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“Ni otro premio que su libertad”

El 8 de febrero de 1785 nació Martín Miguel de Güemes, pero por esa costumbre mortuoria que prima en la Argentina, suele recordarse al salteño en coincidencia con la fecha de su muerte: el 17 de junio. Es más, se considera a la segunda de las fechas como Día Nacional de la Libertad Latinoamericana, aunque el concepto de Latinoamérica no existiera mientras el barbado se batiera frente a los maturrangos.

La gesta que tuvo que comandar el caudillo del Norte se inmortalizó más tarde con la expresión “guerra gaucha”, concepto que fue primero expresión de resistencia popular, más tarde libro de cuentos y por último, título de una película. El film se estrenó en Buenos Aires el 26 de noviembre de 1942, cuando el cine argentino se interesaba por las manifestaciones colectivas de los que nos precedieron.

Pensar esa “guerra gaucha” es imposible sin traer a colación su figura, hijo de una familia acomodada que ya durante las invasiones inglesas, se había jugado el pellejo. Años más tarde, cuando se produjo la Revolución de Mayo, formó parte del ejército patriota que cruzó armas con el enemigo en Suipacha. Desde 1814, seguían a Güemes sus paisanos, el gauchaje pobre de Salta y también, varios de los jóvenes que venían de la aristocracia.

Pese a la torpeza de los jefes porteños que enviaban de Buenos Aires, los escuadrones gauchos se las arreglaron para evitar que esa zona de las Provincias Unidas quedara en manos realistas. Cuando San Martín reemplazó a Belgrano al frente del Ejército del Norte, recorrió el teatro de operaciones y constató sobre el terreno las atrocidades que los hombres del rey cometían en los pequeños pueblos. Supuso y con razón el futuro jefe del Ejército de los Andes, que en esos caseríos palpitaba el ánimo de revancha y que siempre habría allí criollaje capaz de defender la Revolución. Con sus determinaciones, ratificó la conducta de Güemes.

El 3 de agosto de 1814, los contingentes al mando del salteño obligaron a los realistas a evacuar Salta. La guerra gaucha pasó a la ofensiva y meses después, el 14 de abril de 1815, los escuadrones patriotas hicieron morder el polvo de la derrota a los realistas en Puesto del Marqués. Para Güemes, el prestigio que supo ganar en el campo de batalla se materializó en influencia política y al mes siguiente, el Cabildo lo designó gobernador.

Durante su mandato, terminó de enemistarse con los pudientes de Salta, quienes según el mandatario, debían aportar en mayor medida a la guerra. Por aquellos tiempos, Buenos Aires quedaba muy lejos y es más, varios oficiales porteños de alto rango e inclusive funcionarios gubernamentales, no sentían el menor aprecio por ese joven audaz y demasiado autónomo.

No está de más apuntar que la Gesta de la Independencia fue sobre todo obra de los pueblos del interior, de salteños y jujeños, de mendocinos, sanjuaninos y puntanos, de orientales, santafesinos y entrerrianos. Buenos Aires y sus hijos rara vez estuvieron a la altura de las circunstancias, como quedó en evidencia al ordenar el Directorio el retorno del Ejército de los Andes, determinación que felizmente, San Martín desobedeció.

Al comprender que las provincias del Norte tenían que arreglarse solas, Güemes no se amilanó. A diferencia de otros ejércitos de la Independencia, el salteño se conformaba absolutamente por voluntarios. Era la gente, que se armaba con lanzas, boleadoras y herramientas agrícolas. Los fusiles y carabinas eran muy pocos. Los soldados eran “irregulares”, como sostiene la literatura militar clásica.

En una ocasión, un capitán español llegó hasta Güemes con un intento de soborno. El barbado respondió con tanta firmeza como elegancia: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con éstos únicamente espero a usted, a su ejército y a cuantos mande de España. Convénzanse ustedes de que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al más infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene acogida el interés, ni otro premio que su libertad (...) al pueblo que quiere ser libre no hay poder humano que lo sujete”.

Sin embargo, fue un coronel salteño quien conspiró con los sectores descontentos ante los empréstitos, el que ocupó Salta el 7 de junio de 1821. Antes de salir de la ciudad, el jefe patriota recibió un balazo y llegó gravemente herido a su campamento. Cuando 10 días después dejó de existir, toda Salta marchó para asistir a su entierro. En Buenos Aires, la prensa informaba feliz: “Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. ¡Ya tenemos un cacique menos!” No vale la pena ni recordar al miserable que escribió esas líneas.

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