Editorial
05/01/2019

La multiculturalidad es más longeva que la xenofobia

A juzgar por los datos históricos, que a veces coinciden y otras no con los relatos bíblicos, la sociedad que dio origen a la tradición de los Reyes Magos era, al menos, multicultural, por utilizar un término que está en boga. Las versiones más difundidas indican que, a pesar de la opresión imperial romana, las culturas dialogaban entre sí en un marco de convivencia que hoy deberíamos envidiar.

La narración de los Reyes Magos tiene su origen en una cita de San Mateo, uno de los cuatro evangelios que la Iglesia admite como válidos. Pero el texto bíblico no hace mención alguna al número exacto de magos que concurrió a Belén para honrar con sus presentes a Jesús. El apóstol tampoco se refiere a su condición real pero no terminan allí las omisiones: no menciona a Gaspar ni a Melchor ni a Baltasar, tampoco sus orígenes o nacionalidades, fecha de la visita ni destino posterior.

La ausencia de definiciones motivó que, en distintas representaciones iconográficas que se realizaron durante los siglos III y IV, aparecieran dos, tres y hasta cuatro magos. Sin embargo, en los primeros tiempos, la interpretación fue bastante libre, ya que otras fuentes cristianas, en este caso, sirias y armenias, imaginaron doce reyes, porque asociaron a los adoradores con las doce tribus de Israel o los doce apóstoles.

Los cristianos de Egipto los calcularon en 60. Recién a partir del siglo III comenzó a institucionalizarse la tríada. Le correspondió esa tarea al teólogo Orígenes, quien vivió entre 185 y 253 y, precisamente, estableció que los magos eran tres. Como el texto de Mateo menciona que Jesús recibió la misma cantidad de regalos, es decir, oro, incienso y mirra, terminó por aceptarse su versión.

No obstante, puede argumentarse que se trata de sustantivos incontables, pudieron ser decenas los adoradores que coincidieron en regalar diversas cantidades de oro, de incienso o de mirra. Gramos o kilos… Hasta aquí, ya tenemos varios ejemplos de diálogos entre culturas: el mismo relato se reprodujo en Israel y Palestina, pero adquirió formas singulares en Siria, Egipto y Armenia sin que, al parecer, nadie se ofendiera.

Hay que ver si efectivamente Melchor, Gaspar y Baltasar se llamaban así. Como mencionábamos, Mateo no se tomó el trabajo de estampar su identidad. Es más, esos nombres son relativamente nuevos. Los investigadores apuntan que tales identificaciones aparecieron por vez primera en un códice del siglo VII que estaba en la Biblioteca de París. Y, como podría suponerse, cada tradición cristiana llamó a los enigmáticos personajes de diversa manera.

En griego recibieron las denominaciones de Appellicon, Amerín y Damascón. En hebreo, Magalath, Galgalath y Serakin. Aunque la veracidad de esos apelativos también es muy relativa porque, según las interpretaciones más difundidas, los Reyes Magos no eran hebreos, más bien se les atribuye el carácter de astrólogos babilonios o sacerdotes persas. Quiere decir que difícilmente llevaran nombres en hebreo.

También se considera que eran hombres ilustrados en materia de astronomía, pero no desde la perspectiva de las ciencias modernas, sino desde un ángulo espiritual. Dos milenios atrás, se consideraba magos no a los que tiene la capacidad de sacar conejos del interior de una galera, sino a quienes sabían interpretar el mensaje de las estrellas. “Magoi” es un término de origen griego que puede significar matemático, astrónomo o astrólogo.

Mucho tiempo después, Tertuliano afirmó que los magos debían ser reyes que procedían de Oriente, de las mismas latitudes que Occidente ahoga en sangre periódicamente. De hecho, Persia es Irán y Babilonia quedaba en el actual Irak. Después de Tertuliano, se impuso la postura de considerar reyes a quienes adoraron a Jesús en el pesebre de Belén. Pero Mateo no afirmó nada al respecto. ¿Por qué tuvo el cristianismo posterior la necesidad de elevar al rango real a los que homenajearon al Ungido?

Es verdad que los magos poseían mucha influencia. Por entonces, babilónicos y judíos tenían muchas cosas en común e Israel sufría la ocupación romana. Otros relatos consideran a los magos hombres de Persia (¡Irán!) porque, en verdad, muchas de las costumbres que se recrean en Navidad tienen su origen en tradiciones culturales anteriores al cristianismo. No hay nada de malo en esa continuidad.

En los comienzos del cristianismo, se representaba a los tres como pertenecientes a una misma raza. Con el paso del tiempo, se los pensó como un anciano (Melchor), un joven blanco (Gaspar) y un negro de barba espesa (Baltasar) para simbolizar la universalidad. Si algo queda claro con los Reyes Magos es que las culturas son construcciones más que esencias y, si antes pudieron dialogar, por qué no ahora. Dentro de dos milenios, nadie recordará a gente como Donald Trump o Jair Bolsonaro…

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