Editorial
18/12/2018

Acuérdese de Platón: los números gobiernan al mundo

Se atribuye a Platón una frase inapelable: “los números gobiernan al mundo”. Difícilmente, el filósofo pensara en la indomable inflación argentina cuando exteriorizó su concepto o en la importancia que tienen para los países emergentes los niveles que para las tasas fija la Reserva Federal de Estados Unidos. Pero al finalizar el peor año de la economía argentina desde 2002, la sentencia del griego parece más sólida que nunca.

Ya lo dijimos: si algo aguardaba el ciudadano de a pie que lograra la experiencia gubernamental en curso era el control de la inflación. Incluso, aquellos y aquellas que, en 2015, votaron por otras opciones políticas… Pero 2018 finalizará con un incremento en los precios del 47,5 por ciento, según las estimaciones que hacen las consultoras. Recordemos que, para el guarismo del pasado noviembre, estas se quedaron cortas en relación con las mediciones del INDEC.

El gobierno nacional hizo gala de una esquizofrenia difícil de disimular: hace aproximadamente un año, preveía metas inflacionarias del 15 por ciento para 2018 y anunciaba que, para el dígito, habría que aguardar a 2019. Sin embargo, bastante antes de que se sacudiera el frente externo con las tasas estadounidenses, puso en práctica una política de tarifas en materia de servicios públicos sumamente agresiva, absolutamente contradictoria con el objeto de reducir la inflación.

Además, liberó los precios de los combustibles. El resultado, un cóctel explosivo. Se sabe: si en la Argentina aumentan las naftas y los servicios públicos, se incrementan los pasajes y los alimentos. La tormenta perfecta para 2018 terminó de modelarse cuando el peso se depreció casi un 100 por ciento en relación al dólar. Menos en realidad… Y está por verse aún si la gestión de Cambiemos es capaz de reencausar las variables hacia un lugar de mínima normalidad.

Las contrapartidas son previsibles: sólo hasta septiembre, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios fue de casi 14 puntos porcentuales. Hasta ese mes, la inflación había trepado al 32,5 por ciento mientras el rezago se expresaba a partir del magro 18,6 por ciento que habían logrado los ingresos de los y las trabajadores. Si finalmente se concretan los pronósticos de las consultoras para la totalidad de 2018, el Salario Mínimo Vital y Móvil habrá perdido más del 27 por ciento contra la inflación y las jubilaciones, cerca del 29 por ciento.

La última de las variables expresa un auténtico crimen que pinta de cuerpo entero cuánta sensibilidad puede aguardarse del gobierno nacional… Al momento de redactarse estas líneas, trascendía que la Corte Suprema adoptaba una decisión contraria a los dictados de la Casa Rosada y favorable a los bolsillos de la tercera edad: de ahora en más, deberá actualizar sus haberes a partir de la evolución de los salarios de la industria y la construcción, no de los estatales.

Cabe recordar que antes de la sanción de la tan mentada Reparación Histórica, para calcular la movilidad de las jubilaciones se aplicaba el Índice de Salarios Básicos de la Industria y la Construcción (ISBIC). Gracias al cambio, la ANSeS comenzó a utilizar el indicador que se denomina Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables (RIPTE). Si bien el fallo beneficia de manera directa sólo al demandante, se estima que otros 150.000 jubilados accederán a la mejora.

En los últimos meses, el Banco Central instrumentó un nuevo esquema para la política monetaria, al incluir bandas de flotación para el dólar y subastas de Letras de Liquidez (Leliq) con tasas que rozan el 60 por ciento. Así y todo, la propia entidad estima que la inflación de 2018 cerraría en 47,5 por ciento. Los rubros que más se encarecieron en los 11 meses que ya transcurrieron fueron Transporte (63 por ciento), Alimentos y bebidas no alcohólicas (49 por ciento) y Equipamiento y mantenimiento del hogar (47 por ciento).

Desde otras mediciones (Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo), se asevera que la caída del salario real fue tan estrepitosa que el poder adquisitivo de trabajadores y trabajadoras se desmoronó al nivel más bajo en una década. Sólo en 1989 y en 2002 se registraron descensos tan abruptos. Contra los bolsillos de los asalariados no sólo conspiraron las subas que mencionábamos más arriba sino también los alquileres y los servicios públicos, en particular, el gas.

Imposible que tamaña debacle no repercutiera en el consumo interno. Incluso en los shoppings de las grandes ciudades, el despeñadero se hizo evidente: en septiembre, la caída fue del 15 por ciento y fue la tercera consecutiva. Durante el mismo mes, en los supermercados se notó una baja del 12 por ciento… El año que viene será electoral y habrá demasiado ruido. Momento de recordar a Platón y su sentencia inoxidable.

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