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Desarrollo rural para incidir sobre la migración

La conclusión es tan del sentido común que llama la atención su irrupción un tanto tardía: si las potencias occidentales tienen reales intenciones de actuar sobre el drama de la migración, deben invertir en la seguridad alimentaria y el desarrollo rural de los países expulsores de población. El concepto se amplificó en coincidencia con el reciente Día Mundial de la Alimentación, que se conmemoró el pasado lunes (16 de octubre).

Como sabemos, los movimientos humanos son constantes en la actualidad del planeta. A raíz del incremento de los conflictos y la inestabilidad política, se vieron obligadas a huir de sus hogares más personas que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. También hay que tener en cuenta el hambre, la pobreza y un aumento de los fenómenos meteorológicos extremos que tienen que ver con el cambio climático, como factores que profundizan las migraciones.

Los grandes desplazamientos de población significan desafíos complejos que exigen una acción a escala mundial. Muchos de los migrantes llegan a países de los que están eternamente “en vías de desarrollo” y entonces, crean más tensiones donde los recursos ya son escasos. Sin embargo, la mayoría se movilizan dentro de sus propios países: se trata de 763 millones de personas. En Bariloche conocemos bastante del fenómeno.

A escala global, tres cuartas partes de las personas que están en situación de pobreza extrema basan sus medios de subsistencia en la agricultura u otras actividades rurales. Entonces, la creación de condiciones que permitan a las poblaciones rurales permanecer en sus hogares, será un componente crucial a la hora de elaborar cualquier plan que aborde el problema migratorio. Sobre todo, en dirección a los jóvenes.

El desarrollo rural puede enfrentar las situaciones que obligan a la gente a trasladarse a través de la creación de oportunidades de negocios y puestos de trabajo. No sólo en los cultivos, sino también en la pequeña producción lechera o avícola, el procesamiento de alimentos o las empresas de horticultura. Claro que si como en el caso argentino, el propio Estado impulsa los monocultivos, la migración desde el campo no se podrá interrumpir.

De la misma manera, es posible transitar hacia una mayor seguridad en la alimentación y hacia modos de vida más dignos. Las políticas públicas e interestatales tienen que contemplar mejores accesos a la protección social, una reducción de los conflictos que derivan de la escasez de recursos naturales y soluciones a la degradación del medio ambiente, al igual que tender a frenar el cambio climático.

Al invertir en desarrollo rural, la comunidad internacional y cada uno de los países pueden aprovechar el potencial de la migración para apoyar el desarrollo y aumentar la resiliencia de las comunidades, tanto de acogida como las desplazadas. Pensar en términos de desarrollo rural y actuar en consecuencia, sienta las bases para una recuperación a largo plazo y un crecimiento inclusivo y sostenible.

La urgencia de invertir en desarrollo rural se explica, entre otros factores, porque en 2015 se contabilizaron 244 millones de migrantes internacionales, es decir, 40 por ciento más que en 2000. En 2013 se estimó en 763 millones el número de personas que se trasladaron dentro de las fronteras nacionales. Queda claro entonces que hay más migrantes internos que internacionales. Alrededor de un tercio de los segundos tiene entre 15 y 34 años. Casi la mitad son mujeres.

En 2015, los migrantes enviaron más de 600 mil millones de dólares en remesas a sus países de origen. Entre ellos, los países en desarrollo recibieron cerca de 441 mil millones de dólares, casi tres veces la cantidad que asume la asistencia oficial para el desarrollo. Por otro lado, gran parte de los migrantes proviene de zonas rurales, donde más del 75 por ciento de los pobres y de la población que padece inseguridad alimentaria depende de la agricultura y de los medios de subsistencia que se basan en recursos naturales.

La mayoría de los migrantes, sean internacionales o internos, provienen de Oriente Medio y del Norte de África, Asia Central, América Latina y Europa del Este. En 2015, más de 65 millones de personas tuvieron que desplazarse en el mundo de manera forzosa a raíz de conflictos y persecuciones, entre ellas, más de 21 millones de refugiados, 3 millones de solicitantes de asilo y más de 40 millones de desplazados internos.

Llamará la atención saber que un cuarto de los refugiados mundiales reside en sólo tres países: Turquía, Pakistán y Líbano. Por otro lado, en 2015 más de 19 millones de personas fueron desplazadas internamente a raíz de desastres naturales. Para incidir en la marea de acontecimientos, apuntalar el desarrollo rural presenta varias posibilidades.

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