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Volver a las bibliotecas

Para algunos de los periodistas que peinamos canas, Ryszard Kapuscinski fue una suerte de prócer. Producto de una época que no sabía de tanto vértigo, solía proclamar: “tomar cien páginas de notas para escribir una sola, leer 200 libros antes de escribir un nuevo libro”. Él escribió alrededor de 20, así que puede calcularse cuántos debió leer... En 2002, cuando nadie había soñado aún con las redes sociales y la permanente intromisión del WhatsApp en nuestras vidas, el polaco sostenía que “el grado de desarrollo tecnológico que han alcanzado las comunicaciones y la enorme concentración de capital en el negocio de los medios generan la creciente centralización en la distribución de las noticias. Esa suerte de unificación de medios condena a los lectores a la falta de fuentes alternativas”.


Kapuscinski coincidía con Tom Wolfe, el escritor estadounidense a quien se consideró uno de los padres del Nuevo Periodismo. Los dos pensaban que el exceso de información que cualquier lector, oyente o televidente recibe en tiempo real a través de los nuevos medios, produce el mismo efecto que las limitaciones informativas que rigieron durante los regímenes totalitarios o en los períodos de dictaduras militares. Es decir, la censura.

En nuestros días, la abrumadora mayoría de los hombres y mujeres que gozan de prestigio en los grandes medios de comunicación, apenas si leen unos cuantos diarios o publicaciones en las redes sociales por día. A pesar de esa evidente superficialidad, pretenden igual experticia al hablar de causas de corrupción contra el anterior gobierno, andares de personajes de la farándula, sondeos estadísticos sobre las próximas elecciones, probabilidades de clasificación de la selección de fútbol al Mundial de Rusia y más recientemente, de historia indígena.

“Leer 200 libros antes de escribir un nuevo libro”, recomendaba Kapuscinski. Murió hace 10 años y todavía nos enseña… En cambio, quién irá a recordar 10 años después de su fallecimiento a tanto comunicador social mediocre, cuya trayectoria sólo consistiera en elevar el precio de su conciencia. ¿Dónde leería el polaco sobre África, sobre Centroamérica o sobre Asia en su Polonia, en la época del control soviético?

Entre nosotros y ante tanto estereotipo suelto, sería interesante retornar a las bibliotecas. O incorporar ese hábito, si nunca se lo cultivó... Hoy es el Día del Bibliotecario y la Bibliotecaria, porque se recuerda la fecha en que se fundó la Biblioteca Pública de Buenos Aires, antecesora de la Biblioteca Nacional. Data del 13 de septiembre de 1810 cuando el gobierno revolucionario interpretó que entre las tareas que tenía que desarrollar, estaba la de constituir modos públicos de acceso a la ilustración, camino que se concebía como requisito ineludible para el cambio social. Ese concepto todavía tiene hoy vigencia.

Al frente de la Biblioteca hubo grandes nombres que a su manera, aportaron a la construcción de la trama cultural argentina: Marcos Sastre, Carlos Tejedor, José Mármol, Vicente Quesada, Manuel Trelles o José Antonio Wilde, entre otros. En el curso de su dilatada existencia, la institución se situó entre las más importantes experiencias literarias y las luchas que caracterizaron el devenir nacional, inclusive en la actualidad. Le tocó a Paul Groussac, precisamente uno de sus titulares, caracterizarla como lugar de “confluencia de las viejas corrientes literarias y políticas, y la formación de un nuevo espíritu de rigor argumental e investigativo”.

La Biblioteca se hizo Nacional recién en la década del 80 del siglo XIX, precisamente cuando se construía a pasos agigantados el Estado después la derrota de la Confederación, la Guerra de la Triple Alianza y la Campaña al Desierto. A partir de entonces, se erigió en reservorio patrimonial y cultural. Groussac protagonizó un período de modernización y estabilización, acorde con el clima de la época. Por gestión personal de su director, obtuvo un edificio exclusivo en México 564 (Buenos Aires).

Presencia importante a su frente fue la de Jorge Luis Borges. El autor de “La Biblioteca de Babel” supo instalarla como tema de pensamiento y literatura. Además, su gestión fue muy activa en la construcción del nuevo edificio, que se situó en la manzana que había alojado la residencia presidencial de Juan Perón y Eva Duarte. Los memoriosos recordarán que la sede fue objeto de una prolongada tarea arquitectónica, que arrancó en 1960. Periplo que recién finalizó en 1993, cuando se inauguró el edificio actual.

Adentrarse en su mundo supone meterse en la propia historia de la lectura en la Argentina y en las complejas tramas de sus pliegues simbólicos y materiales. Quienes vivimos a más de 1.640 kilómetros de su domicilio necesitamos la completa digitalización de su extenso catálogo, además de una vocación federal que se sostenga en el tiempo con presencia en las ciudades del interior. Asignatura del todo pendiente en la actual gestión gubernamental.

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