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La guerra también destruye historia

En los últimos días, Rusia y Estados Unidos parecen buscar un acuerdo que permita finalizar con la tremenda sangría que tiene lugar en Siria. Ojalá las grandes potencias tengan la capacidad de poner fin a la tremenda mortandad pero según las voces que llegan de Medio Oriente, el grado de destrucción que se desató sobre el país no permitirá una vuelta normalidad salvo en décadas.

En efecto, horas atrás pesos pesado de la política estadounidense y rusa dieron a conocer una propuesta en Moscú, que básicamente procura sentar en una mesa de negociaciones al gobierno sirio con la oposición armada. El entendimiento parece muy difícil y habrá que ver qué mapa finalmente se diseña ya que de hecho, Siria sufre una considerable fragmentación territorial.

El objetivo más importante y perentorio es que cese el fragor de las armas para que al término de los combates, la “comunidad internacional” pueda poner en marcha un programa para la reconstrucción. La población siria aguarda con resignación que vuelvan a funcionar las redes comunicacionales, la provisión de gas, agua y energía eléctrica, además de los teléfonos.

Con la llegada de las inversiones extranjeras, seguramente se recuperarán las infraestructuras más básicas y muy probablemente, las nuevas instalaciones superen en tecnología a las que dejaron de funcionar a fuerza de bombazos. Pero los estragos irrecuperables que dejará el conflicto sirio tienen que ver con el otrora exuberante patrimonio artístico e histórico que atesoraba el país y que ahora, se redujo a tristes ruinas.

Antes del estallido de los enfrentamientos, Siria era el país de Medio Oriente que más riqueza arquitectónica y artística albergaba en términos históricos. Su posición geográfica en el oriente del Mediterráneo y el occidente de Asia, le hizo funcionar durante al menos cuatro milenios como un espacio de encuentro entre distintas civilizaciones. El año pasado, la UNESCO advirtió a través de su directora general, el peligro que corrían los miles de yacimientos arqueológicos que se encuentren en jurisdicción siria, a las vez que los seis sitios que la organización internacional considera Patrimonio de la Humanidad: las zonas arqueológicas de Idlib, la ciudad de Alepo, Palmira, el casco antiguo de Damasco, Bosra y el así llamado Krak de los Caballeros.

Inmediatamente antes de la conflagración interna, esos reductos se encontraban en condiciones relativamente buenas de preservación, ya que Siria no albergó con anterioridad guerras especialmente destructivas. Desde ya quienes tuvieron la posibilidad de visitar el país pero si no, todos quienes son adeptos a los documentales televisivos de divulgación o bien a la lectura, saben que en muchos rincones sirios y ciudades, abundan los tesoros históricos, que inclusive ni siquiera eran sujetos de explotación turística significativa.

Por eso, es muy lamentable que a comienzos del siglo XXI y como consecuencia de una guerra fratricida, la herencia de siglos o milenios sufriera una suerte de holocausto patrimonial y artístico. Como todavía no se acalla la voz de las armas, nadie está en condiciones de evaluar la magnitud de los destrozos que provocaron los combates, pero al menos tres de los lugares “Patrimonio de la Humanidad” recibieron el castigo bélico. Inclusive, sitios que están lejos de los núcleos urbanos fueron objetivo de la artillería.

Las denuncias que dieron a conocer varias organizaciones y especialistas en patrimonio histórico, acusan la existencia de una práctica generalizada, tanto entre los fuerzas del gobierno como entre sus antagonistas, que consiste en atrincherarse en los edificios monumentales. Por ejemplo, el Ejército utilizó las históricas ruinas de Palmira para instalar una base. Además, tanto oficialistas como rebeldes dispusieron a sus partidarios tras los muros de viejas joyas arquitectónicas como Alepo, Bosra, Al Mudiq y Al Rahba. La consecuencia no puede ser otra que la destrucción parcial o total. Además, tiradores se parapetan en antiguos mezquitas o iglesias e inclusive, se utilizaron excavaciones arqueológicas como trincheras. Fue el caso de Ebla, un yacimiento que acusa 5.000 años de antigüedad.

Sostienen las impotentes denuncias que especialmente llamativa fue la destrucción del minarete de la Mezquita de los Omeyas, en Alepo. Además, parece que el casco histórico de esa ciudad es apenas un grato recuerdo, inclusive su zoco, que era considerado el mayor de mundo sólo comparable con el de Estambul. Sus construcciones más antiguas databan del siglo XIV.

Por otro lado y más allá de los daños directos que provocan los combates, no es menor la calamidad que supone el saqueo de museos y yacimientos arqueológicos, al amparo de la confusión y el vacío de poder que supone el estado de guerra permanente. Según el cálculo que realizó Información Humanitaria, una organización que depende del Departamento de Estado estadounidense, el 97 por ciento de los bienes culturales se encuentra en zonas de guerra o de desplazamiento de población. A esa magnitud hay que sumar los 700 pueblos, villas y monasterios de valor histórico que ya sufrían abandono antes del conflicto ante la dejadez del gobierno sirio.

Como ya pasó en Irak, los robos se multiplicaron al amparo del caos. Por ejemplo, de la ciudad romana de Apamea desaparecieron mosaicos bizantinos. También existen denuncias sobre sustracciones de piezas en cuatro museos de importancia. Al parecer, en un primer momento las robos eran responsabilidad de vecinos, insurgentes o soldados, pero después comenzaron a funcionar bandas organizadas que trabajan para mafias internacionales. Como puede advertirse, la guerra no sólo “pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. También destruye historia.

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