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Sarmiento, ¿padre del aula?

“La Inglaterra se estaciona en las Malvinas... Seamos francos: esta invasión es útil a la civilización y al progreso”. El autor de la frase precedente es Domingo Faustino Sarmiento, a quien curiosamente todavía consideramos prócer de la argentinidad y poco menos que sinónimo de educación. No sólo en el pasado, sino también en el presente Gran Bretaña nos disputa grandes extensiones geográficas, junto con los recursos naturales que allí se alojan.

Aquella apreciación del sanjuanino no se formuló en abstracto. La dio a conocer en el “El Progreso” durante 1842, cuando Londres y también París albergaban planes de establecer otro Estado tapón al estilo Uruguay, pero esta vez sobre Corrientes y Misiones, para propiciar sus anhelos de libre comercio. Frente a la permanente ofensiva de los poderes centrales, Sarmiento opinaba con absoluto desprendimiento: “El día que Buenos Aires vendió su escuadra hizo un acto de inteligencia que le honra. Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una Marina. Líbrenos Dios de ello y guardémonos nosotros de intentarlo”.

Cuando fue gobernador y presidente, Sarmiento se esforzó en llevar la educación a cada rincón, porque la entendía como elemento homogeneizador de los particularismos que él suponía que tenía que doblegar el Estado en formación. En primera instancia, los liberales como él procuraron que no quedaran ni vestigios del gauchaje federal que durante tantos años había combatido al centralismo y al unitarismo.

Cuando decimos ni vestigios, no se trata de una licencia poética. En una célebre carta que le mandó a Bartolomé Mitre en septiembre de 1861, aseveraba el “padre del aula”... “Se nos habla de gauchos. La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos”.

Aquella recomendación no fue un desliz. En otra carta de la misma época, para idéntico destinatario, confesaba el autor de “Recuerdos de provincia”: “Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil (sic)... Mientras haya un chiripa no habrá ciudadanos. ¿Son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripa y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden... Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas”.

Sarmiento fue una muestra de coherencia que siempre despreció al pueblo. “Si el coronel Sandes mata gente (en las provincias) cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición (los federales) que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor”. No puede disimularse: el prócer fue inspirador del genocidio que se cometió en la década del 60 contra los argentinos del interior, que lamentablemente para los políticos de Buenos Aires y sus aliados del interior, eran gauchos.

A Sarmiento, nada que tuviera que ver con América le venía bien. En relación con el pueblo mapuche, sólo se preocupó por su exterminio. Hacia 1876 se preguntaba en “El Progreso”... “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. Todo un canto a la humanidad.

Quienes todavía suponen que Sarmiento era un apasionado por la educación, seguramente se sorprenderán al toparse con este fragmento que pronunció en el Senado en los tiempos de Avellaneda. “Si algo habría de hacer por el interés público sería tratar de contener el desarrollo de las universidades. En las ciudades argentinas se han acumulado jóvenes que salen de las universidades y se han visto en todas las perturbaciones electorales. Son jóvenes que necesitan coligarse en algo porque se han inutilizado para el comercio y la industria. La apelación de doctor contribuye a pervertirles el juicio. El proyecto de anexar colegios nacionales a la universidad es ruinoso y malo, pues contribuirá a perturbar las cabezas de los estudiantes secundarios e inutilizarlas para la vida real que no es la de las universidades ni de los doctores. La educación universitaria no interesa a la nación ni interesa a la comunidad del país”. Si todavía se le brinda homenaje, es porque buena parte de su ideario está lamentablemente vivo.

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