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Ningún misterio: grandeza

La tarea de distorsión que llevan a cabo los grandes medios de comunicación no es cosa reciente ni su patrimonio exclusivo. Durante muchísimo tiempo, quienes se adueñaron de la narración histórica nos hablaron del “misterio” de Guayaquil, es decir, de la decisión que adoptó San Martín de retirarse de la escena después de las entrevistas que mantuvo con Simón Bolívar en esa ciudad. El encuentro cumbre tuvo lugar el 26 de julio de 1822, aunque hubo otro más prolongado al día siguiente, 195 años atrás. Como la primera de las reuniones no contó con testigos y el correntino se marchó abruptamente, se alimentaron las suspicacias que los partidarios de la desintegración sudamericana se encargaron de exacerbar.


Pero allí están las misivas de uno y otro para mejor juzgar. Los liberales que se hicieron del poder a partir de 1861, se preocuparon por instalar en su discurso enemistades entre ambos libertadores. Bien parece que no fue así... A la hora de invitar a San Martín, el caraqueño se expresaba en estos términos: “con suma satisfacción, dignísimo amigo, doy a usted por primera vez el título que ha mucho tiempo mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo y este nombre será el que debe quedarnos por la vida porque la amistad es el único título que corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión”.

Hay una anécdota que los malintencionados se encargaron de amplificar... Se dice que al término de una fiesta, el venezolano alzó su copa y exclamó: “Brindo, señores, por los dos hombres más grandes de la América del Sur, el general San Martín y yo”. Menos ególatra, el de las Provincias Unidas dijo: “Por la pronta terminación de la guerra, por la organización de las nuevas repúblicas del continente americano y por la salud del libertador”. Poco más tarde, el vencedor de Maipú se dirigió al muelle para embarcarse rápidamente. Allí se despidió de su colega y jamás se volvieron a ver.

Años más tarde, un marino francés le pidió a San Martín documentos sobre su actuación en la gesta emancipadora y entre otras, le acercó la copia de una carta que le había enviado a Bolívar unos días después del encuentro. El texto se publicó en 1844 y entre otras aseveraciones decía: “Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido de que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda estoy muy persuadido que la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con la cooperación de usted y la del ejército de su mando y que el honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside”.

No es esta la discusión entre dos personas que se detestaban… También solemos suponer que la Campaña del Perú fue hilar y cantar. Nada de eso, San Martín le escribía a Bolívar que “sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llaman la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es irrevocable, pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males”.

En la misma carta, anunciaba San Martín: “En fin, general, mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse”. Le llamaron misterio… En realidad fue grandeza.

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