Editorial
01/12/2018

El G20 es una ratificación de la desigualdad global

S

ólo tres países latinoamericanos forman parte del G20: México, Brasil y la Argentina. Si se incluye al Caribe, hay que considerar que más de 80 millones de niños y niñas menores de 14 años de la región se encuentran en situación de pobreza. Que nadie se llame a engaño por el boato y la opulencia que se pasearon por Buenos Aires: entre otras cosas, el cónclave no hizo más que reafirmar la enorme desigualdad que reina en el planeta.

El estudio corrió por cuenta del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Comisión Económica de América Latina y el Caribe (CEPAL). A grandes rasgos, establece que el 45 por ciento de los niños y las niñas de la región sufre una privación “moderada o grave” en sus derechos más elementales. Pero además de las diferencias que exhiben América Latina y el Caribe en relación con otras regiones, también el panorama es muy diverso al interior.

Según el relevamiento, en Bolivia, El Salvador, Guatemala, Honduras y Perú, más de dos tercios de los niños y niñas son pobres. En la otra punta de la comparación, los países que mejor parados están son Chile, Costa Rica y Uruguay, donde menos de uno de cada cuatro niños sufre pobreza. Como puede advertirse, la Argentina no forma parte de esa tríada de privilegio: en junio último, el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (Universidad Católica Argentina) dio a conocer que el flagelo alcanzaba a un poco más del 48 por ciento de niños y niñas.

UNICEF y la CEPAL analizaron cuestiones como la nutrición, el acceso al agua potable y a servicios de saneamiento, la calidad de las viviendas y el número de personas por habitación, la asistencia a la escuela y el acceso a medios de comunicación. Además, consideraron el nivel de ingresos de los hogares y su capacidad potencial de satisfacer las necesidades básicas de niños y niñas. En la Argentina, en relación con el primero de los elementos, algo más del 17 por ciento de los niños y las niñas sufren déficit en las comidas y el 8,5 por ciento había pasado hambre en 2017. Los datos de la UCA se recopilaron a fines de ese año; no hay que ser especialista en estadística para avizorar que el desempeño de la economía, en 2018, agudizará la tragedia.

A escala regional, sobresale otro fenómeno del cual el país todavía no participa en forma sustantiva y que se expresa sobre todo en México: hay allí siete millones de niños y niñas migrantes del resto de la región. No llegaron hasta tierras aztecas a raíz de los conflictos armados, como ocurre en otros puntos del planeta. Las familias abandonaron sus lugares de origen simplemente, para “vivir mejor”.

No obstante, hay un dato novedoso, según confió María Perceval, directora regional de UNICEF. Chicos y chicas “creen que en otro lugar puede cumplirse el derecho insoslayable de vivir con dignidad”. Como consecuencia, cada vez es mayor el número de niños, niñas y adolescentes que migra por su propia cuenta para huir de la pobreza o la violencia que impera en las sociedades de partida.

Las recomendaciones que formularon las dos entidades están en las antípodas de la actitud que adoptó el gobierno argentino en el último año: “A fin de eliminar el flagelo de la pobreza infantil, los gobiernos deben integrar las políticas sociales, las políticas de empleo y las políticas macroeconómicas. Esto requiere asignar mayores recursos para promover los derechos de la infancia, asegurar un entorno protector, aumentar la provisión y la calidad de los servicios, como también ampliar los sistemas de protección social”.

El ajuste del sector público se da de bruces con el objetivo de atacar la pobreza en general y la infantil en particular porque, para superarlas, es necesario invertir en la infancia, además de reducir las desigualdades socioeconómicas, territoriales, étnicas y de género que están presentes en todos los países de la región. Deberían ponerse en marcha políticas públicas para garantizar los derechos que tienen todos los niños y las niñas a la alimentación, la educación, la salud, el agua, el saneamiento, la educación y la información.

En América Latina y el Caribe, viven 193 millones de niños y niñas. Entre ellos, más de cinco millones, menores de 5 años, sufren desnutrición crónica y, como contrapartida, algo menos de cuatro millones padecen sobrepeso. El panorama se agrava cuando el gobierno estadounidense, de la mano del presidente, que felicitó a Mauricio Macri días atrás porque “está haciendo un buen trabajo”, reanudó la separación de familia migrantes en su frontera sur. Por ejemplo, 2.349 adolescentes, en su mayoría centroamericanos, permanecen en un campamento de detención “temporal” en Texas. De derechos humanos, ni hablar…

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