UNO DE SUS TRABAJOS PUEDE DAR MÁS PISTAS SOBRE SU GESTIÓN

| 03/12/2023

Daniel Fuentes y su vocación por las historias “negadas, ocultadas o desconocidas”

Daniel Fuentes y su vocación por las historias “negadas, ocultadas o desconocidas”
Eran bravos los inviernos en el Campamento Robles y después en el Pilar.
Eran bravos los inviernos en el Campamento Robles y después en el Pilar.

Entre muchas otras contribuciones el futuro titular del área municipal de Cultura ventiló el origen del barrio Pilar I, su relación con la empresa Vicente Robles y las ventas sin mensura de Antonio Buenuleo.

Aunque muy probablemente asuma la titularidad en marzo próximo, Daniel Fuentes estará al frente del área de Cultura de la Municipalidad en el gobierno de Walter Cortés. Traer a colación un trabajo suyo como historiador quizás aporte a dar más pistas sobre el carácter que tendrá su gestión, más allá de las precisiones que brindó a El Cordillerano algo más de una semana atrás.

Precisamente, en el curso de sus investigaciones, Fuentes se consagró a poner de relieve historias que “fueron negadas, ocultadas o permanecieron por largo tiempo desconocidas”. Son las palabras que utilizó en un trabajo en el que ventila los orígenes del barrio Pilar I, vecindario en el que vive y cuya Junta Vecinal supo integrar. De hecho, la mayoría de la gente lo referencia por esa última faceta.

Su aporte recuerda que en las décadas de 1960 y 1970, Bariloche experimentó “una explosión demográfica sin precedentes acompañado por un sostenido auge turístico”. Al principio del período, vivían aquí 18.894 personas, que pasaron a 28 mil en 1970 y a 51.100 en 1980. Y de 144 mil turistas en 1966, se llegó a 423 mil en 1975. Al ritmo de ese crecimiento, también lo hicieron la gastronomía y la construcción.

En combinación, esas actividades “generarían mayor atracción migratoria, tanto de las zonas rurales como de otras provincias argentinas y países limítrofes”. La infraestructura también debía crecer, entonces “en 1964 la empresa del ingeniero Vicente Robles desembarcó en Río Negro, con las construcciones para concluir del trayecto Collón Cura-Paso Chacabuco, ruta de tránsito Neuquén-Bariloche y luego pavimentar un primer tramo de la ex-ruta provincial 258 (hoy Ruta Nacional 40) hacia El Bolsón”.

Con precisión documental, Fuentes estableció que “el 15 de febrero de 1972 Antonio Buenuleo entregó en comodato a la empresa Vicente Robles, 10 hectáreas del Lote Pastoril 127 a cambio de mejoras en los caminos aledaños de la Pampa de Buenuleo. En el predio se ubicó el complejo vial más importante que tuvo la ciudad en su historia: el campamento obrero Vicente Robles, o simplemente barrio de La Robles, como se lo conoció durante años. Allí convergieron unas 500 personas en su máximo esplendor”.

Efectivamente, una página de la historia barilochense que pocas veces se cuenta. “El lugar de procedencia de las familias fue diverso, aunque mayoritariamente procedía del noroeste y centro del país. En importancia numérica, de las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja, Córdoba. Otro grupo importante de familias de trabajadores eran originarios de Santa Cruz, Chubut, Corrientes, y de países limítrofes tales como Bolivia y Chile”.

Mientras crecía incluso en el exterior gracias a sus vínculos con la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970), aquí “la empresa Robles logró la concesión del primer tramo del asfaltado entre Bariloche y El Bolsón: aproximadamente 40 kilómetros de extensión, que comprendía desde la calle Onelli -intersección con Albarracín- hasta la primera gran curva del lago Guillelmo. El lugar elegido para hacer el campamento fue al pie del cerro Ventana, a ocho kilómetros del centro de la ciudad en la denominada Pampa de Buenuleo”.

Inicialmente, “el campamento comprendía un sector destinado a las viviendas de las familias, un pabellón de solteros, el sector administrativo, el comedor o gamela, la planta productora de asfalto, la cantera y el taller central, concentrados en unas ocho hectáreas. Posteriormente, en 1975, se agregaría un aserradero. Los vecinos recuerdan que las distancias al centro de la ciudad fueron un gran problema por la inexistencia de transportes públicos, asimismo, los servicios básicos eran autogestionados: la luz la suministraba la empresa hasta la medianoche, el agua procedía de una cascada natural cercana al cerro Ventana y la calefacción se basaba en el uso de leña”.

Para 1977 la empresa fletó su propio transporte, que iba dos veces por día “al pueblo”. Añade Fuentes que “la diversidad cultural se reflejaba en las celebraciones y rituales populares que se recuerdan de aquella época, desde los festejos por la independencia de Bolivia a las celebraciones de la Pachamama del noroeste, pasando por las noches de cuarteto y folclore”. Luego, “el campamento Robles comenzó a desmantelarse lentamente entre 1979 y 1980”.

El asfaltado no se completó hasta una década más tarde, pero “la empresa concentró su actividad en el cerro Catedral”, porque “en 1976 había logrado una concesión por 25 años para explotar los medios de elevación”. Entonces, “muchas de las familias que vivían en el campamento comenzaron a construir sus casas o trasladar sus casillas a los terrenos cercanos vendidos por Antonio Buenuelo. Otras, compraron terrenos y durante unos años siguieron el derrotero por las obras de la misma empresa en otras ciudades”.

Más acá, “la fracción del Lote Pastoril 127 vendida por Antonio Buenuelo se convertiría, en adelante, en el 'nuevo' barrio Pilar 1. El propietario del terreno -cuyo apellido le da nombre a un extenso lote pastoril- vendió en forma fraccionada sin la mensura correspondiente, pequeños lotes a las familias interesadas en radicarse en forma definitiva. Esto originó a partir de 1983 un conflicto por la propiedad de las tierras entre sus poseedores legítimos y del que no estuvieron ausentes especuladores inmobiliarios, estudios jurídicos y operadores políticos y que aún en la actualidad continúa”. Pero esa, es historia reciente que más o menos se conoce.

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