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Hecho de patria y América, antes que de mármol

De la intensa vida pública de San Martín suelen rescatarse hechos que contribuyeron a forjar la categoría de Padre de la Patria. Otros, son meticulosamente soslayados a la hora de la difusión general, en coincidencia con el ideario liberal que se hizo cargo de su narración. De hecho, fue Bartolomé Mitre quien con su “Historia de San Martín”, forjó la estampa del Libertador que durante mucho tiempo, se consideró como válida e inconmovible.


Todos sabemos que ante determinadas circunstancias políticas y personales, el correntino eligió alejarse de las Provincias Unidas del Río de la Plata para exiliarse voluntariamente en el exterior. También se conoce que intentó volver a Buenos Aires pero que al observar que se desarrollaba uno de los capítulos de la interminable guerra civil, eligió no desembarcar para retornar a Europa. Pero pocas veces se nos dice a qué venía San Martín.

Él mismo dejó expresado su propósito en una carta que le escribió al general Guillermo Miller, con quien había compartido hazañas en el Ejército de los Andes y en la expedición al Perú. “Dije a usted que había ofrecido mis servicios al gobierno de Buenos Aires en la actual guerra con el Brasil. 

Antes no lo había hecho porque el carácter de Rivadavia no confrontaba con el mío, si ellos son admitidos me pondré en marcha inmediatamente que reciba el aviso”.

Gobernaba por entonces la provincia Manuel Dorrego, que después de la claudicación del fallido presidente unitario, se proponía continuar con la guerra contra Brasil por múltiples razones. Dicho sea de paso, recordemos que apenas unos años antes, el vencedor de Maipú había retado a duelo a Rivadavia, cruce que finalmente no se concretó a raíz de gestiones que llevaron a cabo intermediarios.

No por nada San Martín tuvo intenciones de comandar a los “republicanos” contra los “imperiales”. Una de las obsesiones de Dorrego era la integridad territorial de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero además, su vocación guerrera se animaba de un fuerte tinte ideológico: procuraba liberar a América de las monarquías que quedaban. Esos designios, obviamente, tenían como principal obstáculo no a Río de Janeiro, sino a la mismísima Londres. San Martín estaba perfectamente al tanto.

Cuando asumió el gobierno de Buenos Aires, Dorrego se propuso llevar las hostilidades a territorio brasileño y removió de la titularidad del ejército a Carlos María de Alvear, de quien pensaba era monárquico. En su lugar puso a Lavalleja, oriental y artiguista, cuya designación obviamente cayó mal en la oficialidad porteña. Pero el plan del gobernador era ambicioso y en términos nacionales, debe colocarse en la continuidad del que había pergeñado Moreno en los tiempos de la Revolución de Mayo. Si hubiera llegado a buen término, la suerte posterior de la Argentina hubiera sido muy distinta. Pero como supo suceder en nuestro pasado, no sólo Gran Bretaña se encargó de que la grandeza no pasara de los proyectos, también la condición miserable de varios argentinos coincidió con ese boicot.

Después de remover a Alvear, el gobernador de Buenos Aires le pidió contingentes a los caudillos de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos para reforzar el ejército republicano, que por entonces estaba parado en la Banda Oriental. De hecho, consiguió su objetivo, porque al mando del santafesino Estanislao López, tropas propias invadieron las Misiones Orientales, hoy territorio brasileño. Para financiar su funcionamiento, la provincia contrajo un empréstito, al que también aplicó a la organización de buques corsarios que lucharan contra el bloque imperial.

Además, Dorrego entró en conversaciones con sectores separatistas de Río Grande, San Pablo y Porto Alegre, que no tenían intenciones de seguir bajo una monarquía. Si Gran Bretaña buscaba un estado tapón, que fuera en el entonces territorio brasileño y no en las Provincias Unidas, pensaba el futuro mártir de Navarro. Por eso, López tenía órdenes de progresar en esos departamentos. Los líderes de la insurrección brasileña estuvieron en Buenos Aires para entenderse con Dorrego.

Por otro lado, el de Buenos Aires también había interesado a Bolívar en esa suerte de cruzada antimonárquica y americana. De máxima, Dorrego pensaba en un ejército venezolano y colombiano que ingresara a Brasil por otro frente. De mínima, que el Libertador llevara a cabo una misión diplomática que obligara a Pedro I a renunciar a la Banda Oriental, Provincia Cisplatina para los imperiales.

Para consumar ese plan era que volvía San Martín, cuando la traición y las intrigas británicas terminaron primero con las aspiraciones libertarias de Dorrego y más tarde, con su vida. Sería conveniente sacar a San Martín del áurea impoluta que Mitre le atribuyó, porque si bien no tuvo intenciones de participar en las guerras civiles, en varias ocasiones se pronunció o protagonizó hechos que dejaron en claro su vocación patriota y americanista.

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