Editorial
06/12/2018

No a la “comida chatarra”

E

n la Argentina, hace años que la obesidad entre los sectores de menores recursos se considera un asunto de salud pública. El fenómeno no se circunscribe a nuestras fronteras. Inclusive en el Primer Mundo, la obesidad llega a tales magnitudes que en su oportunidad, las autoridades educativas francesas prohibieron la comercialización de ciertos productos de “comida chatarra” en los establecimientos públicos.

Se denomina “comida chatarra” o “basura” al conjunto de alimentos que posee un alto contenido en azúcar y grasas. Como sus precios son bajos, también son los más accesibles para los empobrecidos. Además, suelen comercializarse en los establecimientos de “comida rápida”, una de las costumbres culturales que más consecuencias perniciosas tiene sobre la salud de los humanos.

Una lata de gaseosa, al igual que las bebidas para deportistas, contienen 35 gramos de azúcar. En consecuencia, cuando se ingiere una latita ya se supera la dosis mínima diaria pero como contrapartida, no se recibió ningún tipo de nutriente. Son calorías que están vacías de elementos nutritivos y plenas del azúcar refinado. Ésta es ingrediente de los alimentos industriales y se erige como causa principal de la obesidad.

Estamos frente a una epidemia tanto o más grave que la gripe aviar, la porcina, el ébola y otras que periódicamente, los grandes medios de comunicación nos desparraman sobre la mesa. Allí están las estadísticas para corroborar: se cuentan en dos mil millones las personas que presentan un alto riesgo de desarrollar enfermedades como diabetes y cardiopatías, ambas relacionadas con el exceso de peso.

Solo en la Unión Europea se acostumbran a registrar alrededor de 300 mil muertes por año en mayores de 25 años, atribuibles al exceso de peso. Se trata de casi el 8 por ciento del total de los fallecimientos. Por ejemplo, en España, el 14,5 por ciento de la población adulta es obesa y el 38,5 por ciento sufre de sobrepeso. Entre la población infantil y juvenil (de 2 a 24 años) los porcentajes son del 13,9 por ciento y del 26,3 por ciento.

Según dictaminaron la Federación Internacional de Diabetes y la Organización Mundial de la Salud (OMS), el sobrepeso y la obesidad que padecen los menores están cada vez más vinculados a la diabetes tipo 2. Hasta hace poco, esa variante era considerada diabetes de adulto porque requiere para su aparición, de un exceso de peso prolongado en el tiempo. Consecuencias de una civilización que día a día demuestra su carácter destructivo…

El crecimiento de la obesidad y sus enfermedades asociadas, tiene que ver con el sedentarismo y con los malos hábitos alimentarios. Se generan no solo por sobrealimentación, sino también por exceso de carnes, grasas, sal y azúcar, en detrimento de panes, pescado, legumbres, frutas y vegetales. Además, los alimentos frescos y que se cocinan en casa se sustituyen cada vez más por alimentos industriales y precocidos, que contienen conservantes y aditivos.

Obviar el desayuno, no comer frutas y verduras en forma diaria, tomar gaseosas en lugar de agua y comer golosinas más “comida basura”, se reveló hace rato como un cóctel fatal. La OMS recomienda que en una dieta de 2.000 calorías para un adulto, la proporción de azúcar no debe superar los 30 o 50 gramos diarios. Pero también debería enseñar que una lata de gaseosa ya contiene 35 gramos de azúcar, es decir, supera la dosis mínima.

Como puede sospecharse, el asunto es particularmente grave en Estados Unidos. La Academia Americana de Pediatría alerta sobre el riesgo que implica el consumo de bebidas azucaradas. El organismo metaboliza hasta 100 gramos de azúcar en el hígado y otros 200 gramos en los músculos. El resto se transforma en grasa. Un estudio sobre la dieta de la población escolar en ese país demostró que una lata diaria de gaseosa incrementa el riesgo de obesidad infantil en un 60 por ciento.

El aumento de células grasas es difícil de combatir a esas edades porque la restricción calórica necesaria para eliminarlas, podría afectar a su desarrollo. Más vale prevenir que curar: el 30 por ciento de los niños y niñas que son obesos terminan convirtiéndose en adultos obesos. Dicho sea de paso, tanto los niños, como los adolescentes y los jóvenes son el objetivo primordial de las campañas publicitarias que desarrollan las trasnacionales de la “comida basura”.

La intensa presión publicitaria logra hacer mella en una etapa que todavía es de aprendizaje para toda la vida. Grandes compañías de bebidas gaseosas y comida rápida llevan más de 50 años de ofensiva sobre la cultura y la soberanía alimentaria de los pueblos. Hay que admitir que tuvieron éxito, pero siempre será pertinente llamar la atención sobre desbarajustes tan perniciosos e intentar su corrección. Hay vidas en juego.

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