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La no injerencia es irrenunciable

Un documento que recibió el apoyo de 57 países en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU ratificó la vigencia del principio de no intervención ante la crisis que sufre Venezuela. El pronunciamiento reconoció “el imperativo de todos los Estados de respetar la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela, de conformidad con los principios universales de no interferencia en los asuntos internos establecidos en la Carta de las Naciones Unidas”.


El texto recibió la firma de algunas potencias significativas, entre ellas, Rusia, China, India y Sudáfrica, es decir, los BRICS salvo Brasil. Como contrapartida, no logró eco en la Unión Europea ni en la mayoría de los países sudamericanos o centroamericanos: sólo firmaron Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas, San Cristóbal y Nieves más Dominica.

Curiosamente, recibió el apoyo de Arabia Saudita, aliado indiscutible de Estados Unidos en Medio Oriente. Y de manera obvia, concitó el apoyo de la República Democrática Popular de Corea, tal su denominación formal. Como todo el mundo sabe, Pyongyang y Washington protagonizan una renovada escalada en su conflicto. Pero más allá de su carácter variopinto, el conjunto de países tuvo razón cuando afirmó que “es al pueblo venezolano a quien compete, exclusivamente, determinar su futuro sin injerencias externas”.

Más allá de la coyuntura actual y sus múltiples componentes, clamar contra el intervencionismo estadounidense tiene sólidos fundamentos históricos. Hace poco más de un siglo -1912- los infantes de Marina desembarcaron en Nicaragua. Su permanencia allí se prolongó hasta 1933. Poco después de esa invasión, el presidente William Taft afirmó desde la Casa Blanca: “No está distante el día en que tres estrellas y tres franjas en tres puntos equidistantes delimiten nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. El hemisferio completo de hecho será nuestro en virtud de nuestra superioridad racial, como es ya nuestro moralmente”.

La visión de Taft tenía un antecedente. En 1823, uno de sus antecesores, James Monroe, había pronunciado un discurso en el Congreso, en el que definió la posición de Estados Unidos frente a las supuestas pretensiones de Europa hacia Sudamérica. En uno de sus párrafos, sostenía: “Consideraremos peligrosa para nuestra paz y seguridad cualquier tentativa hecha por ellas (las potencias europeas) que se encamine a extender su sistema a una porción de este hemisferio”.

Más adelante, Monroe sostenía: “Cuando se trate de gobiernos que hayan declarado y mantenido su independencia, la intervención de una potencia europea, con el objeto de oprimirlos o de dirigir de alguna manera sus destinos, no podrá ser vista por nosotros sino como la manifestación de disposiciones hostiles hacia los Estados Unidos”. Esa manera de pensar se sintetizaría con la sentencia: “América para los americanos”.

Claro que para los estadounidenses los únicos americanos que cuentan son ellos mismos. Es decir, la frase debería leerse “América para los norteamericanos”. Monroe y sus sucesores creyeron que los anglosajones y sus descendientes estaban predestinados a imponerse en toda América y hacerse responsables de sus recursos, es decir tierras, aguas, ganados, y minerales. Y a comienzos del siglo XXI, la jurisdicción se extendió a todo el planeta.

En el pasado, justificaron el desplazamiento o el exterminio de los pueblos que se resistieron al “inevitable curso de la Historia”. Y hoy también. El mexicano Isidro Fabela, especialista en Derecho Internacional, puso oportunamente los puntos sobre las íes. “La doctrina de Monroe, que, según creen todavía algunos espíritus menos que sencillos, nació con una alta finalidad altruista a favor de las repúblicas hispanoamericanas recién emancipadas, no fue, en realidad, sino un acto que defendía a los Estados Unidos de un posible ataque de la Santa Alianza y de Inglaterra, y que preparó el terreno para que la Unión tuviese algún día las manos libres en América”.

Más o menos en el mismo sentido se expresó el historiador Dexter Perkins: “Durante por lo menos medio siglo se ha afirmado persistentemente que la acción del presidente (Monroe) salvó al Nuevo Mundo de un peligro mortal, que frustró los perversos designios de los miembros de la Santa Alianza y estableció las libertades de la América hispana. Por desgracia, esta idea es pura leyenda”.

Sólo en los últimos años, Washington se entrometió en la política interior de Honduras, Costa Rica, Colombia, Venezuela o Perú, con presencia militar en Haití. Pero ahora la doctrina Monroe no se limita a América, también se extiende al Asia y al África. Su incidencia en la crisis que tuvo lugar en Ucrania no se pudo disimular, como tampoco el papel que desempeñó en la gestión de la debacle siria. Pero la paz es un derecho de los pueblos y junto con el principio de no injerencia, irrenunciable. En Venezuela también.

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