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Contra la xenofobia, ciudadanía universal

Desde 1949, la Argentina considera al 4 de septiembre como el Día del Inmigrante. Por entonces, probablemente se fijara la fecha ante la intención de reconocer el aporte a la cultura y la economía nacionales de tantos españoles e italianos. Como se sabe, las primeras oleadas de inmigrantes que recibió el país se caracterizaron por esa afluencia mayoritaria. Aquellas historias no estuvieron exentas de ribetes dramáticos, pero hoy hablamos de magnitudes impensadas un siglo atrás.

En la actualidad, las facetas que derivan de la inmigración son otras, no sólo desde la perspectiva nacional sino también a escala global. Si bien es cierto que siempre los seres humanos se movilizaron en la búsqueda de mejores horizontes, la situación del presente no reconoce antecedentes. Según estimaciones de Naciones Unidas se cuentan en 200 millones los inmigrantes que peregrinan alrededor del mundo. Es una cifra que ronda la población de Brasil...

Ese volumen registra un crecimiento importante. Hace poco menos de medio siglo, los inmigrantes totalizaban 76 millones. Sobre fines del siglo XX y comienzos del actual, las migraciones adquirieron características particulares. En primera instancia, es fácil advertir que tienen un sentido inverso a los movimientos que tuvieron lugar a fines del siglo XIX: en nuestros tiempos marchan de Sur a Norte.

Si antaño fue el Viejo Continente el exportador de mano de obra, en las décadas recientes se convirtió en destino de latinoamericanos, africanos y asiáticos. Éstos huyen del desempleo, la miseria o en el peor de los casos, de los conflictos violentos. Por otro lado, antes de la llegada de su actual gobierno, Estados Unidos funcionó como La Meca para buena parte de los emigrados. Allí viven cerca de 45 millones, en su mayoría oriundos de América Latina, especialmente de México.

La profundización del fenómeno generó varias consecuencias, entre ellas la reaparición de la xenofobia, inclusive en sitios como la Argentina. Nuestro país evidencia las dos facetas del proceso: mientras supo expulsar población hacia Europa y Estados Unidos con énfasis en la crisis de 2001-2002, en la actualidad exhibe un porcentaje importante de inmigrantes, sobre todo originarios de Bolivia, Perú, países centroamericanos, africanos y asiáticos.

Se dice que nunca antes se registró una resistencia tan grande hacia los inmigrantes que prueban suerte en tierras extranjeras. Esos sentimientos tienen que ver con la situación de desigualdad que ofrece el mapa planetario, con poblaciones extremadamente ricas y otras absolutamente empobrecidas. Ante la llegada de los extraños, los residentes originales procuran defender a ultranza su situación de privilegio.

La Unión Europea no deja de observar la llegada de miles y miles de inmigrantes, que cada día arriban por mar y tierra sin que las autoridades comunitarias o nacionales sepan muy bien qué hacer. Años atrás, las oleadas parecían limitarse a Italia y Grecia porque allí están los puertos más cercanos para pisar Europa desde el Mediterráneo, pero desde la tragedia siria comenzaron a intensificarse los arribos en sitios como Hungría, Alemania, Francia e Inglaterra.

Salvo en la Segunda Guerra Mundial, nunca se vio tamaña marea humana. Para agravar las cosas, no existe una política clara y común para afrontar el flujo migratorio, en consecuencia cada país toma medidas por su cuenta y en más de una ocasión, en abierta contradicción con las normas en vigencia de la UE. Esa actitud hace que los gobiernos se enfrenten entre sí ante la crisis de las migraciones.

Ante la injusticia, el Foro Social de las Migraciones que sesiona periódicamente, procura instalar el concepto de ciudadanía universal. Según éste, es necesaria una postulación ética que reconozca a todas las personas, independientemente de donde hayan nacido, como miembros de la humanidad, es decir, “ciudadanos del mundo”. Desde esa noción, los inmigrantes podrán exigir su dignidad y sus derechos.

No sólo se trata de un llamado a la tolerancia, sino de una concepción que tiene su correlato en la realidad. Si la globalización de la economía impone el libre derecho a la circulación de los capitales, es justo suponer que a ese mecanismo deba corresponder la libre circulación de los trabajadores. Si la moneda que emite un solo país, Estados Unidos, es todavía la divisa más difundida en todo el planeta, sería lógico reclamar que sus fronteras económicas queden abiertas para todo el mundo.

“El fenómeno migratorio señala la necesidad de repensar el mundo, ya no basado en la competitividad, sino en la solidaridad; no en base a la concentración, sino en la redistribución; no en el cierre de las fronteras, sino en una ciudadanía universal. En fin, un mundo basado no en el consumo desenfrenado, sino en una sociedad sostenible, donde haya lugar y vida digna para todos”, nos dice un investigador brasileño, impulsor del Foro Social de las Migraciones. Vaya si tiene razón.

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