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Empezar a preguntar de dónde proviene la carne

Se sabe hace rato: la producción industrial de carnes y sus derivados se convierte en un gran problema de contaminación ambiental. Además, implica situaciones de despojo, tanto de tierras como de agua. A escala global, es también uno de los mayores factores de cambio climático y el principal destino de los cultivos transgénicos. En la Argentina sabemos de qué se habla, porque una proporción significativa de la soja que aquí se cultiva es de carácter forrajero.

Quizás haga falta precisar las cosas para que los patagónicos entiendan la cabal dimensión del asunto. El campo de la Argentina se caracterizó durante décadas por la presencia de animales vacunos y en menor medida ovinos, que pastaban libremente y elegían según sus instintos la mejor calidad para su alimentación. Pues bien, esa imagen tiende a desaparecer globalmente y la industria de la carne camina a transformarse en un aparato que tiene mucho de monstruoso.

Precisamente, la cría industrial se caracteriza en la actualidad por el confinamiento de animales, práctica que implica metodologías más crueles aún que la tradicional del matadero. Al increíble hacinamiento, hay que sumarle la enorme cantidad de antivirales y antibióticos que se aplican. En verdad, los criadores industriales de pollos y cerdos ya parieron nuevas enfermedades, tanto para los animales como para los humanos: la gripe aviar y también la porcina, cuyos orígenes fueron disimulados con denominaciones estrambóticas por parte de la OMS. La última fue claramente localizada en Perote, localidad de Veracruz (México), en particular, en las instalaciones de Granjas Carroll.

Nos parece que hay que hacer circular determinados datos sobre la industria de la carne porque no se trata de ecologismos, izquierdismos u otros ismos. Más bien, de la vida de quienes consumen carne, de la naturaleza y del medioambiente. Por ejemplo, recientemente trascendió el “Atlas de la Carne”, una publicación en la que colaboraron varios investigadores y organizaciones.

La publicación toma a las Granjas Carroll de México como caso paradigmático de los impactos y modus operandi que caracterizan a la industria de la carne. En 1994, la empresa pasó parcialmente a manos de Smithfield Company, trasnacional estadounidense que por entonces, era la mayor productora mundial de carne de cerdo. Al desembarcar en México aumentó su producción y además, pudo esquivarle el bulto a varias demandas millonarias que afrontaba por la contaminación que habían provocado sus instalaciones en Estados Unidos.

Desde ya, cruzó el río Bravo gracias a la falta de regulación y fiscalización que derivan de los acuerdos de libre comercio que habían celebrado México y Estados Unidos a comienzos de los 90. Como consecuencia, las protestas de los pueblos vecinos a sus instalaciones no pasaron a mayores, ya que los gobiernos locales de Puebla y Veracruz hicieron filas rápidamente con la trasnacional, con los argumentos de siempre: puestos de trabajo, inversiones extranjeras, crecimiento de la economía y demás. Que se envenenaran los suelos, el agua subterránea y el aire, no importó demasiado para las autoridades y menos aún para los empresarios.

El capítulo más reciente de historia tan tenebrosa se escribió en 2013, cuando la compañía china Shuanghui adquirió Smithfield. La primera es la mayor procesadora de carne de ese país. La operación es típica en el funcionamiento actual de la economía global: megaempresas alimentarias de Brasil, India o China adquieren compañías de producción, faena y procesamiento de carnes, lácteos y huevos en todo el mundo.

En la actualidad, la brasileña JBS SA es la mayor productora global de carne vacuna y luego de la adquisición en 2013 de Seara Brasil, la mayor productora global de aves. La empresa está entre las 10 procesadoras de alimentos más grandes del planeta y es líder en capacidad de faenado.

Supera en ingresos anuales a los gigantes históricos de la industria alimentaria, como Unilever, Cargill o Danone.

JBS tiene capacidad para faenar diariamente 85 mil cabezas de ganado bovino, 70 mil cerdos y 12 millones de aves, que distribuye en 150 países. En volumen, siguen después Tyson Foods y Cargill. La última disfruta del 25 por ciento del mercado de la carne en Estados Unidos y es la mayor exportadora del rubro en la Argentina. En cuarto lugar aparece otra compañía del vecino país: Brasil Foods (BRF).

El panorama se caracteriza por el predominio de compañías trasnacionales. En las últimas dos décadas, éstas desplazaron a productores nacionales, tanto pequeños como medianos. Pero lejos de atenuarse el proceso, los grandes actores de la industria de la carne buscan escalas de operación cada vez mayores. La concentración se da en dos niveles: a través de fusiones y adquisiciones que dan como resultado empresas cada vez más grandes, y mediante la intensificación de la producción. Detrás de este objetivo, aceleran el crecimiento de los animales de manera artificial, extienden los centros de cría, aumentan la cantidad de cabezas por superficie y también el ritmo de procesamiento.

En la Argentina, en materia de carne vacuna, la modalidad se expresa a través de los “corrales de engorde” o “feedlots”, metodología que se importó en forma simultánea a la expansión del monocultivo de la soja e inclusive supo contar con el respaldo del gobierno nacional. La metodología se basa en la alimentación a través de forrajes industriales que en el caso argentino, desde 1996 a la actualidad implicaron la sustitución de diversos cultivos por soja y maíz transgénico.

En la actualidad, el 98 por ciento de la producción global de los dos granos se utiliza para forraje y para otras pocas aplicaciones industriales. Precisamente, en un país donde el maíz es culturalmente emblemático como México, las empresas importan maíz genéticamente modificado para su utilización como forraje para la cría industrial de vacunos y cerdos. La práctica se lleva a cabo inclusive cuando la producción de maíz no transgénico arroja excedentes.

De más está decir que las grandes instalaciones de cría animal industrial eliminan fuentes de ingreso para millones de campesinos y pequeños ganaderos a escala mundial, al tiempo que reducen las opciones de los consumidores. Aumentan las ganancias de trasnacionales, accionistas e inversores, mientras ponen en riesgo la salud, causan sufrimiento animal, eliminan la diversidad de razas, minan la seguridad y soberanía alimentarias, contaminan y abusan del agua, entre otros impactos. Hay que empezar a preguntar de dónde proviene la carne que consumimos diariamente.

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