuyeran la explotación y la trata.

Al menos formalmente, la historia de la prostitución en la Patagonia arranca en 1913 cuando, en una reunión de gobernadores, se reglamentó su ejercicio. Pero si hizo falta regularla, es porque la práctica ya existía. Llegaban a la región “las retobadas y las despreciadas por su edad o aspecto” en Buenos Aires o Montevideo, con la excusa de prestar un “servicio fisiológico”. Curioso eufemismo insuficiente a la hora de disimular la trata y la explotación.

Después de la Campaña al Desierto y con la llegada de nuevos habitantes, “la autoridad de la Iglesia y el orden jurídico patriarcal componían un amplio consenso que dividía a las mujeres entre decentes e indecentes”. La observación puede leerse en “Nosotras somos ellas. Cien años de historias de mujeres en la Patagonia” (EDUCO, 2023), obra conjunta que elaboraron Laura Méndez, Mónica De Torres Curth y Julieta Santos.

La faceta histórica del libro fue trabajo de la primera. Según la investigadora, “el mandato era: ‘virginidad para las solteras, fidelidad para las casadas, castidad para las viudas y obediencia para todas’. Pero para complacer el deseo y la voluntad del varón hacían faltas otras mujeres: las prostitutas”, aclara el texto. “La prostitución ya había sido reglada en Buenos Aires en 1875 y su implementación en Patagonia terminó de definirse en la reunión de gobernadores de 1913”.

En consecuencia, “la regulación de la actividad facilitó el accionar de las redes de tráfico de mujeres, debido a que posicionó a los burdeles como negocios legítimos que podían tramitar su habilitación, pagaban patentes y generaban una importante fuente de ingresos para los gobiernos locales”. En esa dinámica, “Buenos Aires y Montevideo actuaron como centros de la actividad de trata y de prostíbulos; las retobadas y las despreciadas por su edad o aspecto tenían por destino la Patagonia. Abundaron aquí argentinas, francesas, rusas y polacas”, constató la investigadora.

Así las cosas, “en muchas de las jóvenes comunidades patagónicas -en especial las petroleras y las carcelarias en las que predominaban los hombres- se establecieron casas de tolerancia, habitadas por prostitutas, en las que ejercían su comercio”. Claro que “eso decía la resolución de su creación en la década de 1910” porque “el negocio lo ejercía el dueño de la casa”. Como contrapartida, “las prostitutas eran las pupilas que recibían un magro salario y una severa condena social asociada, principalmente”, a “la posibilidad de propagación de enfermedades venéreas”.

Castigo tras castigo. Como por entonces las localidades patagónicas eran más bien pequeñas, “las mujeres eran trasladadas de prostíbulo en prostíbulo luego de un tiempo, para renovar el negocio y evitar problemas en la comunidad”. Importante fue también salvar las apariencias y simular recato: “Los prostíbulos no podían tener carteles y debían construir un tapial que impidiera mirar desde la calle. Estaba estipulado que tenían que ubicarse a más de 500 metros de escuelas e iglesias”, señala la contribución de la investigadora.

Como las autoridades concibieron a la prostitución como una “servicio fisiológico”, desde las altas esferas “se estableció un registro de la actividad que identificó todos los prostíbulos, dispuso la edad mínima para ejercer el oficio y determinó el requerimiento de exámenes médicos semanales”. Además, “se prohibía la actividad a las mujeres menores de 18 años, con la excepción de aquellas niñas que habían sido iniciadas tempranamente”. Llamativa incoherencia…

Según Méndez, “la justificación para reglamentar la prostitución se basó en el supuesto que su legalización lograría reducir las violaciones, la esclavización femenina y los secuestros, al sustituir la gratuidad por una tarifa y una ganancia para los dueños”. No obstante, “no existe ninguna evidencia empírica de que esto haya sucedido, a excepción de la última aseveración: prostituir mujeres fue un buen negocio para los dueños de los burdeles”.

Para cerrar el círculo de la explotación, “las enfermedades contraídas por estas mujeres fueron tan frecuentes que las inspecciones médicas aumentaron a dos veces por semana, siendo ellas mismas las encargadas de pagar los honorarios del médico. En muchos casos, los prostíbulos se cerraban por mujeres contagiadas por sífilis o sarna. Tras unos días clausurados, volvían a funcionar con otras caras y las mismas miserias”.

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