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La “guerra global contra el terrorismo” lo multiplica

Con la excusa de su “guerra global contra el terror”, en 2002 tropas estadounidenses invadieron Afganistán al frente de una coalición de la OTAN. 16 años después, la presencia norteamericana no sólo se perpetúa en aquel enclave del Asia Central: se cuentan en 76 los países que de manera directa o indirecta, son parte de la vorágine guerrera que Washington profundiza, gobierne quien gobierne desde la Casa Blanca.

Hay que hacer un poco de historia reciente. Después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos lanzó su ofensiva contra el terrorismo. Por entonces, sólo Afganistán estaba en la mira. Se trataba del mismo escenario donde por una década, el Pentágono había librado una guerra indirecta con la Unión Soviética a través del financiamiento, equipamiento y respaldo que otorgó a varios grupos islamitas, entre ellos, el que integraba Osama Bin Laden.

En aquella coyuntura clave, buena parte de Afganistán estaba bajo el régimen talibán aunque algunas regiones permanecían fuera de su control. A comienzos de 2002, Bin Laden huyó a Pakistán, los talibanes resultaron rápidamente derrotados y dio la impresión de que el asunto terminaba. Sin embargo, mientras George Bush anunciaba la victoria, al mismo tiempo pergeñaba el ataque contra Irak, donde por entonces no se registraba presencia de Al Qaeda ni de ningún otro grupo fundamentalista armado.

La historia lejos está de finalizar. En los hechos, la guerra que sostiene Estados Unidos en Afganistán hace rato que es la más larga en su trayectoria. Con Trump en la Casa Blanca, la cantidad de efectivos estadounidenses se incrementó, al igual que los ataques aéreos contra posiciones “terroristas”. Si bien los talibanes controlan regiones importantes del país, en los últimos años proliferaron colegas suyos que ostentan la franquicia Daesh (Estado Islámico), sobre todo en el Este. Pero además, según el informe más reciente del Pentágono al respecto, operan más de 20 grupos “terroristas o insurgentes”, no sólo en Afganistán sino también en Pakistán.

Si nos limitamos a las simples matemáticas, veremos que después de 16 años de “guerra global contra el terror”, ésta sólo sirvió para multiplicar. El Proyecto Costo de la Guerra (CWP por sus siglas en inglés) funciona en el marco del Instituto Watson para los Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad Brown. A esa iniciativa debemos la elaboración de una representación gráfica que permite comprender de manera cabal la extensión del antiterrorismo estadounidense.

El informe y su mapa abarcan el período 2015-2017. Las dos herramientas compilan la amplitud de las guerras “contra el terror” que Washington despliega en buena parte del planeta con el desglose de sus efectivos, las misiones de adiestramiento hacia fuerzas armadas de otros países, las bases estadounidenses que posibilitan la presencia militar y los ataques aéreos, sean con drones o con aviones convencionales.

El mapa indica que un conjunto cada vez más complejo de conflictos interrelacionados es hoy un fenómeno eminentemente global, cuando en 2001 lejos estaba de ofrecer ese carácter. Se extiende desde Filipinas, atraviesa el Sur de Asia, sigue por Oriente Medio, transcurre por el Norte de África y penetra profundamente en África occidental, donde hace poco murieron cuatro efectivos estadounidenses al caer en una emboscada, en Níger.

A fines de 2017, según el CWP son 76 los países que están involucrados en la ofensiva permanente de Estados Unidos, nada menos que el 39 por ciento de la geografía planetaria. Entre ellos, obviamente Afganistán, Siria e Irak, pero también Yemen, Somalia y Libia, donde los bombardeos de la Fuerza Aérea estadounidense son cosa de todos los días. Además, en varios de esos sitios, a través de las Fuerzas de Operaciones Especiales, la infantería entró en combate directa o indirectamente.

El informe comprende a los lugares donde se registran asesores militares estadounidenses que adiestran a fuerzas armadas locales o inclusive, a grupos irregulares. El interés principal del Proyecto Costo de la Guerra se declama en su denominación: cuánto le cuesta al contribuyente estadounidense la aventura global contra el terrorismo. En noviembre último, se cuantificó esa friolera en 5,6 billones de dólares pero el propio Trump en uno de sus tuits afirmó que “después de haber gastado tontamente siete billones en Oriente Medio, ¡ya es tiempo de empezar a reconstruir nuestro país!” Sin embargo, su política concreta va en sentido contrario.

En 2002 era un país, 16 años después son 76 y la cuenta sigue. En ese lapso, grandes ciudades quedaron reducidas a escombros, decenas de millones de humanos abandonaron sus hogares, millones de refugiados cruzaron fronteras en condiciones penosas, se desestabilizaron varios Estados y algunos grupos terroristas se convirtieron en “marcas”. Aquella “guerra global” multiplica al terrorismo en lugar de ultimarlo, porque lo necesita para la justificación de su existencia. ¡Siete billones de dólares!

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