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Necesidad de preservar los ecosistemas boscosos

Desde 1971 los miembros de la FAO, entre ellos la Argentina, aceptaron la celebración del Día Forestal Mundial el 21 de marzo, primer día del otoño en el hemisferio sur y primero de la primavera en el norte. Felizmente, de manera más reciente se cambió la denominación por la más adecuada de Día Internacional de los Bosques. La inaugural tenía más que ver con los intereses de la industria forestal que con la necesidad de preservar los ecosistemas boscosos.

Desde siempre, los bosques cumplen una función destacada en la historia de la humanidad. Milenio tras milenio, el crecimiento demográfico y el desarrollo implicaron como contrapartida la deforestación. El clima, la cultura, la tecnología y el comercio ejercieron una gran influencia en la aceleración o reducción del ritmo de deforestación e inclusive, en ocasiones llegaron a invertirlo.

Según las épocas, la interacción entre los humanos y los bosques varió en función de los cambios socioeconómicos. En ese sentido, la historia de la relación entre la humanidad y los bosques arroja varias enseñanzas. Una de ellas asevera que es muy estrecho el vínculo entre la destrucción de los bosques con el daño ambiental irreversible y el deterioro económico.

En nuestros días, los gobiernos se encuentran ante una gran paradoja que se observa plenamente en la Argentina. Mientras se sabe que los bosques, los productos forestales y los servicios eco-sistémicos son fundamentales, las tierras que ocupan los bosques son objeto de demanda por parte de diversos sectores productivos, en particular, la agroindustria. Históricamente, se advierte tanto la importancia como la dificultad de sostener los bosques y mediante el manejo forestal sostenible, encontrar un equilibrio entre la conservación y el uso.

Los bosques fueron y son fuentes de materia prima para la construcción, el transporte y la comunicación, fuente de alimentos y también de combustible. Nuestra región sabe bien que una vez que se desmontaran las superficies boscosas, se levantaron explotaciones agrícolas y ciudades. La búsqueda de nuevas provisiones de productos forestales sirvió de acicate al comercio, pero no olvidemos que la historia de la humanidad es también la historia de la deforestación. Ésta es capaz de provocar graves consecuencias ambientales e inclusive, el colapso de una sociedad.
Las formaciones boscosas con las que convivimos, llevan millones de años de evolución. La última gran edad de hielo, que finalizó hace unos 10 000 años, nos legó casi 6.000 millones de hectáreas de bosque, proporción que representa el 45 por ciento de la superficie terrestre del planeta. Desde entonces, los ciclos de variaciones climáticas continuaron con su influencia pero la actividad humana tuvo un efecto progresivamente mayor.

De aquella superficie original quedan 4.000 millones de hectáreas, que según la FAO, representan cerca del 31 por ciento de la superficie del planeta. Desde ya, el aumento progresivo de la población y de la actividad económica se expresan en una mayor capacidad de manipulación de la naturaleza. Ésta se puede apreciar fácilmente en el desmonte de los terrenos boscosos. Se entiende por deforestación al desmonte que se orienta a destinar los terrenos a otros usos o inclusive, a dejarlos yermos. Se trata de una de las modificaciones de la superficie terrestre más generalizadas e importantes, directa consecuencia de la actividad humana.

Se estima que durante 5.000 años, la desaparición total de terrenos forestales en todo el mundo ascendió a 1.800 millones de hectáreas, ritmo que supone un promedio neto de pérdida de 360 mil hectáreas por año. Pero el crecimiento demográfico junto con el auge de la demanda de alimentos, fibra y combustible, aceleró el ritmo de desmonte: en los últimos 10 años el promedio anual neto de desaparición de bosques llegó a los 5,2 millones de hectáreas, según la FAO.

El organismo de la ONU considera que la trayectoria de la deforestación a escala mundial marchó aproximadamente a la par que el crecimiento demográfico. Pero hay que recordar que el ritmo de deforestación superaba al crecimiento de la población antes de 1950. Desde entonces, la brecha empezó a disminuir. Ambas tasas (deforestación y crecimiento demográfico) suelen diferir de una región del mundo a otra y normalmente, aumentan en períodos de crecimiento económico y se estabilizan o incluso disminuyen cuando una sociedad alcanza cierto nivel de riqueza.
Hasta principios del siglo XX, las mayores tasas de deforestación se registraron en bosques de la zona templada, es decir, los que se sitúan en América del Norte, Asia y Europa. El desmonte de zonas forestales se debía sobre todo, a la expansión de la producción agrícola, pero también contribuían el crecimiento económico y el consiguiente uso generalmente insostenible de los bosques, con fines de extracción de materias primas y combustible.

La tendencia cambió en el siglo XX e incluso antes, en el caso de Europa. Neocolonialismo mediante, a mediados de siglo pasado la deforestación prácticamente cesó en los bosques de la zona templada pero al mismo tiempo, aumentó en los bosques tropicales del mundo. En la actualidad, el ritmo todavía es alto, en gran medida como consecuencia de las actividades económicas que se realizan en esas tierras. De ahí que combatir la deforestación, encierre un cuestionamiento implícito al paradigma económico en vigencia.

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