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La niñez, en desventaja frente a los abusos de las nuevas tecnologías

Habrá que admitir que la abrumadora mayoría de nosotros se abstiene de leer la “letra chica” que viene en los papeles cada vez que adquirimos un aparato de telefonía móvil o celular. Pero si prestáramos atención a los manuales para usuarios, veríamos que en la mayoría de ellos se recomienda mantener el aparato a 2,5 centímetros del cuerpo. Por otro lado, hay que tener presente que esa instrucción se pensó para la lectura de una persona adulta que difícilmente iría a usar su dispositivo más de media hora por día.

El problema radica en que los abusos de las nuevas tecnologías no sólo tienen como protagonistas a los mayores de edad, sino también a los más jovencitos que en general, son más permeables a las campañas publicitarias de las grandes empresas de telefonía móvil. Una vez más deberemos admitir que entre los padres relativamente jóvenes, la pregunta sobre la edad en la cual los niños pueden comenzar a utilizar un celular es cada vez más frecuente e inclusive, se formula más tempranamente.

En primera instancia, hay que arrancar de una premisa: los teléfonos móviles no se diseñan para funcionar como juguetes para niños. Cuatro años atrás, se llevó a cabo en España un estudio que se denominó “Seguridad infantil y costumbres de los menores con la telefonía móvil”. Más allá de las particularidades, no creemos que en la Argentina el panorama sea muy distinto y además, en el último cuatrienio seguramente se profundizaron los problemas antes que moderarse.

Una de las primeras conclusiones afirma que el teléfono móvil se convirtió en un nuevo instrumento de ocio. En efecto, el 24 por ciento de los chicos realiza llamadas y el 50 por ciento manda SMS de manera cotidiana. Además, el 30 por ciento de los pibes que usa celulares adquirió juegos para su dispositivo. Por otro lado, el 72 por ciento de ellos recibió mensajes que invitaban a participar en sorteos o juegos de azar.

La cosa se complica cuando un 38 por ciento de los jovencitos admitió sentirse mal cuando por equis razones, tuvieron que prescindir de su aparato. Es más el 10 por ciento señaló pasarla muy mal. En sintonía con esa desolación, el 11 por ciento reconoció que mintió e incluso utilizó a escondidas dinero de sus padres para recargar el saldo. Además, el 25 por ciento de los pibes consideró que sus gastos en telefonía celular son excesivos.

También en 2009 se llevó a cabo un estudio similar en Francia. Sin ánimo de cansar con las estadísticas, digamos que más del 70% de los adolescentes poseen un teléfono móvil. En general, los adolescentes hablan con sus padres sobre qué tipo de teléfono adquirir y qué plan contratar pero no hay diálogo sobre las maneras de utilizar el aparato. Por ejemplo, el 56 por ciento de los teléfonos suenan en clase y el 47 por ciento de los estudiantes utilizaron sus móviles en horario escolar. Es más, el 16 por ciento fue víctima de acoso a través del celular y el 25 por ciento recibió contenidos de índole sexual con origen en compañeros o bien, en desconocidos.

Desde ya, una relación tan entrañable con la telefonía móvil implica aspectos psicológicos que tienen que ver con el abuso y la adicción. Los padres deben prestar considerable atención al aparecer los primeros síntomas de abuso en materia de nuevas tecnologías. Éstos son inquietud, cambios repentinos de carácter, irritabilidad, angustia y aislamiento; no funcionalidad en aspectos cotidianos y pérdida de la concentración, entre otros. En términos escolares, se manifestarán en una disminución en la calidad del estudio y en distracciones durante las horas de clase.

De manera obvia, una utilización abusiva de las nuevas tecnologías lleva a un verdadero empobrecimiento de la relación comunicacional persona a perrona. Es más, la ilusión de experimentar una ultra-comunicación virtualmente y a distancia, se traduce en muchos casos en un verdadero aislamiento de las personas en relación con sus pares. De hecho, en los estudios que mencionamos algunos de los encuestados reconocieron que utilizan el celular para aliviar su soledad, ya que pasan la mayor parte del día lejos de sus padres.

Ante la magnitud de la problemática surge nueva terminología. Ya se denomina “nomo-fobia” al trastorno que provoca la adicción al teléfono celular. La expresión proviene del inglés “nomo” que a su vez resulta de la abreviatura “no mobile”, es decir, “sin móvil”. En definitiva, la “nomo-fobia” aparece entre los adictos que se angustian cuando no pueden comunicarse a través del celular. Según una investigadora, “las señales de un trastorno de ansiedad se pueden observar en conductas como cuando la persona regresa a casa sólo a buscar su móvil o cuando, al estar sin el móvil, siente palpitaciones y se pone nerviosa”.

Los síntomas hablan en definitiva de una verdadera obsesión por “poseer equipos de telefonía móvil de última generación, seguido por estados de ansiedad al no lograr poseerlos”. Puede reconocerse fácilmente una de las secuencias que caracteriza al consumismo que impera en la actualidad y en ese sentido, queda claro una vez que los padres juegan un rol central en la formación de sus hijos también en esta faceta del desenvolvimiento habitual.

Nótese que todavía no hablamos de los factores sanitarios. Sobre este costado de la problemática, el Informe Steward que se elaboró en Gran Bretaña, fue contundente: “(…) creemos que se debería desaconsejar el uso generalizado de teléfonos móviles por parte de los niños para la realización de llamadas no esenciales. También recomendamos que la industria de la telefonía móvil se abstenga de promover el uso de teléfonos móviles entre los niños”. El tema da para más, pero creemos que los conceptos aquí vertidos alcanzan para encender lucecitas de alarma.

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