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Nostalgia por los liderazgos

Cuando aún los resultados que se difundían a través de los medios de comunicación adjudicaban el triunfo al oficialismo en la provincia de Buenos Aires, un conductor televisivo lamentaba que los porcentajes no reflejaran ningún liderazgo claro para el conjunto de la Argentina. En rigor, el núcleo duro de su análisis no debería modificarse a partir del empate técnico que finalmente, arrojó el escrutinio provisorio.


Al momento de escribir estas líneas, la ex presidenta apenas si superaba el 34 por ciento de los sufragios en el principal distrito del país, cabeza a cabeza con el representante del oficialismo. Creemos que ni el más ferviente partidario de Cambiemos se ofenderá si afirmamos que el ex ministro de Educación no reúne condiciones de líder, así que suponemos que el cuestionamiento implícito de aquel colega se dirigía a la ahora candidata a senadora por Unión Ciudadana.

De forma no tan inconsciente, el conductor ventiló una manera de entender la política que asume una proporción importante de los argentinos y argentinas: pareciera que la felicidad del pueblo dependiera de liderazgos fuertes. Si en verdad así fuera, estamos en problemas… Por aquí creemos que es demasiado prematuro afirmar que se terminó el liderazgo de Cristina de Kirchner, aunque a media mañana de la víspera, los mercados cambiario y bursátil recibieran con bajas y alzas respectivamente, el veredicto de las PASO. Sin embargo, es otro el punto.

Se simpatice o no con su estilo y medidas económicas –aquí somos más bien críticos-, el actual elenco gobernante reivindica su condición de equipo, es decir, se presenta a sí mismo como lejos de las conducciones verticalistas, con distribución de roles y funciones específicas. Que más allá de otros factores, esa metodología recibiera el domingo el apoyo sustantivo de varios millones de votantes, quiere decir que la mayoría de la ciudadanía no está muy interesada en confiar en “liderazgos fuertes”, a la manera de los grandes caudillos de la historia argentina.

Ahora bien, ¿hay que lamentarse? Si bien el sistema argentino es presidencialista, la concentración del poder en una sola persona no sólo no garantiza nada en sí misma, además se da de bruces con la profundización de la democracia. Suele decirse que la idiosincrasia nacional no se lleva bien con el parlamentarismo que caracteriza a las democracias europeas pero en realidad, los pueblos cambian y como ya dijimos en más de una oportunidad, no estaría mal ensayar mecanismos que hagan menos indirecta a la democracia.

Por otro lado, la dispersión del voto obliga necesariamente a la búsqueda de consensos, acuerdos que de suyo marchan en contra de los personalismos, las arbitrariedades y las inclinaciones despóticas. Que el oficialismo obtuviera el triunfo en 12 provincias –más allá de la suerte que corra finamente Buenos Aires- quiere decir que en otras tantas primaron otras fuerzas, con las que el Poder Ejecutivo necesitará dialogar casi de manera obligada para que llegue a buen término cualquiera de sus iniciativas.

Tampoco hay que perder de vista que las PASO del domingo y las elecciones de octubre próximo, sirven para dirimir cargos legislativos y que tradicionalmente, la conducta del electorado no es equivalente cuando se discuten posiciones ejecutivas. Además, era obvio que en la consideración de los votantes primarían criterios nacionales porque justamente, iremos a elegir diputados y senadores para el Congreso de la Nación.

Desde esa perspectiva, entender que los recientes resultados pueden vincularse con gestiones municipales o provinciales más o menos acertadas es un tanto limitado. La Constitución Nacional establece en su artículo 44 que “un Congreso compuesto de dos Cámaras, una de diputados de la Nación y otra de senadores de las provincias y de la ciudad de Buenos Aires, será investido del Poder Legislativo de la Nación”. La definición es muy clara: los diputados -Cámara Baja- remiten a la Nación y sobre sus asuntos es que se expiden a la hora de ejercer el poder legislativo. Quiere decir que las perspectivas provinciales quedan en segundo término en este caso. Por el contrario, a los senadores se los considera política y jurídicamente representantes de los gobiernos provinciales en la Cámara Alta. Parece obvio, pero en octubre no habrá puestos de senadores en juego en Río Negro y sí de diputados, que serán -otra vez- elegidos a partir de criterios nacionales.

El artículo 45 es aún más explícito: “La Cámara de Diputados se compondrá de representantes elegidos directamente por el pueblo de las provincias, de la ciudad de Buenos Aires, y de la Capital en caso de traslado, que se consideran a este fin como distritos electorales de un solo Estado y a simple pluralidad de sufragios”. En este caso, el texto asimila el concepto de Estado al de Nación. Más que previsible entonces, la nacionalización de los comicios.

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