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Optimismo de mirada sesgada

En los últimos días, el gobierno nacional se esfuerza por transmitir optimismo a partir de la generalización de “brotes verdes” que arroja su mirada sobre la marcha de la economía. Con alguna desmesura en su mirada, el ministro de Hacienda auguró una expansión del PBI durante los próximos 20 años, mientras que pronosticó un crecimiento del 3 por ciento para 2017. La cuestión es con qué modelo de producción y desarrollo se arribará a esas performances.


Como decíamos durante la euforia K, cuando el PBI de la Argentina crecía a “tasas chinas”, hay que discutir de qué manera se crece ya que en sí mismo, el buen desempeño de las variables macroeconómicas, no necesariamente implica que la gente viva mejor y menos aún, bien. Por ejemplo, según las propias estimaciones de Dujovne, el consumo crecerá al 2,7 por ciento en 2017, es decir, menos que el PBI.

A esta altura de la cuestión, todo el mundo sabe que el oficialismo tiene en carpeta reformas laborales, previsionales y tributarias. Aún no se puntualizan los aspectos centrales de esas iniciativas porque la coyuntura electoral hace que recién se vayan a conocer después de octubre. Detrás de esos cometidos, el gobierno aspira a lograr mayor respaldo y a trabajar sobre acuerdos con la oposición que en tiempos de campaña, serían ilusos.

Para el esquema económico de Cambiemos, la inversión es quizá la apuesta central. En la actualidad, los funcionarios del gobierno hablan del 20 por ciento del PBI como objetivo, cuando para el corto plazo la meta es del 15 por ciento. Para decirlo de manera sencilla, el PBI es el resultado que deriva del consumo más la inversión, más o menos el saldo comercial. Si para el equipo económico el consumo no es factor de dinamización de la economía y si el saldo comercial da negativo, está claro dónde se ponen las fichas.

Hasta el momento, la inversión local no es sustantiva. Entonces, puede inferirse que para que se produzca la tan mentada “lluvia de inversiones” desde el exterior, será necesario que la Argentina como plaza, ofrezca la chance de rentas más altas que en la actualidad, a partir de reformas regresivas -a los ojos de los sectores asalariados- que bajen los costos de producción, entre ellos, precisamente el laboral.

El gobierno valora positivamente el crecimiento en la “importación de bienes de capital, máquinas y equipo local”. Desde ya, ese dato tiene que ver con la inversión pero al mismo tiempo, desnuda la dependencia que sufre el crecimiento fabril en la Argentina. Nada nuevo bajo el Sol: depender de insumos estratégicos externos es una constante en la historia económica del país. Ni siquiera durante la “década ganada” se puso alterar el esquema dependiente, aunque hubo algunos intentos sectoriales que con el criterio actualmente en vigencia, difícilmente vayan a prosperar.

Las grandes trasnacionales –quiénes si no irán a invertir en la Argentina- demandan alta rentabilidad para desembarcar en tal o cual país o bien, en profundizar su presencia. Su seguridad no necesariamente tiene que ver con el bienestar de los trabajadores del país receptor, más bien al contrario. Que el ministro admitiera en una reciente entrevista que el voto oficialista durante las recientes PASO mejor se comportó donde se sitúa “la actividad productiva más alineada al agro” y peor donde está el “entramado industrial muy afectado por la recesión brasileña”, pinta de cuerpo entero al modelo productivo sobre el cual descansa el optimismo gubernamental.

Cambiemos identifica al agro negocio como motor de la economía nacional. Su perfil industrial tiene como sujetos a las trasnacionales “modernas”, en contraposición a un sector tradicional que identifica como no competitivo, sólo válido para el mercado local y entonces, sin estímulos. Los memoriosos recordarán la campaña publicitaria de la última dictadura contra la “industria nacional” o el Made in Argentina. Imposible que no aflore un paralelismo…

Dujovne pidió que la Argentina crezca 20 años al 3 por ciento anual. De esa manera, se duplicarían los ingresos y se podría vivir en un país mejor. Desde ya, el ministro no registra en su carpeta los impactos ambientales y sociales que derivan de la profundización del agro negocio, que en el país se basa en el monocultivo de soja forrajera para exportación. Sobre las consecuencias de la mega-minería y la fractura hidráulica algo entendemos los patagónicos, pero no parecen contemplarse en la Casa Rosada.

Por otro lado, a la luz de otras experiencias en la región, el crecimiento fabril de armadurías o maquilas para la exportación puede implicar mejoras en el PBI pero al mismo tiempo, situaciones de degradación laboral considerables. ¿Soberanía alimentaria? ¿Recuperación del autoabastecimiento energético? ¿Inclusión social no clientelista? El optimismo del gobierno no tiene que ver con esos conceptos.

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