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Miremos también el Índice Planeta Vivo

Ni la inflación ni el PBI: el Índice Planeta Vivo (IPV) mide la biodiversidad al recopilar datos de varias especies de vertebrados y al calcular el promedio con que aquella cambia. Si bien el IPV puede compararse con cualquier índice bursátil, en lugar de monitorear la marcha global de las acciones, es un importante indicador de la condición ecológica del planeta. Lleva adelante la tarea de actualizarlo el WWF (Fondo Mundial por la Naturaleza).

El IPV global se basa en información científica que procede del seguimiento de 14.512 poblaciones de 3.706 especies de vertebrados, es decir, mamíferos, aves, peces, anfibios y reptiles. Su evolución se da a conocer cada dos años y su última versión corresponde a 2016; de manera que, en 2018, deberán actualizarse las tendencias. En su más reciente actualización, el IPV global reveló que, entre 1970 y 2012, la población de vertebrados sufrió una disminución total del 58 por ciento.

Según el último informe Planeta Vivo del WWF, en promedio, el tamaño de las poblaciones de las especies de vertebrados disminuyó más de la mitad en poco más de 40 años. Sus datos dan cuenta de un declive anual del 2 por ciento en promedio y aún no hay señales de que la tasa tienda a disminuir. La base con que cuenta el IPV crece de manera continua: entre el informe 2014 y el 2016, se incorporaron 668 especies y 3.772 poblaciones nuevas.

Hay que considerar que, hasta el momento, la base se restringe a las poblaciones de las especies de vertebrados, aunque están en desarrollo métodos para incorporar invertebrados y plantas. Pero, más allá de los números –pavorosos por cierto-, haremos bien en incorporar ciertos conceptos para la mejor comprensión de la evolución de la biodiversidad. En este sentido, el WWF nos explica que si las poblaciones están en peligro o no, depende de la resiliencia de las especies, la localización y el carácter de las amenazas.

El IPV cuenta con información sobre las que afectan a cerca de un tercio de las poblaciones (3.776): más de la mitad (1.981) están en disminución. La más común contra las poblaciones menguantes es la desaparición y degradación del hábitat, concepto que se refiere a la modificación del entorno en que viven las especies, ya sea porque se elimina por completo, se fragmenta o porque disminuye la calidad de las características clave del hábitat.

En el listado de atentados, encontraremos varios que nos resultarán familiares a los argentinos y argentinas: la agricultura insostenible, la tala de árboles, el transporte, el desarrollo residencial o comercial, la producción energética y la minería. En términos más específicos, los golpes más habituales contra los hábitats de agua dulce son la fragmentación de los ríos y arroyos, además de la extracción de agua.

No muy lejos en el ranking de amenazas sigue la sobreexplotación de las especies, ya sea directa o indirecta. La primera comprende la caza insostenible, la caza furtiva y la recolección, bien sea para la subsistencia o el comercio. En tanto, la sobreexplotación indirecta se produce cuando se mata sin intención a especies que no son objetivo de la búsqueda, como sucede con la captura incidental de las pesquerías.

Después hay que contabilizar a la contaminación, que afecta directamente a las especies cuando convierte el entorno en un medio inadecuado para su supervivencia. El ejemplo más típico es el que proporcionan los derrames de petróleo… No obstante, la contaminación puede afectar a las especies de manera indirecta, cuando afecta su reproducción o la disponibilidad de alimentos. En consecuencia, las cifras de la población decrecen con el paso del tiempo.

Otra amenaza superlativa es la que provocan especies invasoras y enfermedades. Sobre el primero de los problemas nos enseñó, hace décadas, Eduardo Rapoport, el gran biólogo barilochense que falleciera el año pasado. Básicamente, se produce cuando las especies invasoras compiten con las nativas por espacio, alimentos y otros recursos. Pueden convertirse en predadoras para las especies nativas o diseminar enfermedades que antes no existían en el entorno. Por su parte, los humanos también transportan enfermedades de un sitio a otro del planeta. Desde 1492, América supo bastante del asunto.

La última amenaza de la nómina es, a nuestro entender, la madre de las precedentes: el cambio climático. A medida que cambie la temperatura, algunas especies deberán adaptarse y modificar sus rangos para identificar los climas más apropiados. Los cambios pueden crear confusión sobre los fenómenos estacionales, como la migración y la reproducción. Al provocar desconcierto, puede desfasarse la reproducción en relación al período de mayor disponibilidad de alimentos, con consecuencias indeseables. Veremos qué dice la versión 2018 del IPV… No hay demasiadas razones para albergar optimismo.

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