Editorial
19/12/2018

Con la pobreza en el 33 por ciento, difícil hablar de solidaridad humana

Para los escasos argentinos que mantienen viva la memoria, el 20 de diciembre es sinónimo de estallido social, de indignación y represión. Aquella jornada de 2001, se terminó el gobierno que encabezó Fernando De la Rúa, quien resignó el poder 24 horas después de que se alejara del Ministerio de Economía el tristemente célebre Domingo Cavallo. Curioso que, 17 años después, todavía se tenga como voz autorizada en materia económica al hombre que condujo a la Argentina a un callejón cuya única salida fue la fragmentación de la sociedad.

Si faltó algún valor durante todo el período que se extendió entre 1989 y aquellas jornadas aciagas, fue precisamente la solidaridad. Aunque el gobierno había cambiado de signo partidario dos años antes, el modelo económico que rigió los destinos del país durante los 90 continuó hasta la explosión de 2001, al privilegiar los negocios de grandes corporaciones y postergar la suerte de las grandes mayorías. La exclusión que se cimentó en aquel período es, en gran medida, causa de la que hoy se profundiza y reedita.

En las antípodas de la Solidaridad Humana, cuyo Día Internacional se conmemora hoy. La ONU estableció la jornada para “celebrar nuestra unidad en la diversidad” y “para recordar a los gobiernos que deben respetar sus compromisos con los acuerdos internacionales”. Aclaremos, por nuestra parte, que la entidad no se refiere solamente a los tratos con el FMI o el Banco Mundial, sino a textos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre los Derechos del Niño, la Declaración sobre Derechos de los Pueblos Indígenas o la Convención sobre Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, por citar algunos de los que se violan a diario en la Argentina.

La conmemoración también se pensó “para sensibilizar al público sobre la importancia de la solidaridad” y “para fomentar el debate sobre las maneras de promover la solidaridad” en orden al “logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible”. Entre ellos, poner fin a la pobreza. Precisamente, el 20 de diciembre también se instituyó “para actuar y buscar nuevas iniciativas para la erradicación de la pobreza”. Recordemos que, en 2018, ésta superó en el país el 33 por ciento, es decir, bastante más de 13 millones de compatriotas que no pueden desenvolver su vida de manera digna, la proporción más alta de la década.

El Día Internacional de la Solidaridad Humana se instituyó después de que los gobernantes del planeta adoptasen los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en 2015. El listado constituye un programa nuevo e inclusivo que sigue el derrotero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), aquellos que se adoptaran en 2000. Tres años atrás, se puso el acento en erradicar la pobreza, proteger el planeta y garantizar la dignidad para todos y todas.
Lejos de las lógicas neoliberales, los ODS ponen en el centro a la persona y al planeta, se apoyan en los derechos humanos y tienen el respaldo de una alianza mundial que se dice decidida a ayudar a la gente a superar la pobreza, el hambre y las enfermedades. En consecuencia, para que se alcancen los ODS, se requiere de la cooperación y la solidaridad mundiales. Al observar el panorama internacional, podrá comprenderse cierto escepticismo…

La solidaridad se identificó en la Declaración del Milenio como uno de los valores fundamentales que debía estar presente en las relaciones internacionales del siglo 21. En concreto, que aquellos que sufren o tienen menos se beneficien de la ayuda de los más acomodados. En consecuencia, en el contexto de la globalización y el desafío que plantea la creciente desigualdad, el fortalecimiento de la solidaridad internacional es indispensable.

El ejercicio de la solidaridad se expresa a través de la promoción de la paz, los derechos humanos y el desarrollo económico y social. La ONU se sostiene sobre la premisa básica de la unidad y la armonía entre sus miembros, que se expresa en el concepto de seguridad colectiva. Pueden parecer meras exhortaciones o expresiones de deseos, pero es inconcebible la práctica de la solidaridad si se renuncia a mantener la paz y a buscar la seguridad internacional.

El primero de los ODS es taxativo: poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. Se considera que ésta va más allá de la falta de ingresos y recursos para garantizar medios de vida sostenibles: es un problema de derechos humanos. Entre sus distintas manifestaciones, figuran el hambre, la malnutrición, la falta de una vivienda digna y el acceso limitado a otros servicios básicos, como la educación o la salud. Si en la Argentina el 33 por ciento de la gente es pobre, está claro que la solidaridad se bate en retirada.

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