Editorial
29/12/2018

Soberanía alimentaria para Bariloche

La experiencia volverá a recrearse en breve y alcanzará una cantidad considerable de temporadas. En sus versiones precedentes, el éxito que alcanzó la Feria de Horticultores llamó la atención no sólo de consumidores y productores, también hizo otro tanto con las autoridades que tuvieron en sus manos los destinos de Bariloche. Por su parte, la recuperación de un mercado municipal ataca varias problemáticas al mismo tiempo, aunque pueda ser perfectible.

La primera es el circuito del dinero. Como se encargan de exhortar los micro-emprendedores, al comprarle a Bariloche, la circulación monetaria se intensifica en esta ciudad. Si el ama de casa se detuviera a analizar cuál es el destino final de los pesos que gasta en cualquier supermercado, verá que sus billetes viajan demasiados kilómetros, en ocasiones más de mil.

Ya que de horticultura se trata, recordemos que buena parte de la verdura que se consume en Bariloche ni siquiera proviene del resto de la provincia, sino de Mendoza o de todavía más al norte. ¿Cuántas intermediaciones y ridículas barreras sanitarias debe superar un producto para que, en las góndolas, cuadruplique su valor al público? ¿Dónde reside la justicia de esa cotización?

Antes de la Feria de Horticultores, veníamos de décadas de abandono de la producción primaria en Bariloche y alrededores; en consecuencia, resulta ilógico suponer que la ciudad pueda autoabastecerse en algunos rubros, como sucedía hasta 1934 aproximadamente. Pero los ensayos de los últimos años demostraron que es posible producir alimentos de primera calidad en nuestros barrios y localidades vecinas.

¿Qué sucedería entonces, si el incentivo estatal a la producción de alimentos fuera más considerable? Sabemos de los programas del INTA, de impulsos municipales que se adoptaron en la gestión anterior y de la labor que llevó a cabo el área nacional de Agricultura Familiar en diversos ámbitos del interior rionegrino, antes de su desmantelamiento por parte del gobierno de Cambiemos.

Años atrás, estudios locales detuvieron su mirada en la marcha de la inflación y en los niveles de pobreza de Bariloche. Pero, ¿cuál sería la balanza comercial de la economía local, es decir, la diferencia entre exportaciones e importaciones? Sabemos que el planteo no es del todo ortodoxo porque no se puede considerar al turismo cien por ciento como exportación, pero bien vale la treta como ejercicio. ¿Tenemos déficit, superávit o equilibrio? La respuesta debe estar cerca de la primera opción.

Si existieran posibilidades de crear vías alternativas de producción y distribución de alimentos, la apertura de nuevas ofertas debería incidir en los precios promedio, obviamente a la baja. Y se sabe, si los artículos de primera necesidad disminuyen su cotización o no aumentan, se fortalece el poder adquisitivo de los trabajadores. Como, en general, se trata de sectores con escasa propensión al ahorro, se dinamizaría el conjunto de la economía.

Si a los productores de las zonas aledañas a Bariloche se les permitiera comercializar sus cabezas de ganado más allá de las fiestas de fin de año, en lugar de secuestrárselas ridículamente, vivir y producir en el campo tendría perspectivas y se reduciría la continua migración a los barrios menos favorecidos. La prohibición de faenar que rige en Bariloche es anacrónica, injusta y no tiene nada que ver con los intereses barilochenses.

Cuanto más circule el dinero en el espacio local antes de migrar hacia la Pampa Húmeda, Mendoza u otros puntos productores de alimentos, más movimiento se registrará y con la correspondiente legislación, hasta la Municipalidad se terminaría beneficiando. No son las grandes cadenas las que dinamizarán la economía barilochense. Serán los pequeños y medianos productores con el apoyo del Estado los que lograrán que vivir en este sitio no sea tan asfixiante.

También hay que mencionar el carácter virtualmente orgánico de la horticultura local. La producción industrial de alimentos se vale de cantidades cada vez mayores de agrotóxicos, cuyas consecuencias para la salud están a la vista. Hablamos aquí periódicamente de la cantidad exorbitante de herbicidas que se vuelcan sobre los campos argentinos campaña tras campaña y de la contaminación que deriva de los organismos genéticamente modificados.
Afortunadamente, la producción en Bariloche y alrededores todavía está al margen de esas tropelías. La ingesta de una lechuga que se cultivó en El Frutillar o en Virgen de las Nieves resultará bastante más sana que consumir otra que se logró vaya a saberse bajo qué condiciones a centenares o miles de kilómetros.

Queda un aspecto más: si productores y consumidores se ven las caras periódicamente, se conocen, estrechan relaciones, intercambian recomendaciones e inclusive quejas, se reconstruye el tejido social que existía entre nosotros antes de la última dictadura, el neoliberalismo y la televisión basura. No es poca cosa, si se tiene en cuenta el grado de disgregación que padecemos.

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