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Que bajen las emisiones sin retracción económica

En América Latina y el Caribe las emisiones de dióxido de carbono durante 2016 fueron inferiores a las que se habían registrado en los tres años anteriores: 1.118 millones de toneladas. Nos referimos al gas de efecto invernadero (GEI) de incidencia más sustantiva en la contaminación atmosférica… Si bien el descenso es una gran noticia en sí misma, se impone examinar de qué manera se dio y con qué problemas se asocia.


El dilema sistémico más importante de la actualidad consiste en dilucidar cómo generar menos emisiones sin provocar retracciones económicas. Los países centrales logran superar parcialmente el intríngulis al lograr mejoras en la eficiencia energética de autos o aviones pero además, envían a sus actividades industriales más sucias fuera de las fronteras, en particular hacia los que están “en vías de desarrollo”. ¿Recuerda el caso de las pasteras?

Resultado de esa y otras combinaciones, el conjunto de países de la Unión Europea volvió a consumir la misma cantidad de energía que 30 años atrás, cuando su PBI es tres veces superior. Como contrapartida, si bien los latinoamericanos también mejoraron la relación consumo energético - PBI - emisiones, no están en condiciones de enviar las industrias contaminantes fuera de sus jurisdicciones. Más bien al contrario, reciben tales actividades y además, se prestan a la extracción de recursos que ya se agotaron o escasean en el Norte global.

Al comienzo del siglo en curso, el aumento del PBI de la región implicó una disminución del porcentaje de pobres e indigentes en un tercio. Sin embargo, la desigualdad histórica entre los sectores más acaudalados y las grandes mayorías nunca se pudo modificar. El proceso derivó del aprovechamiento de los precios de las commodities (materias primas exportables) a través de la profundización del extractivismo, tanto agrícola, mineral como energético. En forma simultánea, se sustituyeron algunas importaciones. Esa dinámica requirió incrementos en el consumo energético que elevó las emisiones, no sólo de dióxido de carbono sino también de metano y otros GEI.

A la inversa, en la reducción de las emisiones incidió la caída de los precios en las materias primas exportables que se registra desde 2013. Los procesos de retracción o menor crecimiento que se registraron desde entonces a escala regional, influyeron en los salarios de los trabajadores, que se vieron forzados a consumir menos. Entonces, en la baja se asociaron menores inversiones empresariales con pérdidas de consumos masivos.

Energéticamente, la merma de las emisiones también se asocia con modificaciones que tienden a disminuir el consumo de petróleo mientras aumenta el del gas, un tanto menos contaminante. También, con la paulatina adopción de energías renovables. Pero a nivel regional, la disminución petrolera no tiene que ver con una intención política de reducir su utilización, sino más bien con la imposibilidad de aumentar la producción. Otro tanto sucede con el gas.

Sobre todo la primera restricción es un auténtico problema para América Latina y el Caribe, ya que el 48,5 de su matriz energética es petrolera. Según la lógica económica en vigencia, para que se expanda la economía en su conjunto debe darse disponibilidad energética. Si bien entre nosotros las energías eólica, solar y con origen en la biomasa aumentaron en 2016, en su conjunto no llegan al 10 por ciento de la matriz energética total.

A la disminución de emisiones hay que apoyarla, con el modelo económico que sea. Pero tal como están las cosas, se dará a través de un descenso en el consumo energético. En ese marco, entra en juego el concepto de decrecimiento, que encierra la búsqueda de disminuir las desigualdades: cubrir las necesidades básicas de toda la población mientras se limita el derroche energético y económico de los sectores más acomodados.

La huella ecológica de 2016 fue de 1,6. Quiere decir que la capacidad de regeneración que tiene la Tierra se superó en un 60 por ciento. En buena medida, la sobreexplotación de los bienes naturales se explica por el consumo de artículos de lujo, la construcción de viviendas de alta demanda energética, la proliferación de vehículos de alta gama y la masificación del turismo internacional, además de la concentración agrícola en favor del agro-negocio.

Claro que el modelo de producción y consumo del que participa toda la población a través del marketing y la publicidad, contribuye con la demanda de “comida chatarra” y de artículos que vía la obsolescencia programada, son poco menos que descartables. Hasta las viviendas son defectuosas y el diseño urbano exige la posesión de autos. Sin embargo, el 10 por ciento de la población más acomodada acapara el 71 por ciento del ingreso. Básicamente sobre su consumo hay que actuar para que las emisiones continúen en baja de manera sostenible, sin que las retracciones económicas signifiquen pobreza.

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