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Preservar montañas no es sólo asunto de montañeses

Si bien es el entorno que más caracteriza a Bariloche junto con el bosque, solemos pasar por alto la importancia que tienen las zonas montañosas en varios aspectos. Casi mil millones de personas viven precisamente en espacios de montaña y más de la mitad de la población del planeta depende de ellas para abastecerse de agua, alimentos y energías renovables. Sin embargo, los problemas que sufren son múltiples.

Las montañas están seriamente amenazadas por el cambio climático, la degradación de los suelos, la sobreexplotación y los desastres naturales. Las consecuencias combinadas de esos factores son potencialmente devastadoras y de largo alcance, no sólo para las sociedades que residen en las montañas o cerca de ellas, sino también para el resto de la humanidad. A escala internacional, se considera que los ambientes montañosos son los que primero acusaron el cambio climático.

Nos consta… Cuando aún no se hablaba fuera de los ámbitos científicos del calentamiento global, el glaciólogo Sigfrido Rubulis visitaba redacciones y radios para avisar sobre el fenómeno que se avecinaba. El legendario Sigfrido residía en la zona del lago Mascardi y trabajaba para la Autoridad Interjurisdiccional de Cuencas. Valiéndose simplemente de un registro fotográfico que llevó durante varios años de manera paciente, los hombres de prensa podíamos observar cómo los glaciares del Tronador se retiraban paulatinamente.

Aún no entendíamos muy bien de qué se trataba porque a mediados de los 90, las advertencias sobre el cambio climático aún no salían del mundillo académico, pero las montañas cercanas a Bariloche avisaban tempranamente sobre los sucesos que tenían lugar. Sólo hacía falta una mirada perspicaz para dar cuenta, como la del fallecido científico de origen letón, más barilochense que europeo. Hicimos bien en escucharlo.

Algo más de dos décadas después, está claro que a medida que el globo terráqueo se calienta, los habitantes de las alturas se enfrentan a más dificultadas para sobrevivir. Entre aquellos mil millones de personas que apuntábamos, se encuentran las más hambrientas y pobres del mundo.

Para volver a Rubulis, digamos que el aumento global de las temperaturas significa que los glaciares de montaña se derriten a niveles sin precedentes y así, afectan los suministros de agua dulce de millones de personas.

Los pueblos de las montañas acumularon durante generaciones una gran cantidad de conocimientos y estrategias que les permiten adaptarse a las variaciones climáticas. No obstante, en el presente de calentamiento global, variabilidad climática y desastres que tienen que ver con el clima, en combinación con la marginación política, económica y social, aumentan la vulnerabilidad de aquellos pueblos, frente a la escasez de alimentos y la pobreza extrema.

En la actualidad, se estima que alrededor del 39 por ciento de la población de montaña en los países en desarrollo, es decir, 329 millones de personas, sufren inseguridad alimentaria. A medida que crece la vulnerabilidad, la migración aumenta tanto hacia el extranjero como hacia centros urbanos. Quienes permanecen son a menudo las mujeres, que se quedan al cuidado de los cultivos y el ganado. Lamentablemente, cuentan con escaso acceso a los créditos, formación y derechos de tenencia de la tierra.

De manera simultánea, la emigración desde las zonas de montaña también da lugar a una pérdida inestimable de servicios eco-sistémicos, a la vez que atenta contra la preservación de la diversidad cultural y agro-biológica. Sin embargo, hay que tomar nota porque las inversiones y las políticas pueden aliviar las duras condiciones de vida de las comunidades de montaña y revertir las tendencias migratorias.

Las consideraciones precedentes vienen a cuento porque ayer se conmemoró el Día Internacional de las Montaña, cuya celebración cada 11 de diciembre brinda la oportunidad de destacar cómo el clima, el hambre y la migración afectan a las tierras altas. También para reclamar que el desarrollo sostenible de las montañas se integre en la Agenda 2030 y en la aplicación del Acuerdo de París. Con esos cometidos, desde ayer y hasta mañana, se lleva a cabo la Reunión Global de la Alianza para las Montañas, en la sede de FAO.

La reunión tenía previsto enfocarse en los retos y oportunidades que se relacionan con el desarrollo sostenible de las montañas. Prevé establecer políticas que fortalezcan la resiliencia de los pueblos y entornos montañosos. El tema que se puso de relieve en la edición 2017 fue “Montañas bajo presión: clima, hambre, migración”. Consideremos que cubren el 22 por ciento de la superficie de la Tierra y que en ellas habita el 13 por ciento de la población mundial. Además de sustentar a 915 millones de habitantes de las alturas, también benefician a miles de millones de personas que viven en tierras más bajas. Su preservación no es asunto de los montañeses, solamente.

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