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Consumir de manera responsable

Somos básicamente, consumidores. En términos sociales, la operación de consumir es la que más veces realizamos. Apenas nos despertamos, comenzamos a demandar energía eléctrica -en realidad, no dejamos de hacerlo durante toda la noche-, gas y probablemente, alimentos. Luego, seguimos con el consumo, ya sea del servicio de transporte o de combustibles, si es que contamos con un vehículo. Y así durante el resto del día.

Se trata de la función económica más determinante para el funcionamiento del circuito productivo del país y del mundo. Nuestra importancia como consumidores es tal, que para ningún otro aspecto de la vida se nos guía con tanta insistencia a través de la publicidad. Indirectamente, el bombardeo publicitario deja en claro el poder con que contamos en tanto consumidores.

La noción de consumo responsable se vincula con la necesidad de reapropiarnos de la voluntad de decisión y revalorizar el poder que tenemos para incidir en las decisiones empresarias que pueden ir en contra de nuestros intereses. Estamos en condiciones de actuar en dos direcciones: por un lado para inducir a productores y comerciantes a abandonar comportamientos incorrectos. Por otro para demostrar cómo se organizaría el cambio y reforzar el sistema productivo y comercial correcto. El boicot es el instrumento para el primer caso, el consumo crítico para el segundo.

Periódicamente, en países como Italia se declaran huelgas generales de consumidores para protestar contra al aumento desmedido de los precios. Las medidas se iniciaron cuando entró en vigencia el euro en reemplazo de la lira. En aquella ocasión, se produjo un acomodamiento lógico en los precios pero los consumidores protestaron porque el incremento superó el desfase entre ambas divisas. Dijeron basta y por un día, no compraron nada de nada.

El boicot se utiliza desde hace varios años en diversos países occidentales como instrumento de presión. En Estados Unidos hay incluso dos revistas, “The Boycott Quarterly” y “National Boycott News”, que se dedican al asunto. Las publicaciones clasifican los tipos de boicot: están los que derivan de motivaciones que se relacionan con los derechos humanos, por ejemplo, aquellos que se dirigen a regímenes opresores y racistas. También se produjeron boicots contra empresas que producen armamento nuclear o armas de juguete. Asimismo, se registraron casos en que se organizaron contra patronales que atropellan los derechos sindicales de sus trabajadores. Los de índole ecologista tienen que ver con la defensa de las selvas tropicales u otros espacios naturales, aunque también se protesta en defensa de determinados animales. Es célebre el caso de la pesquera Heinz, que durante la pesca del atún produce como daño colateral una matanza importante de delfines. Entonces, se invita lisa y llanamente a no consumir productos de esa marca.

Pero nuestra responsabilidad como consumidores no puede limitarse a boicots ocasionales, sino que debe ejercerse día a día a través del consumo crítico. Este concepto tiene que ver con escoger meticulosamente en base a dos criterios: la historia del producto y la conducta de la empresa productora. Para hacer del consumo un acto responsable, deberíamos informarnos del origen, los mecanismos de producción y distribución de los productos consumidos; averiguar las condiciones laborales bajo las que se han producido; enterarnos si su producción (mecanismos y materiales) supone una degradación ambiental; indagar sobre el comportamiento y conducta de las empresas productoras y distribuidoras; y manifestar con nuestra compra qué métodos aprobamos y cuáles condenamos.

El examen de las condiciones técnicas, del medio ambiente, de la conducta de la empresa productora, de las condiciones sindicales y sociales en las que el producto se obtuvo, es fundamental para tomar opciones de consumo responsables. Pero aunque como consumidores seamos capaces de plantearnos tales preguntas, el problema es que en la mayoría de los casos es casi imposible obtener las respuestas.

Allí está el asunto de los transgénicos. Obviamente, las respuestas no van a provenir de las propias empresas. ¿Cuál de las electrónicas confesaría que para producir microcircuitos descarga en el medio ambiente grandes cantidades de CFC, un gas dañino para la capa de ozono? ¿Cuál de las grandes textiles expondría el cartelito “obtenido con el trabajo casi gratuito de menores”?

Si bien en el país las asociaciones de consumidores todavía no incursionaron con decisión en el concepto de consumo crítico, ya se llevaron a cabo varias protestas que se asociaron con esta noción. Por ejemplo, cuando se convocó a apagar los teléfonos móviles al mismo tiempo para presionar a las compañías y mejorar sus tarifas. Hace unos años, cuando el precio del tomate insultaba la inteligencia además de los bolsillos, se impulsó una huelga de compradores y los resultados no se hicieron esperar. Pero el desafío de consumir en forma responsable se renueva cada vez que nos paramos frente a cualquier góndola.

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