Editorial
02/01/2019

Aunque quisiera, el gobierno de Bolsonaro no podrá ser fascista

Se suele caracterizar al nuevo gobierno brasileño como fascista pero en rigor, el fascismo no se relaciona con las características de determinado líder. Es verdad que Jair Bolsonaro evidencia un pensamiento reaccionario, fanático, sexista, xenófobo y racista. Sin embargo, el fascismo no se reduce a la cristalización en el Estado de personalidades aparentemente desquiciadas que acceden al poder, como se quiso creer al término de la Segunda Guerra Mundial.

Para el pensamiento convencional y las ciencias sociales de la época, las catástrofes del fascismo y el nazismo debían atribuirse al papel de individuos: la paranoia de Hitler o los delirios de Mussolini. Con ese razonamiento, el funcionamiento del capitalismo y el andamiaje del Estado como sistema burocrático centralizado y jerarquizado, quedaban a salvo y no tenían responsabilidad alguna ante la tragedia inaudita.

En la actualidad, hay quienes suponen que la presencia de grupos o partidos políticos de clara inspiración fascista, imprimirán su sello indefectiblemente en el gobierno de Bolsonaro. Pero tampoco es su participación y ni siquiera su hegemonía las que definirían a una forma estatal equis –en este caso la brasileña- como fascista. En el peronismo de los 40 hubo personajes y círculos cercanos al fascismo, pero el Estado peronista fue otra cosa.

En la contemporaneidad, está claro que Donald Trump evidencia comportamientos fascistas, pero ni siquiera exagerando se podría calificar al gobierno estadounidense que lidera, de fascista. En términos históricos, el fascismo no se define por las personalidades ni por la ideología de los grupos, sino como una forma excepcional que asumió el Estado en la economía capitalista en una coyuntura determinada.

Vivió su momento de gloria cuando la democracia parlamentaria no pudo dar respuestas a las crisis que sobrevinieron entre la Primera y la Segunda Guerra, de condimentos que difícilmente puedan repetirse. Cabe recordar que existió una íntima relación con los sucesos rusos, que en octubre de 1917 jalonaron el acceso al poder de la primera revolución proletaria triunfante. Tanto en Alemania como en Italia y España tomaron nota de su devenir.

En los dos primeros países, un sector del empresariado nacional procuró resolver a través de la vía reaccionaria la disputa que surgió a raíz de la movilización obrera, al igual que las diferencias de proyecto que surgieron en el seno de las clases pudientes. Su respuesta fue despótica y gradualmente violenta. Tanto en Alemania como en Italia, una facción de los sectores patronales pugnó por entrar al reparto colonial del mundo, al que los dos países habían llegado tarde, en relación a Gran Bretaña y Francia.

A grandísimos rasgos, tales fueron los factores que explican el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, en plena era de la globalización económica y del predominio del sector financiero sobre los productivos en la economía mundial, hablar de burguesías nacionales es un tanto anticuado. A punto de expirar la segunda década del siglo XXI y a poco menos de 100 años del surgimiento de la experiencia fascista, el imperialismo y las trasnacionales pusieron en un segundo o tercer plano a los empresariados nacionales, inclusive en países como Estados Unidos, Alemania o precisamente, Brasil.

Qué decir de la Argentina… Pueden existir discrepancias internas o periódicas, pero se dirimen en la localidad suiza de Davos para renovar las estrategias globales de acumulación de riquezas y concentración de poder político.

Queremos decir que sin burguesías de carácter nacional, no se puede hablar estrictamente de fascismo. Además, los regímenes fascistas fueron fundamentales partidarios de la intervención estatal en la economía.

No solo fueron antiliberales, además enfrentaron el libre juego del mercado. Se caracterizaron por un fuerte intervencionismo, ampliaron la presencia de las empresas estatales, fueron proteccionistas en el ámbito del comercio exterior y protegieron al sector privado nacional. Las fuerzas de seguridad se reorganizaron no solo para destruir la insurgencia popular, sino también para administrar la discordia entre los diferentes sectores capitalistas en pugna.

Es inimaginable que Bolsonaro pueda edificar un Estado al estilo fascista, aunque quisiera. De hecho, la economía del país estará en manos de un hombre adepto a la Escuela de Chicago que ya proclamó su intención de liberalizar a ultranza la actividad económica. Por último, los fascismos pusieron especial cuidado en la organización y movilización, tanto de las masas populares como de los sectores medios, e instrumentaron un sindicalismo dependiente de los mandatos del Estado.

Por el contrario, Bolsonaro profundizará la despolitización, apostará a la disgregación y atomización de la sociedad, privatizará la vida pública y privilegiará la vuelta de mujeres y hombres a sus casas, templos y trabajos. La disquisición que traemos a colación no tiene pretensiones exclusivamente teóricas, busca caracterizar el fenómeno para evitar su propagación fuera de las fronteras brasileñas, antes de que sea tarde.

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