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Contrarrestar las máquinas de homogeneización

La Convención para la Protección de la Diversidad de los Contenidos Culturales y de las Expresiones Artísticas de la UNESCO se aprobó en 2005. Hasta ese momento, no se contaba para el rubro con un instrumento internacional de carácter vinculante, de carácter similar al Convenio sobre Diversidad Biológica. Sólo existía la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural (2001).

Su aprobación se llevó a cabo en un marco que era y es cada vez más preocupante. Desde 1947, con la aprobación del GATT, comenzó un proceso de impulso al libre comercio que, después de la crisis de 2008, retomó impulso de manera notable. Como resultado, la ideología del neoliberalismo se proyectó desde el ámbito de las mercaderías a la esfera de los servicios e, incluso, la propiedad intelectual.

Precisamente, en 1995, entró en vigor el Acuerdo sobre los Aspectos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), de cumplimiento obligatorio para todos los países miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC), entre ellos, la Argentina. La introducción del asunto en los acuerdos de comercio internacional fue iniciativa de Estados Unidos. Su objetivo fue proteger las inversiones y el libre comercio, nunca las consecuencias sociales o culturales del proceso.

En la práctica, el Acuerdo sobre los ADPIC compromete las soberanías nacionales en función de los intereses empresariales. De hecho, el instrumento constituye un enorme obstáculo frente a las obligaciones que adquirieron los Estados cuando firmaron el Convenio sobre Diversidad Biológica. Según este convenio, las partes se obligaron precisamente a la conservación de la diversidad biológica y al uso sostenible de sus componentes. Pero, también, al reparto justo y equitativo de los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos, a través de un acceso correcto a los mismos y a la transferencia apropiada de las tecnologías pertinentes.

No obstante, el Acuerdo sobre los ADPIC marcha en sentido contrario porque exige a los gobiernos que protejan estos usos a través de un sistema de propiedad intelectual que se basa en monopolios privados y exclusivos. En consecuencia, así no es posible la redistribución de los beneficios por la utilización de la biodiversidad. Menos aún su conservación y uso sostenible.

Mientras el Convenio sobre Diversidad Biológica exige a los firmantes que protejan y fomenten los derechos de las comunidades, los agricultores y los pueblos indígenas en la utilización de sus recursos biológicos y la salvaguardia de los conocimientos tradicionales, el Acuerdo sobre los ADPIC se basa en sistemas de patentes occidentales y entonces carece de fórmulas que reconozcan las sabidurías ancestrales. Niega de hecho la existencia de derechos colectivos e ignora la acumulación de conocimientos empíricos milenarios.

A esta altura de los acontecimientos, resulta obvio que la aplicación de las leyes del mercado y la globalización afecta la diversidad cultural. El desarrollo tecnológico y, en especial, de las comunicaciones, colocó a muchas culturas en riesgo de extinción en lugar de facilitar el acceso al patrimonio espiritual de la humanidad. Por otra parte, tenemos la difusión de una cultura falsa y “estandarizada”, sin visos de autenticidad y que es fabricada en los centros de poder cultural para su consumo pasivo.

El régimen de Propiedad Intelectual, que debería tener como objetivo principal proteger la creación y ofrecer una recompensa a los autores, se aleja cada vez más de este propósito y, en la práctica, es un instrumento para titulares que no crean nada salvo inversiones. En alianza con los acuerdos de libre comercio, este sistema reafirma los desequilibrios que se generan por la acción del mercado y atenta contra la difusión y conservación de la diversidad de las culturas.

Habría que tener presente la experiencia del Convenio de Diversidad Biológica para evitar que la historia se repita. Si analizamos el Acuerdo sobre los ADPIC y el texto de la Convención para la Protección de la Diversidad de los Contenidos Culturales y de las Expresiones Artísticas, pueden constatarse graves conflictos. Se producen litigios entre quienes están interesados en defender los derechos humanos -en este caso, los culturales- ante el avance de las políticas y los acuerdos comerciales.

Es que el régimen actual retribuye sólo en función de la aceptación o no en el mercado. En rigor, éste se encuentra cerrado a la participación natural y legítima de todas las culturas por la acción de la publicidad, la concentración de los medios de comunicación y de las industrias culturales en manos de las transnacionales. Son monopolios del entretenimiento, que funcionan como máquinas de homogeneización. Es decir, todo lo contrario a la diversidad. En la Argentina, si bien los avances durante el período anterior no fueron tan significativos como se quiso, está claro que en el presente se viven considerables retrocesos.

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