Editorial
22/12/2018

Desacelerar el consumo debe ser consecuencia de decisiones éticas, no de malas políticas

No hace falta ser analista especializado para entrever que el consumo de cara a las fiestas de fin de año será menor al de 2017. De hecho, los números más recientes del INDEC ratifican la profundización de la recesión, que se manifestó con dureza en las ventas de los shopping y supermercados en octubre último: la caída alcanzó el 19 por ciento. Difícilmente diciembre vaya a marcar una recuperación sustantiva.

El décimo mes del año fue el cuarto consecutivo en dar negativo, persistencia que agudiza el cuadro recesivo al cual nos condujo el gobierno de Cambiemos. Según el INDEC, si las ventas en los grandes centros de compra se miden a precios corrientes nominales, en octubre, alcanzaron un total de 6.648 millones de pesos, con un aumento de 16,6 por ciento en relación al mismo período del año anterior. Pero si la cuenta se hace a precios constantes, alcanzaron un total de 3.669 millones de pesos, una disminución de 18,6 por ciento interanual.

La tendencia también se observó en los supermercados, donde las ventas a precios corrientes sumaron un total de 43.388 millones de pesos, con un aumento del 33,7 por ciento con respecto a octubre de 2017. Pero a precios constantes, las mismas ventas marcaron un total de 24.987 millones de pesos, con una caída del 10 por ciento en relación a igual mes. Los pronósticos para noviembre y diciembre no pueden ser optimistas.

A pesar de la crudeza de los números, las calles céntricas de Bariloche se dejaron abordar por el frenesí consumista que caracteriza hace década a las jornadas previas al 24 de diciembre. La excitación suele transformarse en nervios y ya comenzaron a producirse más accidentes de tránsito que semanas atrás. Y aunque no llegue a la colisión, la agresividad en el tránsito se tornó patente desde mediados de la semana que finaliza.

La exacerbación del consumo hace trizas el espíritu navideño y muy pocos recuerdan el desprendimiento de los bienes materiales que enseñó Jesús a los suyos. Entonces, parece propicio llamar a la reflexión y meditar sobre la actividad de consumir, la que llevamos a cabo durante más ocasiones durante el día. La necesidad de organizar la actividad económica según criterios de justicia y de respeto, tanto a las personas como a la naturaleza, es un asunto de cada vez más importancia.

La noción de consumo crítico tiene que ver con la vocación de vivir de una manera responsable en la cotidianeidad. Como consumidores, constituimos un eslabón de trascendencia en el funcionamiento de la economía y, por eso, la situación global exige que desarrollemos criterios críticos hacia los mandatos que se imparten desde los grandes medios y la publicidad. Toma de conciencia que se impone con urgencia.

Constataciones sobre la distribución injusta de la riqueza a escala global y el aumento de la pobreza se reproducen a diario en los medios de prensa, al igual que los efectos que provoca el cambio climático, como consecuencia del carácter insostenible de la actividad económica. Los ejemplos son muchísimos: los fenómenos migratorios desde los países pobres hacia los ricos, la deforestación y la desertización, la eliminación de la biodiversidad y la explotación laboral de mujeres y niños, entre otros flagelos.

Es mucha la incidencia que, como consumidores, se puede adquirir en las decisiones económicas de los gobiernos y también de las grandes compañías. Frente a la irracionalidad económica contemporánea, sería saludable levantar los conceptos del consumo ético, que inquiere sobre las condiciones sociales y ecológicas en las que se elaboran productos o servicios. Por ejemplo, mucha polvareda se levantó años atrás cuando trascendieron las condiciones de virtual esclavitud en las cuales se desempeñaban trabajadores inmigrantes bolivianos y peruanos, al confeccionar prendas infantiles y deportivas de cotizadas marcas. Pues bien, una actitud ética al consumir consiste en decidir la compra a partir de la historia del producto o servicio y de la conducta de la empresa que opera en el mercado. Al valorar las opciones más justas, solidarias o ecológicas, se consume de acuerdo a esos valores y no sólo en función del beneficio monetario.

Para edificar con paciencia un ejercicio continuo de consumo ético, hay que buscar información y apuntar a la formación de un pensamiento crítico. Desde septiembre de 2007, en Bariloche, se debate la cuestión del consumo de alcohol y su incidencia en lamentables sucesos que troncharon vidas demasiado jóvenes. Si se ojea someramente la cantidad de avisos televisivos y gráficos que equiparan diversión y seducción con la ingesta de bebidas alcohólicas, se advertirá qué tan necesaria es una visión crítica de los mandatos publicitarios. La reducción de los niveles de consumo tiene que provenir de una opción ética, no de las malas políticas económicas de los gobiernos.

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