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La Argentina, antes que Australia o Israel

Íbamos a ser Australia pero al parecer, la gestión de Cambiemos está más entusiasmada con una serie de recetas que se pusieron en marcha 30 años atrás en Israel. Los dos países atravesaban situaciones similares en los 80, desde la perspectiva macroeconómica: déficit fiscal exorbitante, considerable inflación, endeudamiento externo y gasto público en ascenso. En la Argentina, las cosas no se modificaron demasiado pero, en cambio, el país de Medio Oriente pudo dejar atrás esa penosa historia.

El remedo demandó décadas y la aplicación de un plan ambicioso, que resulta atractivo para la conducción económica del oficialismo. En el Palacio de Hacienda, asumen que existe una contradicción entre el objetivo de estabilizar la economía y el nivel del gasto público, sobre todo, en la relación entre el último componente y la inflación. Para lograr sus metas, piensan que hace falta una coordinación milimétrica entre la política monetaria y la fiscal, aspecto con el que nadie puede disentir.

Los economistas que integran el gobierno sostienen una hipótesis que no están dispuestos a negociar: ningún país logró bajar la inflación y mantenerla bajo control sin eliminar el déficit fiscal estructural. En este caso, pueden darse discusiones: el rojo del Estado, a veces, se asume como herramienta válida temporal para afrontar situaciones de recesión en el conjunto de la economía. Así pensaba, por ejemplo, el Gobierno anterior.

La historia económica comparada enseña que en los 80, tanto la Argentina como Israel lanzaron planes de estabilización inicialmente exitosos. Entre nosotros, se llamó Plan Austral y será de fácil recuerdo para quienes llevan algunas canas, ya que cambió la denominación de la moneda por un tiempo y siguió a la declaración de una “economía de guerra” por el entonces presidente, Raúl Alfonsín.

A diferencia nuestra, Israel consiguió eliminar el déficit fiscal. Por entonces, sufría procesos inflacionarios que se ubicaban en el 300 por ciento anual, en la primera mitad de la década, para luego pasar al 150 por ciento. Cuando el economista Michael Bruno diseñó el Plan de Estabilización Económica de 1985, la deuda pública israelí superaba el 160 por ciento de su PBI y el gasto público, el 60 por ciento.

La iniciativa no sólo contó con el respaldo del Gobierno, sino también con el del Banco Central, los empresarios y los sindicatos. Dos años después de su puesta en marcha, la inflación ya estaba por debajo del 20 por ciento. Lamentablemente para el ministro Dujovne y su equipo, Bruno dejó de existir 10 años atrás… Pero son sus ideas las que copian los funcionarios económicos de Cambiemos: reducción del gasto público, obstáculos a la mejoras de los salarios, refinanciamientos de la deuda pública, reorientación de la política cambiaria y desde ya, flexibilización laboral.

Como se descuenta, después de octubre, el Gobierno instrumentará una reforma impositiva de consideración y los sucesos que tuvieron lugar en Israel en ese sentido permitirán echar luz sobre el porvenir. Entre 2000 y 2015, el Estado israelí bajó su presión fiscal del 44 por ciento del PBI al 37 por ciento, a través de una reducción al Impuesto de Sociedades del 36 por ciento al 18 por ciento. Además, bajó todos los tramos del Impuesto sobre la Renta.

La administración argentina del presente supone que el secreto de Israel fue poner en valor a su sector emprendedor, al mismo tiempo que reducía su déficit. De ahí, los impulsos mediante la eliminación de trabas fiscales que prevé el Gobierno. Para el Palacio de Hacienda y, en consecuencia, para la Casa Rosada, el consumo como variable está en segundo plano: debe ser consecuencia del crecimiento económico y no su causa. Con ese criterio, la inflación se tornará más manejable.

Desde los 80 hasta hoy, la tasa media de expansión de la economía fue del 4 por ciento en Israel, tendencia sostenida que redundó en una multiplicación del PBI per cápita, que pasó de 6.000 dólares en 1980 a 37.000 en 2010. El corolario final al que aspira el gobierno para copiar la receta final no difiere en mucho de la teoría peronista de la concertación social: un gran acuerdo que incluya al Banco Central –recordemos que es autárquico-, los empresarios y los sindicatos.

Israel podrá tener puntos en común con la economía argentina pero también enormes diferencias. Que buena parte de su gasto público responda al sostén de su maquinaria guerrera aparece como primera diferenciación. Desde nuestra perspectiva, hay que lamentar que las sucesivas gestiones gubernamentales nacionales renuncien a ensayar respuestas originales a problemas que tienen particularidades propias. No está mal considerar otras experiencias para ver qué se puede replicar entre nosotros, pero quizá resulte más interesante repasar la historia propia, porque hasta mediados de los 70 no le iba tan mal a las grandes mayorías populares.

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