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Son siete las R

Cuando comenzó a resultar evidente el proceso de deterioro ambiental que sufría la Tierra como consecuencia de los procesos económicos que practicamos, se empezó a difundir la metodología de las tres R, es decir, tres consignas que permitirían vivir en forma más armoniosa con la naturaleza: reducir, reutilizar y reciclar. Pues bien, como el camino de destrucción no sólo no se revirtió sino que además se profundizó, ahora son más las R.


Se trata de suponer pautas de consumo más justas, no sólo respetuosas hacia el medio ambiente, sino también de consecuencias más económicas. Ahora, se considera que las R son siete, a saber: reflexionar, rechazar, reducir, reutilizar, reciclar, redistribuir y reclamar. Los consumidores que puedan asumir las acciones precedentes, contribuirán a la preservación medioambiental, a lograr una mayor equidad y de paso, ahorrarán.

Es necesario que los consumidores nos asumamos como reflexivos y críticos. Los humanos, como los demás seres, formamos parte de un todo donde se dan múltiples interrelaciones, es decir, la naturaleza. Cualquier acción que anteponga el hipotético bienestar humano al equilibrio repercutirá de forma directa o indirecta en el bienestar actual y en el de las generaciones venideras. La información y la educación ambiental son claves para que los ciudadanos puedan repensar su manera de consumir.

Al rechazar, sería importante que los productos tóxicos, no biodegradables o no reciclables, queden afuera de la lista de compras. Se trata de artículos que suelen estar presentes en muchos ámbitos del hogar, así que hay que rechazar su uso y promover su sustitución por otros más respetuosos hacia el medio ambiente. La limpieza de la casa o el lavado de la ropa se pueden afrontar de manera ecológica sin recurrir a productos industriales. Hay que tener en cuenta que las etiquetas y la información al consumidor pueden ayudar a discernir cuáles productos habría que rechazar.

En cuanto a reducir: menos bienes, menos gastos, menos explotación de los recursos naturales, menos contaminación y menos residuos. No se trata de dejar de consumir, sino de pensar cada vez que llevamos a cabo esa operación tan cotidiana. Antes de adquirir un nuevo producto, conviene preguntarse si es necesario porque los consumidores podemos reducir el impacto ambiental de muchas maneras. Por ejemplo, al comprar sería preferible evitar los productos que vengan con un empaquetado excesivo. Siempre que se pueda, hay que optar por los tamaños grandes y los productos concentrados para generar menos basura y a la vez, ahorrar billetes.

Reutilizar tiene que ver con prolongar la vida útil de los bienes, actitud que contribuye al ahorro doméstico y disminuye el impacto ambiental. Por ejemplo, los envases o productos que implican “usar y tirar” son la antítesis del consumo responsable y ecológico. Al hacer las compras conviene llevar bolsas de tela o de otros materiales que permitan su uso prolongado y eviten las perjudiciales bolsas de plástico. Felizmente, en Bariloche se avanzó en este cometido...

La práctica de reciclar quizá esté más difundida, aunque nunca suficientemente. Resulta primordial separar los residuos de manera adecuada para su posterior reciclaje, como pregona hace años la ARB. La basura que se recicla no termina en los vertederos, que en todo el planeta están cada vez más saturados. Además, los materiales de desecho se aprovechan para elaborar nuevos bienes y así se evita la extracción de nuevas materias primas. En consecuencia, también se reduce el consumo de energía para su elaboración.

Sobre la necesidad de redistribuir entendemos bastante al Sur del mundo. Es que los desequilibrios entre los países ricos y pobres no sólo afectan a sus habitantes, sino también al medioambiente. La humanidad duplicó en los últimos 40 años su huella ecológica global, de manera que el consumo actual se basa en la utilización de los recursos de otros territorios o de generaciones futuras. Si todos viviéramos como un habitante medio de Estados Unidos o Emiratos Árabes Unidos, se necesitarían más de 4,5 planetas Tierra. El medioambiente y la humanidad no pueden soportar de manera indefinida el carácter insostenible de esta manera de entender el desarrollo, de manera que se impone redistribuir el consumo de manera equitativa.

Por último, como consumidores podemos y debemos asumir una participación activa en las actividades que influyen en la cotidianeidad. La ley ampara la posibilidad de reclamar y exigir actuaciones que contribuyan a mejorar el medioambiente y la calidad de vida de los ciudadanos. Las líneas de acción son muy diversas: reclamar a las instituciones más medidas para conservar y recuperar el medioambiente, reclamar más infraestructuras para poder reciclar, reclamar un mayor apoyo a los productos ecológicos y a las energías renovables, reclamar más productos reciclados y reciclables, reclamar más información medioambiental... La lista puede y debe continuar.

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